noviembre 25, 2020

Salir del armario

Haim Bodak, físico especializado en inteligencia artificial que ha trabajado para Hall Traiding y Golden Sacks, lo declaraba abiertamente: “en Wall Street sólo hay dos alternativas: o estafar o ser estafado”. La diferencia entre estafar y ser estafado es la velocidad; hay que adelantarse a los rivales en las operaciones financieras y esta ventaja —una vida de sprint creciente e ininterrumpido— pasa por el desarrollo de algoritmos complejísimos que, como los aprendices de brujo, dan vida propia a los ordenadores. El 70% de las operaciones comerciales a nivel mundial son de “último minuto” y hasta el 50% se ejecuta en milisegundos: millones de operaciones, billones de dólares centrifugándose a la velocidad de la luz al margen de los cuerpos y los objetos —dejando apenas un rastro de sangre y de cocaína—. Para lograr este propósito las empresas dedicadas al HFT (“comercio de alta frecuencia”) contratan a los mejores físicos, ingenieros y matemáticos del mundo, científicos con ganas de innovar e investigar —diseñadores de semiconductores, especialistas en ciencias del clima, doctores en biomecánica, genios salidos del MIT— que podrían estar revolucionando la medicina (“curando el cáncer o evitando el calentamiento global”, dice Bodak) y que, en cambio, dedican todo su talento a estafar y evitar ser estafados: a estafar a empresas que estafan a pequeños inversores y jubilados y a evitar que esas empresas impidan a las suyas estafar más deprisa y con más éxito a esos pequeños inversores y jubilados. El resultado es doble. Por un lado, esos rastros de sangre y de cocaína que se depositan como polvo por todas partes. Por otro, una opacidad sin precedentes de los aparatos de gestión de la economía global. Según Haim Bodak, sólo diez personas en el mundo son capaces de penetrar y administrar los secretos de esos algoritmos mágicos; ni los beneficiarios del sistema —empresarios, brokers, grandes inversores, políticos conniventes— entienden lo que pasa ni, por supuesto, el común de los mortales, expuestos sin saberlo a un “fallo de código” que, como en 2010, “evapore en pocos minutos 820 billones de dólares”, con las consiguientes consecuencias para los cuerpos y los objetos.

A los tecnófilos que apuestan por la liberación a través de la tecnología, hay que recordarles que, sin mencionar los efectos ecológicos colaterales de la industria —incluida la que fabrica nuestros minúsculos gadget cotidianos—, el desarrollo tecnológico más sofisticado y puntero se centra en tres dominios. El primero es el armamentístico, cuya expresión superlativa son los drones. El segundo son las finanzas, cuyo colofón —enquistado en el hígado del sistema— son estos “quantos” que elaboran sin cesar algoritmos emancipados de la voluntad humana. Los drones, que han acabado por naturalizar por completo los bombardeos —siempre aceptados con poco escándalo—, establecen como normalidad global la violación de la ética y el derecho: lo que se condena o se disfraza con pudor a ras de suelo —las ejecuciones extrajudiciales, por ejemplo— se realiza rutinariamente desde el aire dejando en suspenso de hecho todo el orden jurídico laboriosamente construido desde hace dos siglos (presunción de inocencia, habeas corpus, derecho a la defensa). En cuanto a las finanzas y su tecnológico sprint trilero, han borrado del todo la diferencia entre mafia y capitalismo: la mafia es, de hecho, el estadio superior del capitalismo, como lo demuestra la última película de Scorsese, El lobo de Wall Street, que es en realidad la continuación de su legendario film sobre la Cosa Nostra en EE.UU.: Uno de los nuestros. Drogas, sexo, delirantes gastos suntuarios son la marca —junto a las huellas de sangre fuera del cuadro— de esa mafia financiera que, repartiéndose el territorio con la mafia tradicional, un poco más puritana, gobierna nuestras vidas.

Roberto Scarpinato, juez antimafia italiano, colega de los mártires Falcone y Borselino, escribía tersamente en 2006: “Si el Estado nace de la superación de los poderes y reglas privadas mediante la constitución de un ente superior que media entre poderes privados a favor del interés general, el Estado muere o empieza a morir cuando estos poderes privados se apropian de él y lo someten a sus propias lógicas”. El Estado, el derecho, la democracia, la ética, han sido definitivamente superados por las fantásticas tecnologías del mercado y de la guerra. Ningún dios ha sido nunca más opaco, más “libre”, más independiente de la voluntad de los hombres. Ningún dios habrá producido nunca más víctimas y más ruinas.

¿Queda algún hueco para esa voluntad humana? Sí, y ése es el tercer dominio en el que la tecnología ha alcanzado su máxima perfección. Me refiero a las tecnologías llamadas de la comunicación, en las que se vuelca hoy el “tiempo de ocio”. Mientras que en las finanzas y en la guerra todo es opacidad, en las redes todo es transparencia. O mejor dicho: los usuarios son transparentes. Mientras la vida pública se privatiza y se enturbia, la vida privada se aclara y se publicita. Una especie de autotransparencia autopublicitaria autodelatadora autoconsumística antipuritana prolonga y corona los viejos procesos de vigilancia panóptica en las fábricas y las cárceles. En las redes está prohibido el secreto y todos corremos a entregar los nuestros o incluso a fabricar confidencias fraudulentas a la altura de un mundo volteado en el que la heterosexualidad, la castidad, la moderación, el conservadurismo, son castigados sin cesar por el mercado. El exhibicionismo no es una opción; es el imperativo de una tecnología que permite clasificar, dirigir y explotar nuestros gustos privados, ahora transparentes, en favor de las mismas empresas y los mismos intereses que oscurecen las instituciones y erosionan el derecho y la democracia. Hubo un tiempo, cuando el viejo esquema clásico tenía aún una vigencia parcial, en el que “salir del armario” nombraba el gesto valeroso y revolucionario del que quería, al mismo tiempo, reivindicar un espacio privado libre de intromisiones estatales y un espacio público democrático donde cualquier conducta privada no delictiva fuese inmediatamente reconocida como digna y legítima. Hoy ese esquema se ha invertido y es cada vez más difícil saber quién gobierna nuestras vidas y cada vez más fácil saber con quién se acuesta nuestro vecino. Creo que, si queremos evitar que fuera de las redes y contra ellas se imponga el puritanismo más reaccionario, tenemos que defender y reactualizar el concepto de secreto y “volver al armario”; creo que, si queremos seguir afirmando nuestro derecho a ser homosexuales, transexuales, promiscuos o adúlteros, e incluso monógamos y puritanos, debemos proteger esos derechos de la autotransparencia inducida de los mercados y de sus gestores opacos.

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