noviembre 25, 2020

El Gabo, como ejemplo de la periferia

por: Max Murillo Mendoza

No he leído todos los libros de García Márquez. Los suficientes para decir que me impresiona su energía de descripción de lo cotidiano, donde está el secreto de nuestros triunfos sobre la impunidad y las mentalidades costumbristas de la muerte, de la inercia y el desprecio hacia nuestras culturas.
La literatura como tal es la extensión del espíritu humano, de sus ansias por ser eterno y dejar establecido su paso por el tiempo, de sus ideas, de sus sueños, de sus demonios también. Así la literatura sea quizás la primera fuente de información, desde tiempos inmemoriales en todas las culturas del mundo. Esos testimonios incluso son hoy textos sagrados, por ejemplos los Salmos en el antiguo testamento. Poemas que han sido después incorporados a la tradición religiosa. La importancia no sólo es histórica, sino en todos los ámbitos del espíritu humano y sus reflejos en las ciencias sociales y humanas. Pero la literatura es por otro lado, el escenario de las batallas mentales de la política y la ideología, de la realpolitik y la lucha por la sobrevivencia. Lucha de clases, lucha de naciones, de imaginarios de estado y de verdades distintas se entablan en lo que se llama inocentemente literatura. Gabriel García Márquez, llamado Gabo por sus amigos y cercanos, representa en estos sentidos el triunfo de la periferia social frente al poder, frente a las clases altas y oligarquías, que siguen siendo las dueñas de la historia, de la literatura y de todo lo que la sociedad consume como lectura y llamada cultura. García Márquez, hijo de un telegrafista de pueblo, de una familia sencilla y periférica, logra conquistar el mundo, con su don de contar cuentos y sueños de su propia realidad. Él mismo fue un obrero, ganándose la vida como reportero y buscándose la vida como periodista en las urbes siempre monstruosas y sin identidades con nada. La sencillez y la virtud de Gabo, se entromete en el statu quo de la literatura, en el establishment de las letras adueñadas por las élites culturales y por los gurús clasistas de esos espacios. Gabo no fue un hijito de papi, financiado para ser intelectual, sino un obrero cotidiano que coincidió con su creatividad diaria: escribir la realidad de su contexto. Y vivir de ella.

Más allá de los títulos especializados que aparecen, como desfile de modas de especialistas en literatura, llamándolo el mejor en “realismo mágico”, etc., pues aspectos que a Gabo no le interesaban mucho, sino llamar la atención sobre unas realidades que se recrean y sobreviven, incluso mágicamente a pesar de tanto abandono, de tanta pobreza y miseria que sus gobernantes le imponen. La violencia estructural de Colombia, donde paramilitares, asesinos a sueldo, criminales de cuello blanco, narcotraficantes, guerrillas urbanas y rurales, destruyen los tejidos sociales desde hace 70 años, y donde sus gobernantes sólo han respondido con violencia estatal a todo eso. A pesar de esta realidad apocalíptica, García Márquez recrea una Colombia más bien de sueños, de ardiente vida, de humanismo sin límites en las locuras de gentes que traspasan las tragedias impuestas por imperios y gendarmes de imperios. Y que esas ganas por vivir, y gozar en esta tierra, son más fuertes que la impunidad de la maldad de los imperios y sus representantes. Es definitivamente el triunfo de lo pequeño, de lo mágico cotidiano frente a la impunidad del poder.

Relatar la realidad no es suficiente para generar alternativas, ni literaturas de vanguardia, sino es realizado con la misma vocación del Gabo: denunciar las imposturas y las impunidades por medio de la literatura. Esa militancia por la vida y lo mejor que tiene ella, fue para García Márquez precisamente el mejor medio de denuncia, sobre un continente con tanta belleza e imaginación sin límites; pero corroído por instancias oligárquicas que en la mayoría de los casos son grupos coloniales externos, sin identidad con esas maravillas culturales de las cuales el Gabo hizo su elección para sus relatos. Grupos externos que hacen de la literatura en nuestros países, un pasatiempos exótico y difieren sus tiempos de explotación y expoliación hacia lo estético y culinario de sus cerrados círculos elitistas. En Bolivia ni siquiera tenemos traducido al quechua o al aymara las obras del Gabo. Porque las élites “consideran” no necesario ese ejercicio porque desde siempre suponen que son los dueños, los gurús, del circuito comercial y literario de las modas. Y esos pequeños círculos de “literatos” son también los guardianes de la palabra, que se enroscan en esos pequeños espacios con total ausencia de crítica, de autocrítica y creación por tanto de una literatura realmente nuestra. A pesar de lo que un Cachín Antezana diga y sostenga. Con todo el respeto enorme que tengo por este maestro nuestro. Esos círculos elitistas y exclusivos, quienes hacen de “dueños y guardianes” de la literatura no han sido capaces de recrear nada interesante, fuera de sus clásicas formas importadas y convencionales literaturas. Que siempre tienen lecturas desde sus clases e imaginarios oligárquicos, aún hacia los libros de un Gabo. Pueden lucirse en conceptos de “realismo mágico”, para encubrir lo que realmente quiso decir el Gabo. Ese comportamiento de no querer pelearse entre ellos, ni decir la verdad de las palabras, son los juegos mentales constantes de nuestros gurús de la literatura. Buscar las máximas expresiones de la estética o pinta; aún a costa de la verdad y sus demonios. Es decir, para encubrir lo que realmente es. Hacen de Haditas madrinas de la palabra, para ocultar lo que nuestras realidades son. En todo caso, las nuevas generaciones prometen más y mejor creatividad. Sobre todo menos hipocresía y pinta. Veremos cómo el tiempo nos condena.

No he leído todos los libros de García Márquez. Los suficientes para decir que me impresiona su energía de descripción de lo cotidiano, donde está el secreto de nuestros triunfos sobre la impunidad y las mentalidades costumbristas de la muerte, de la inercia y el desprecio hacia nuestras culturas. De las tontas y estúpidas formas de las élites para tratar de entender, lo que probablemente nunca entiendan, y por lo que siempre están equivocadas y fracasando en sus ritos de dominio en estos territorios. La sabiduría de nuestros pueblos tiene sus tajadas y caminos propios. Uno de esos caminos ha sido el Gabo. Impensado para las élites refinadas y cultas, como lo dicen; pero parte de nuestros cotidianos para la inmensa mayoría de este continente. Agradecidos tenemos que estar a ese colombiano, tan cotidiano como nuestra realidad: sobreviviendo y tomándole el pulso a la ocupación mental colonial, con fiesta y farra incluida.

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