noviembre 23, 2020

Literatura y cine

“Creo en muchas cosas: una de ellas es la literatura, de no ser así no escribiría. Creo en las fuentes de la vida, una de ellas ha sido para mí, el cine”. – Guillermo Cabrera Infante.
En un texto sobre la estrecha relación entre cine y poesía, el poeta español León Felipe afirmaba que “un buen cuento es como un poema… Y el cine es una máquina de contar cuentos”. Refiriéndose también a la importancia del cine como espectáculo de masas decía que “donde se reúna el pueblo ha de acudir el poeta y, jamás, ningún poeta ha tenido ocasión, como hoy, de que su mensaje pueda ganar al mismo tiempo a todos los hombres en la Tierra”.

Ahora bien, sabemos que el cine posee su propio lenguaje artístico, sabemos que no es un poema, pero puede ser poesía. Así como un cuento, una novela, una pieza musical, una pintura, una escultura y un gol pueden ser poesía, las películas también lo pueden ser cuando la poesía es la esencia del filme. La poesía se puede dar en el conjunto de la obra, en una escena en particular, en unas líneas del protagonista, en el lenguaje corporal de los actores, en la mirada de un actor interpretando a un personaje, en la fotografía, en la música y, por supuesto, en los besos. Saber besar es un arte y besar frente a las cámaras es artístico, por eso es que cuando salimos del cine nos quedamos con algunos besos memorables de parejas famosas como Clark Gable y Vivian Leigh, Marcello Mastroianni y Anita Ekberg, Marilyn Monroe y Tony Curtis o Angelina Jolie y Antonio Banderas.

La poesía le dio al cine el milagro de la vida y la muerte, lo volvió mágico, le dotó de ese carácter misterioso que se presenta a nosotros cuando se apagan las luces y empieza la función. En el cine está la metáfora de la oscuridad y el sueño: el espectador, acompañado o solo, queda solitario en la oscura sala de cine, al igual que en la oscura sala de su dormitorio dispuesto a dormir y a esperar a los sueños. Esa es la fascinación que ejerce sobre nosotros el cine, de los buenos sueños no queremos despertar y de los malos no queremos ni acordarnos.

El encantamiento poético e infinito del cine solo es comparable a la figura del Aleph, creada por Jorge Luis Borges, “ese punto en el espacio que contiene todos los puntos”, ese punto perdido en un oscuro sótano donde uno de los autores más prodigiosos de la lengua española vio “millones de actos deleitables o atroces”. ¿Acaso eso no es el cine?

Sin embargo, no podemos relegar su esencia poética con la falsa excusa del entretenimiento o la diversión, olvidando cínicamente que con ambas también se puede hacer poesía. Nunca debemos perder de vista que solamente la realidad tiene derecho a ser mediocre, el arte no puede correr ese riesgo porque pierde su esencia artística, por eso nuestro cine tiene que esforzarse más de lo que lo hacen las fábricas de Hollywood, sin negar las grandes excepciones, por supuesto. Esa es la propuesta del poeta ruso Vladimir Maiakovski, en su Poema Manifiesto: “Para vosotros el cine es un espectáculo./ Para mí es casi una concepción del mundo./ El cine es el vehículo del movimiento./ El cine es el medicamento de la literatura./ El cine es el destructor de la estética./ El cine es la intrepidez./ El cine es el deporte./ El cine es el repartidor de ideas./ Pero el cine está enfermo. El capitalismo ha cegado sus ojos con un puñado de polvo de oro. Los hábiles empresarios lo llevan en las manos por las calles. Amasan dinero conmoviendo a los corazones con argumentitos llorones. Esto debe terminar”. Este poema lo escribió cerca de 1915, pero tiene una vigencia que estremece.

La literatura y el cine poseen sus propios lenguajes, pero no son excluyentes sino complementarios. Esta complementación es tal que, hoy en día, el cine también influye sobre la literatura. Y hay muchos ejemplos de esta complementación. Existe un ejemplo paradójico y es el caso de Gabriel García Márquez, quien ha permitido que algunas de sus novelas sean llevadas al cine, pero se ha negado, sistemáticamente, para que Cien años de soledad sea filmada, porque piensa que el cine no podrá captar en imágenes la riqueza del realismo mágico de su narración.

Existe una película, que representa, por antonomasia, la relación entre cine y literatura, El padrino, una película que se convirtió en un clásico instantáneo desde que se estrenó en 1972, demostrando que en Hollywood también se hacen obras de arte. Dirigida por el mítico Francis Ford Coppola, de quién recordamos, entre otras, a la sombría Apocalipse Now inspirada en la extraordinaria novela El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y Drácula, también basada en una novela de Bram Stoker sobre el famoso vampiro.

El padrino cuenta con un elenco de grandes estrellas: un maduro Marlon Brando, en una inolvidable actuación para la historia, interpretando a don Vito Corleone, el padrino; un joven Al Pacino, interpretando al hijo Michael. A ellos les siguen Robert Duval como el consejero, James Caan, el hijo mayor violento y Diane Keaton como la esposa de Michael, entre otros actores y actrices de gran calidad que demostraron que eran verdaderas estrellas del cine.

Basada en la novela del mismo nombre de Mario Puzo, el libro apareció en 1968 y se convirtió en un best seller. Es la historia de la familia Corleone, al mando de Vito, un inmigrante italiano que llega a New York y, poco a poco, va introduciéndose en el secreto y siniestro mundo de la cosa nostra. Desde su estreno hasta hoy, existen opiniones encontradas respecto al filme y a la novela. Unos opinan que la película es mejor que la novela y otros a la inversa. De cualquier manera yo pienso que no debemos olvidar que cuando una novela se convierte en una película, deja de ser una novela y se convierte en cine, es decir se convierte en otro arte. Sin embargo, la calidad de la película tiene que ver, sin duda alguna, con la novela, es muy difícil que una mala novela se convierta en una buena película. Una buena película parte de un buen guión escrito y el escribir guiones es una especialidad.

En el caso de la película El padrino, la palabra escrita, las descripciones, la definición y el perfil de los personajes, el argumento y la resolución de la historia, ya estaban incluidos en la novela de Puzo, con mayor razón si tenemos en cuenta que uno de los guionistas fue el propio Puzo y el otro fue Coppola, el director. Lo que hizo Coppola fue tomar esa base literaria y hacer una obra cinematográficamente maestra, tanto por la dirección, la fotografía, la música, como por la impactante interpretación de los actores. Es cierto que en este caso, en particular, la gente va a recordar la película antes que la novela, pero creo que es una excepción.

En Bolivia algunas de nuestras mejores películas están basadas en obras literarias como Los hermanos Cartagena de Paolo Agazzi, basada en la novela Hijo de opa de Gaby Vallejo; Jonás y la ballena rosada de Juan Carlos Valdivia, basada en la novela del mismo nombre de Wolfango Montes; American Visa de Juan Carlos Valdivia, basada en una novela de Juan Recacochea; Los andes no creen Dios de Antonio Eguino, basada en obras de Adolfo Costa Du Rels.

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