diciembre 5, 2020

La importancia de llamarse Ernesto

No voy hablar de la famosa y polémica obra de teatro de Oscar Wilde ni del famoso y polémico Comandante guerrillero, voy hablarles de un poeta, de un hombre de Dios y de la palabra: de Ernesto Cardenal, quien nos visitó en Santa Cruz de la Sierra con motivo de la Décimo quinta Feria Internacional del Libro. Llegó con 89 años a cuestas, caminado lento, con el pelo y la barba largos y blancos y con la energía suficiente para participar de la seguidilla de eventos que le organizaron durante cuatro días.

Conocí al poeta en Managua el año 80, a un año del triunfo de la Revolución Sandinista, cuando él era Ministro de cultura del recién instalado gobierno de guerrilleros, que habían luchado décadas para derrocar al dictador Anastasio Somoza y devolverle la dignidad a su pueblo; yo era un joven ilusionado con ser escritor, en ese entonces escribía cuentos y me encontraba exiliado en México, país que me acogió cuando salí del país en plena dictadura de Luis García Meza. (El periodista Rafael Archondo, en un artículo titulado COB: 22 meses de lucha contra una dictadura, relatando como el pueblo boliviano se organizó para enfrentar al dictador, destaca a los dirigentes en la clandestinidad y entre las personas que apoyaron a la Central Obrera Boliviana señala: “Entre los operadores políticos figuran Homero Carvalho, Alejandro Zaballa, Jenny Ibarnegaray, José Campoy, los hermanos Cortez y Marcelo Quezada. Este grupo se movilizó desde las primeras horas del golpe”, a esto había que sumarle que era dirigente universitario y tenía que irme no más del país luego que cayó el dirigente campesino Genaro Flores. Así fue como llegué a México y de allí me invitaron a visitar Nicaragua.)

Lo volví a ver el miércoles 28 de mayo, leyendo sus poemas en la Feria del libro, lo vi desde lejos y disfruté del epigrama: “Al perderte yo a ti,/ tú y yo hemos perdido:/ yo, porque tú eras/ lo que yo más amaba,/ y tú, porque yo era/ el que te amaba más.// Pero de nosotros dos,/ tú pierdes más que yo:// porque yo podré/ amar a otras/ como te amaba a ti,/ pero a ti nadie te amará/ como te amaba yo”, lo gocé porque es uno de mis poemas preferidos, que aún hoy recito de memoria. Leyó también Oración por Marilyn Monroe y me conmoví profundamente. En los días siguientes el poeta estuvo escuchando poemas en el Centro Cultural San Isidro y en la Plazuela Calleja. Tuve la suerte de que me invitaran almorzar con él y disfrutar de una larga conversación, en la que participó el poeta colombiano William Agudelo, Aldo y Orieta Sacre. Al encontramos me dijo “¡Ah! Usted es el poeta” y sentí el mismo orgullo de décadas atrás cuando me presentaron a Jaime Sáenz y este me dijo: “¡Ah! Usted es el narrador”; por ese sentimiento trataré de ser sincero en esta breve crónica.

La Revolución de la alegría

Si la Revolución portuguesa fue la de los claveles, la de Nicaragua fue la de la alegría, todos estaban felices y lo expresaban en las casas y en la calles, era la época de Carlos Mejía Godoy y los Palacaguina, de eso le hice recuerdo al maestro de la palabra y él se quedó en silencio por un instante recordando esos años gloriosos y luego me preguntó cómo era que aparecí por su país. Le respondí que me invitó una organización católica que daba cobertura a jóvenes de izquierda y que en el aeropuerto de Managua nos esperaba la comandante Mónica Baltodano, que al verla tan hermosa en su uniforme verde olivo, yo pensé que había llegado al paraíso socialista. Un paraíso que se jodió en pocos años, me aclaró el poeta, una revolución derrotada por la corrupción impulsada por el Imperio. “Pero la Mónica sigue bella y está con los que seguimos creyendo en los verdaderos valores de la revolución”, dijo y William Agudelo, el gran poeta colombiano que lo acompañaba me contó otras cosas de esta mujer que ha escrito Memorias de la lucha sandinista y Cardenal me sugirió que lo bajara de la WEB.

Luego hablamos del escritor Sergio Ramírez, en especial de dos cuentos: Charles Atlas también muere, sobre el mítico ícono de las revistas de fisiculturismo y La jugada perfecta, que puede también entenderse como una metáfora de la derrota de los sandinistas por Violeta Chamorro en 1990. Durante el almuerzo me confesó que le había impresionado la energía del movimiento poético cruceño y en especial la poesía de algunos jóvenes y yo le conté que, en los años sesenta, un grupo de poetas latinoamericanos denominado La santa hermandad de la orquídea nos bautizó como la capital poética de América, por las energías que convergen en este territorio. Se quedó impresionado cuando le comenté acerca del proyecto social del Centro Cultural San Isidro y afirmó que eso es lo que hay que hacer para apoyar los procesos revolucionarios.

Taller con niños con cáncer

Ambos, Ernesto y William, me contaron que hacen talleres poéticos en los hospitales que albergan a niños y niñas con cáncer, se emocionaron casi hasta las lágrimas cuando relataron la forma valiente como estos enfrentan su enfermedad y los poemas que escriben poetizando su dolor. William mencionó algunos de los poemas, uno que se llamaba El poema del silencio y otro Las cosas que no me gustan en el que mencionaba la quimioterapia, las agujas, la pérdida de cabello…

Me preguntaron si hacía talleres con niños y les respondí que sí, así que me invitaron a hacerme cargo de este tipo de talleres en Bolivia y, sin pensarlo dos veces, les respondí que aceptaba, porque creo que le debo devolver a la sociedad el don de la palabra que la divinidad me dio. Quedaron en enviarme la metodología, los testimonios y los poemas.

Ladrón de libros fracasado

Mientras Ernesto saboreaba una copa de singani, le conté que gracias a él se había acabado mi incipiente carrera como ladrón de libros. Le confesé que cuando era universitario y sin dinero como todo joven, robaba libros de las librerías junto a varios amigos. Un día, en la ciudad de La Paz, ingresé aviesamente a la librería Paulinas a robar un libro de su autoría, era uno sobre poesía indígena, lo tomé del estante y lo guardé debajo de mi chamarra y me dispuse a abandonar el lugar satisfecho con la fechoría cometida. En la puerta, parada frente a mí, con los brazos sobre las caderas y en actitud amenazadora, se encontraba una de las monjas, quien con voz firme me aconsejó: “Yo que usted dejo el libro en su sitio”, pude salir corriendo y derribar a la representante de Dios en la Tierra, pero su consejo pudo más y me di la vuelta, dejé el libro en el estante y le pedí disculpas, prometiendo no volverlo hacer. Promesa que he cumplido religiosamente.

Bolivia y Nicaragua

Desde hace años estoy en una campaña personal de difundir nuestra literatura y nuestra cultura, así que aproveché la oportunidad para obsequiarle la Antología Bolivia que reúne a 55 autores hablando sobre nuestro país, entre ellos un soneto del gran poeta nicaragüense Rubén Darío. Lamento que el poeta Agudelo haya pasado desapercibido, pues se trata de uno de los grandes poetas latinoamericanos que ha sido invitado a prestigiosos festivales y encuentros literarios.

Be the first to comment

Deja un comentario