noviembre 25, 2020

Cafés y librerías

Los caminos me han llevado a muchos cafés, mucho más que las tantas ciudades que conocí. Ya he dicho que los cafés son comarcas orales en las que se manifiesta la verdadera naturaleza humana: el diálogo, y a mí me gusta conversar: escuchar y ser escuchado. Además, en los cafés las conversaciones son abiertas y cerradas, los que participan emiten significados y los que escuchan los reciben y los pueden reciclar entablándose una dialéctica muy particular que convierte al diálogo en un juego, en un ritual, dependiendo del tema y de los participantes y cada quien lo hará en la conversación que se merezca. Los cafés poseen un poderoso influjo sobre el idioma, pues allí se acuñan palabras y se eliminan otras por gastadas u obsoletas, las nuevas salen jubilosas de esos lugares y toman los medios de comunicación y los discursos políticos. Los cafés que conocí de joven en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho me traen gratos recuerdos porque eran cosa seria. Después de la amnistía irrestricta arrancada por Domitila Chungara al dictador Hugo Banzer en 1978 se convirtieron en un personaje más en el proceso de recuperación de la democracia, acogiendo a muchos revolucionarios, jóvenes novatos y veteranos llegados del exilio, que hicieron de ellos sus centros de reunión y de agitación permanente.

Cafés y revolución

Fueron los lugares preferidos de diferentes y hasta irreconciliables tendencias de izquierda y de solitarios intelectuales que habían marcado sus territorios como animales salvajes en una selva urbana. En ellos se conjuraban militantemente o se iban reuniendo espontáneamente para la conspiración perpetua: el ejercicio teórico-práctico que los hermanaba a todos.

Con la recuperación de la democracia algunos de los míticos dirigentes de la Revolución Nacional, del partido socialista, de los comunistas soviéticos y chinos y otras leyendas de la política criolla recién llegados del exilio o salidos de la clandestinidad volvieron a juntarse en el Café de La Paz, donde los jóvenes íbamos a mirarlos como si fueran piezas de un pasado de lucha cuyo emblema era la Asamblea Popular de 1971. Allí, juntos pero no revueltos, cada uno en la mesa de su partido, se podían ver a algunos de ellos que luego fueron desapareciendo vencidos por los años o asesinados en los sucesivos golpes de Estado que siguieron afrentando a Bolivia hasta octubre de 1982. Hoy, gracias a sus fortalezas físicas (jamás aceptarían que Dios tenga algo que ver con su longevidad) se pueden ver a algunos de estos sobrevivientes de una época de valentía y de compromiso. A veces me doy una vuelta por las instalaciones remodeladas de este café tan solo para tener el gusto de compartir algunas palabras con los sobrevivientes.

Nosotros nos reuníamos en el Tokio, en el Prado paceño, era el refugio de los pocos militantes del Grupo Octubre y de otras organizaciones de izquierda nacional. Antes del golpe de García Meza, los dirigentes mineros y obreros tenían la costumbre de ir al mediodía y por la tarde al famoso “Lechingrado”, que debía su nombre al apellido del entrañable líder obrero, en la planta baja de la COB. Al mediodía, cuando las cosas perdían su sombra bajo un sol perpendicular se veía al Maestro Juan Lechín Oquendo parado junto a un arbolito, una chalina envolvía su cuello y un pucho sin encender apuntaba desde su célebre boca de irreductible líder de los trabajadores. Después de su destrucción, por órdenes de García Meza, se quedaron sin refugio y se dispersaron como golondrinas después del corto verano de la anarquía. Hoy, en La Paz se han abierto decenas de cafés, pero extraño el Tokio, quizá porque me miro a mí mismo sentado con mis bigotes negros, mi nariz aguileña, y mis redondos lentes de carey y me recuerdo dueño de la verdad y de la revolución.

He frecuentado cafés en Madrid, Nueva York, Florencia, Estocolmo, Medellín, Copenhague, Oslo, Santiago, Lima, Barquisimeto, San Pablo, Buenos Aires, Managua y otras ciudades que la literatura me ha permitido conocer y en todas ellas he saboreado buenos expresos, cortados y capuchinos. Ahora, en Santa Cruz de la Sierra, los caminos me llevan a los cafés de la avenida Monseñor Rivero que reinventaron esta ciudad brindándole un aire cosmopolita que los cruceños no pierden la oportunidad de anunciar.

Novelas

Los cafés incluso se han convertido en personajes de mis novelas como La ciudad de los inmortales, que retrata los de la ciudad de La Paz durante la época de reconquista de la democracia y Santo Vituperio que lo hace con los del bulevar de la avenida Monseñor Rivero de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, cafés que reinventaron esta ciudad transformándola en cosmopolita.

Los cafés, además de servir de refugio a viajeros, turistas, hombres de negocios, enamorados y solitarios de toda calaña, cobijan a grupos definidos y son sede permanente de los más conspicuos conspiradores políticos, así como de chismosos que pasan su vida yendo de un local a otro llevando y trayendo chismes aumentados y corregidos por su propia perversidad. Conozco a uno que viste de blanco, lleva maletín de visitador médico y, en su soberbia, cree que lo sabe todo. En fin, lo cafés son la medida de la locura como del equilibrio de las ciudades.

Librerías

Las librerías al igual que las bibliotecas me han fascinado desde niño. Me parece maravilloso entrar a un lugar con tantos libros, siento una extraña sensación, es algo mágico. Me encantaba visitar las bibliotecas para mirar enciclopedias y Atlas del mundo entero; leer las definiciones así como observar océanos, mares, ríos, cordilleras y selvas, me hacía mucha ilusión. Me gustan tanto que, el año de 1998, abrí una pequeña librería llamada Torre de papel. Tuve que cerrarla en el 2002 porque los piratas desplegaron sus toldos a una cuadra y no pude competir con ellos. Siempre que viajo dentro y fuera de Bolivia las visito. He conocido inmensas como Gandhi en México DF y pequeñas como Casa verde en Lima o Macondo en New York y algunas de viejo tanto en el continente americano como en Europa.

En Santa Cruz tenemos Lewylibros, Rayuela y Ateneo, que es librería y café y no podía ser mejor, en su interior uno disfruta de un agradable ambiente, en el que se mezclan los aromas de los buenos granos convertidos en líquido en todas sus variedades y sabores, con el olor a tinta de los libros recién impresos que colman una vasta estantería. Hace algunos días fui con mi hija, Carmen Lucía y busqué a Rita para conversar, hablamos de las preferencias de los lectores. Coincidimos en que el lector boliviano prefiere el ensayo político, luego las novelas, el cuento y abajo, pero muy debajo en las preferencias, la poesía. Rita me hizo la aclaración de que en la actualidad se ha puesto de moda el tema esotérico. En Lewylibros se puede conversar tanto con Peter, como con Gabriela o con Federico, uno de los hijos de esta pareja de libreros que se la saben todas. Al entrar a una librería se siente que se está ingresando a esos lugares que fomentan los conocimientos en todos los campos de la humanidad.

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