noviembre 29, 2020

“La frontera”

por: Inti Tonatiuh Rioja Guzmán 

Una experiencia real de varios becarios de la CLACSO en la frontera de México con Estados Unidos revela, tras unas horas en “el faro”, lo aislado que está de nuestra región el país que está dejando de ser el hegemón del mundo.
Estuve en el norte de México en la ciudad de Tijuana los últimos días de abril y los primeros de mayo, me encontraba participando de la Cuarta Escuela de Post Grado de la red INJU; democracia, derechos humanos y ciudadanía: infancias y juventudes en América Latina y el Caribe que tuvo lugar en el Colegio de la Frontera Norte, conto con el apoyo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y varias universidades latinoamericanas comprometidas con la causa de alimentar la reflexión en la temática.

Más de 40 personas de toda Latinoamérica especialistas en niñez y juventud asistieron al evento, fueron jornadas bastante enriquecedoras con altos niveles de reflexión y propuestas que me han dejado con un enorme pantallazo de la realidad generacional en nuestro continente.

Entre una de las muchas actividades planificadas, los encargados del evento muy amablemente nos llevaron a toda la delegación compuesta por personas de toda América Latina para que conociéramos “el faro”, lugar junto al impactante océano pacifico y donde geográficamente nace y termina Latinoamérica.

Allí no solo nace la frontera entre México y Estados Unidos, también existe un mundo que considere en un primer impacto, brutalmente irreal, principalmente por las historias que lo construyen ante el oído del visitante.

Verán, son tres rejas enormes las que se construyeron, no una, tres. A eso sumamos que varios helicópteros sobrevuelan la frontera y están acompañados de cámaras de seguridad, autos policiacos, sensores de calor y movimiento para detectar a cualquier persona que intente cruzar.

Algunas de las rejas están electrificadas y las trajeron directamente desde Irak, la electricidad está presente sin importar que alguien que desconozca está información pueda morir, estás se muestran imponentemente ante la vista perpleja de todo aquel que las ve.

En el lado del mar, en las cercanías de la costa en el lado norteamericano existen fierros que pueden lastimarlo a uno gravemente, las playas están desiertas. En el lado mexicano, se encuentran familias disfrutando de un día en la playa, uno puede entrar tranquilamente y disfrutar de las olas.

En “el faro”, inmediatamente los latinos nos apoyamos en los barrotes de las rejas, observamos por varios minutos algo nuevo para muchos de nosotros, en ese lapsus, un fuerte ruido nos llamó la atención, una de las puertas al medio de las rejas se abría y entraban tres autos de control fronterizo.

Los primeros en bajarse fueron los guardias, ellos, observaron el perímetro algo así como la seguridad de un presidente lo hace antes de que este ingrese a un lugar, aunque no existía riesgo de todas maneras empezaron a crear un escenario ante nuestras miradas.

Al constatar que era “seguro” el lugar, bajaron del auto simples turistas que automáticamente sacaron las cámaras y empezaron a sacar fotos, a diferencia de nosotros, ellos no se acercaban a la reja, tendían a esquivar la mirada y escuchaban como el guía/guardia fronterizo explicaba la “necesidad” de estas construcciones.

Finalmente uno de los guardias se acercó y nos habló en español, sus rasgos físicos claramente lo denotaban como un latino, probablemente un mexicano hijo de migrantes que lograron cruzar, su trabajo es evitar que otros hagan lo que alguna vez algún familiar suyo hizo o incluso el mismo.

Al abandonar “el faro” nos subimos nuevamente al bus, se nos recomendó que no lleváramos ningún objeto preciado cuando abandonemos la movilidad, ya en el lugar, este parecía un boulevard de los sueños rotos.

Caminando uno podía observar algunas de las personas de ambos sexos vestidos con el estilo “pacheco”, es decir, tatuadas, ropa suelta y con cuadros y bandanas, la mayoría de ellos son dueños de tiendas que ofrecen un recuerdo de su ciudad.

Posteriormente nos dirigimos a un puente donde personas que habían sido deportadas viven, son adictos a las drogas y el alcohol, lo que también les ayuda a diferenciarse y separarse, la mayoría se encuentra esperando otra oportunidad para cruzar, y los que ya no puedan hacerlo se encuentran abandonados y olvidados por las autoridades locales.

El final del puente nos llevaba a una parte de la ciudad donde cerca de 10.000 personas cruzaban la frontera todos los días legalmente, lo hacen para dirigirse a la ciudad de San Diego a trabajar, principalmente realizando los trabajos que ningún norteamericano quiere hacer.

En ese transcurso una pareja camino a nuestro lado, sin embargo, dudo que se hayan dado cuenta de nuestra presencia debido al fuerte nivel de dispersión que las drogas que consumieron les causo. Los pinchazos en sus brazos podrían haber sido de alguna droga intravenosa.

Las personas que frecuentan ese transcurso entre el puente y “el faro” tienen en su mirada mucha desconfianza, cierto grado de hostilidad, y caminan lo más rápido posible.

La señora lugareña que nos acompañaba nos contaba pedazos de historias de personas que se despedían de sus seres queridos, y jamás regresaban. Lastimosamente morían al intentar cruzar la frontera, muertes demasiado trágicas que llenan de impotencia.

Por si fuera poco, después de tal escenario un McDonald’s apareció en la imagen, esa extraña mezcla de mensajes que dirían; “no quiero a tu gente, pero aquí está mi empresa, ¡thank you very much!”

Cuando regresábamos a nuestro hotel, entre los compañeros latinos, compartíamos anécdotas fronterizas al cruzar entre nuestros países, la conclusión es que realmente no existen fronteras, además, que no hay una sola que se compare a la dimensión de lo que representa esta. Esa integración latinoamericana marco la diferencia en la visita por la frontera.

Incluso estando en un mismo continente, la política internacional norteamericana se han esforzado mucho para marcar el mensaje de “no recibidos”, ha construido sus rejas para demostrarlo así.

Y no es que nos afueren de nada a nosotros, más bien, son ellos los que se quedan afuera de Latinoamérica.


*    Joven politólogo boliviano, @intirioja

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