noviembre 26, 2020

Un carnaval en las alturas

¿Qué significa vivir el tiempo de carnaval? Para Michael Bajtín constituye un momento de inversión del mundo cuando las reglas se contravienen. El carnaval trivializa la formalidad adusta y sobria de los poderosos, la cultura oficial y su uso del tiempo consagrado a Don Dinero. Mientras dura la fiesta, se vive una imagen de ruptura y desquite. El lenguaje es procaz y las rutinas se alteran. Bajo el anonimato del disfraz, la máscara y la voz en falsete los roles sociales y sexuales se invierten. Durante siglos los explotados hicieron del sarcasmo y lo grotesco carnavalero un arma para escarnecer la autoridad. Cuando la violencia colectiva no podía estallar en calles y plazas, las llenaban de cantos, pifias y parodias. Escarnecían al poder y se animaban a expresar lo que no podía ser dicho ni oído en otros ámbitos.

En Pulacayo, la principal mina argentífera de Bolivia, a fines del siglo XIX (1892) el viajero francés André Bellesort observó que el carnaval permitía a los trabajadores expresar alegóricamente su protesta por su condición de explotación. Los mineros representaban y cantaban un ritual que mostraban su adhesión al mundo del trabajo; pero al mismo tiempo constituía una velada aspiración de tiempos mejores. Entonces, sólo por un instante, la aparente igualdad social que promovía la fiesta los animaba a comunicar sus sentimientos sobre el injusto mundo de la producción. El domingo de carnaval los niños mineros interpretaban una canción que, al decir de Bellesort, “les viene de más lejos, a través del tiempo o del espacio”: “Soy el minerito, señor —expresaban esas pequeñas voces— y gano mi pan con mi trabajo. Tengo ampollas en las manos y el pecho. El patrón es severo y la plata que sacamos de la mina nunca es para nosotros”.

Bellesort, afín a las ideas socialistas europeas, se impresionó pues entendió el lenguaje oculto: “Esta canción es bastante hermosa en su ruda simplicidad. En ella se siente pasar como un escalofrío precursor de tormenta. El minero reprocha a sus amos sus exigencias y su rapacidad, pero expresa, al mismo tiempo que su miseria, su orgullo de vencer la tierra y de arrancarle sus tesoros a la roca misteriosa”.

Puede que el ánimo tradujera simplemente una forma elemental o pre política de protesta, pero allí estaba, como testimonio de un antiguo rencor latente entre los trabajadores mineros que se desataría años más tarde en Abril de 1952, pero ya no al ritmo de la Diablada y las deidades subterráneas, sino en el centro mismo de la esfera política y esta vez armados y con poder.


*    Autor es historiador
     keynes73@yahoo.com

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