noviembre 24, 2020

En defensa de la integración de los pueblos

A 15 años de un cambio de época en América Latina, en la que existe la condición de posibilidad de avanzar hacia la emancipación plena, una contraofensiva imperialista está siendo desarrollada sistemáticamente contra los gobiernos de izquierda y revolucionarios con la intención de destrozar nuestros sueños y esperanzas, para revertir el camino de la integración y la unidad.

Esta contraofensiva imperial es contra la irrupción latinoamericana que desde fines del siglo XX ha modificado el tablero geopolítico de la región, que ha convertido a “este pequeño rincón del mundo” en un espacio político-geográfico donde se están desatando los hilos ocultos y visibles de la dominación y la subordinación, y cuyo desarrollo tendrá un peso gravitante en la configuración de un mundo multipolar y policéntrico favorable a los intereses de la humanidad y del planeta.

Es que no es poco lo que le molesta al imperio. Al influjo de la revolución cubana y la larga memoria de luchas y resistencias anti coloniales y anti imperialistas, el siglo XXI arrancó con el retorno de las ideas independentistas y emancipadoras en América Latina. Salvo pocos casos, la mayor parte de la región cuenta con gobiernos de izquierda y progresistas. Particular importancia estratégica ha jugado en esta nueva ola emancipadora Venezuela y el liderazgo del Cmte. Hugo Chávez, que han logrado sintetizar los sueños y las esperanzas de millones de hombres y mujeres de la región.

En década y media es mucho lo que se ha construido en todos los órdenes: se ha producido una revalorización de las ideas del socialismo que simbólica y mediáticamente habían sido destrozadas con el derrumbe del campo socialista del Este y el triunfo de la globalización neoliberal; el Estado como expresión de los intereses de las mayorías y no de las pocas corporaciones privadas es uno de los actores en la lucha por la recuperación de la soberanía; los pueblos —indígenas, campesinos, obreros y populares— han retomado su condición de sujetos históricos en la construcción de un orden social que está en camino a ser radicalmente diferente al dictado por el capital, y la integración —la arma más poderosa en manos de nuestros pueblos y gobiernos— ha adquirido una dimensión superior a la pensada en el siglo XIX.

Los resultados de esta integración de los pueblos, tanto desde su condición de bloque en el poder en unos países como desde su papel de clases subalternas en otros, se han traducido en el nacimiento y desarrollo de una nueva arquitectura internacional, como es el caso del ALBA, la UNASUR y la CELAC, todas estas bañadas, en mayor o menor medida, por los principios de la cooperación, la complementariedad y la solidaridad. Pero también, la influencia del sentimiento integracionista ha logrado modificar en algún grado otros organismos nacidos bajo el paraguas del “regionalismo abierto” —que no era otra cosa que libertad de movimiento para el capital—, como el caso del MERCOSUR. Es más, el sentimiento integracionista —alimentado por los gobiernos de izquierda y progresista— ha sido capaz de incorporar a gobiernos de derecha que quieren un mayor grado de autonomía frente al Norte imperial.

La integración adquiere, por tanto, un sentido liberador como antípoda al anexionismo disfrazado. Y gana esa condición en la medida que se ha producido una articulación satisfactoria entre los Estados y los pueblos en la mayor parte de los países de América Latina.

Pero a década y media del surgimiento de esa ola emancipadora, grandes peligros nos acechan: la sistemática agresión contra la Revolución Bolivariana —sin la cual América Latina no estaría pasando por el mejor momento de su historia—, y el impulso de otros esquemas de anexión de nuestros países a los intereses imperiales, como es la Alianza Pacífico (AP), la Asociación Transpacífica (TPP) y la Asociación de Inversión y Comercio (TTIP).

El capitalismo y el mundo unipolar en crisis se resisten a morir. Estados Unidos —la cabeza y el corazón imperial— se aferra a mantener las relaciones de dominación y división de nuestros pueblos. El imperio está convencido, desde que el Cmte. Chávez pasó a la inmortalidad, que le llegó la hora de retomar el espacio perdido. Por eso, el ataque criminal contra la revolución venezolana no sólo es contra ella —que de hecho debería ser motivo suficiente para alzar nuestra protesta y organizar la resistencia— sino contra todos nuestros pueblos de Nuestra América.

Por eso la necesidad de defender la revolución Bolivariana. Su defensa es la defensa de la integración laboriosamente construida y, por tanto, y la de mantener el camino de nuestra emancipación. Pensar la independencia, es pensar la integración en clave continental.


*    Editorial escrito por Hugo Moldiz para la revista Nro 2 de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad.

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