diciembre 1, 2020

Revolución, independencia y emancipación

Para evitar erróneas idealizaciones o tempranas frustraciones, la revolución debe ser vista en sus sentidos restringidos, amplios y plenos desde las condiciones y desafíos del siglo XXI.

Quizá uno de los pasos fundamentales para responder a la pregunta de si lo que hay en curso en varios países de América Latina puede ser considerado revolución, sea un retorno al aparato conceptual y metodológico de Marx. Pero no es un retorno al Marx convertido en Dios, ni a su pensamiento creador transformado en Biblia. Tanta mayor importancia tiene ese retorno a Marx [1] en un momento en que, a más de dos décadas de derrumbada una experiencia concreta de socialismo en la Europa del Este, el pensamiento burgués incluso toma cuerpo en los intelectuales y movimientos progresistas, disfrazado de posmodernismo. Esto implica siempre pensar desde qué perspectiva se dicen y hacen las cosas, así como de las condiciones históricas del momento que se habla. Esto implica re-pensar, por ejemplo, si el período 1790-1826 representó para América Latina un largo ciclo de revolución, qué tipo de revolución fue, el sector social o el bloque de clases que se puso al mando y la naturaleza de su proyecto. Pero también hay que precisar cuándo se inaugura estar tercera ola emancipadora, el carácter de las revoluciones “en democracia” en países como Bolivia, Venezuela, Ecuador y Nicaragua, y los obstáculos y los aportes de otras experiencias menos radicales a este momento emancipador.

Por eso, antes de seguir adelante se hace necesario establecer algunas diferencias entre los conceptos de independencia y emancipación. Sin el ánimo de ingresar en las profundidades de un debate teórico y filosófico, quizá sea importante señalar que el concepto de independencia alude a un acto político o hecho concreto que, por lo general, hace referencias a los Estados, mientras el de emancipación tiene un carácter más amplio, multidimensional y hace referencia más a una idea de proceso y acto filosófico, pero además hace mención, no a la independencia de un Estado respecto de otros, sino a la humanidad, a la comunidad como tal. Independencia, desde ese punto de vista, es la liberación que una comunidad, en su forma estatal o protoestatal, alcanza respecto de un tipo de poder externo en un momento determinado, sin que esto signifique que ya no existan otros objetivos para superar otras formas de dominación o sometimiento. Emancipación es cuando el ser humano, en tanto colectividad y ser genérico, como decía Marx en la Cuestión Judía, supera los alcances del trabajo alienado y las relaciones de poder que se complementan con una forma de organizar la producción y reproducción social.

Por lo tanto, la emancipación plena del sujeto nuestroamericano será solo posible cuando hayan sustituido los fundamentos materiales que hacen posible su explotación y dominación: las relaciones capitalistas de producción. Pero también será plena cuando exista ese “no Estado”, cuando, como sostenía Marx, se pase del reino de la necesidad al reino de la libertad, en sustitución de ese otro Estado —clasista, jerarquizador y legitimador de desigualdades— que nace de la sociedad pero cada vez se separa y se distancia de ella.

Y si de la amplitud y complejidad del término de revolución se trata, quizá la diferencia que Lenin hacía entre la revolución en sentido estrecho y la revolución en sentido amplio sirva para establecer, tanto la diferencia como la articulación entre independencia y emancipación. El teórico y constructor de la primera revolución socialista sostenía que hay olas que golpean al viejo régimen, pero no terminan con el mismo, ni agotan el terreno para otras revoluciones posteriores. Cita como ejemplo que la Revolución Francesa culminó su fase estrecha en 1871 y comenzó su fase amplia 1789. [2]

Podríamos decir, en esta teoría de las olas, que la lucha por la emancipación de Nuestra América empezó entre el siglo XVI y principios del siglo XVIII –con resistencias indígenas de alcance más bien local–, continuó entre las postrimerías del siglo XVIII y el siglo XIX –con la revolución negra en Haití, y la constitución de las juntas de gobierno y la fundación de las repúblicas hispanoamericanas,– y sigue en pleno siglo XXI –con procesos políticos de dimensión estratégica. En cada una de ellas se lograron determinados objetivos, y avances y derrotas. Las revoluciones y las independencias políticas no son buenas en sí mismas. Todo depende de la proyección que tengan. Si se quedan en solo eso, a la larga retroceden y se comen a sus hijos. Si trascienden a revoluciones sociales sientan los fundamentos materiales –no solo económicos– para la emancipación de los pueblos, para la emancipación humana.

Al sistema de dominación múltiple, [3] hay que anteponerle una alternativa también múltiple de emancipación. Es seguro que los tiempos y las dinámicas de cada uno de los niveles en los que se libra la batalla entre dominación y emancipación tiene sus especificidades, mas también es completamente seguro que la desalienación no logrará su objetivo si no hay una articulación de las potencialidades que se ponen en juego en cada uno de esos niveles. Esto quiere decir que el sistema de dominación puede incluso resignarse a la pérdida temporal de su predominio en uno de los niveles, pues esa temporalidad le permite hacer ajustes en su dinámica, en sus articulaciones y también retornar con fuerza a una mayor dominación. Es decir, la pérdida de control sobre uno de sus niveles de dominación no es, necesariamente, una amenaza a su dominación global.

Desde hace más de una década en América Latina hay una suerte de crisis de Estado [4] que, dada la profundización de la interrelación entre Estados, puede devenir en una crisis estatal latinoamericana generalizada. Eso está ocurriendo en la América Latina de fines del siglo XX y principios del XXI. Las crisis estatales en América Latina han seguido más o menos este orden: Venezuela, Ecuador y Bolivia [5] a las que les ha correspondido procesos políticos revolucionarios.

Pero no toda crisis de Estado deviene en revolución política y mucho menos social; puede devenir también en reestructuración de las formas de dominación y explotación. Por tanto, la crisis de Estado es relacional. Esto implica que la lucha por la hegemonía en América Latina, entre una corriente emancipadora y un proyecto de dominación, encuentran al Estado y a la sociedad como campos de batalla, distintos pero, al mismo tiempo, complementarios. Si los proyectos emancipadores se traducen en movimientos sociales y bloques subalternos elevados a su condición de bloques dominantes –es decir, si se ha tomado el poder político del viejo Estado, para destruirlo y construir otro nuevo–, su proyección o no dependerá de su relación de correspondencia con la ampliación de la hegemonía en la sociedad, y, viceversa, sus victorias en arduos e intensos combates en el campo de la sociedad le servirán, a esos movimientos sociales y clases subalternas, para avanzar a paso sostenible, sobre ciertas condiciones, hacia la materialización estatal de su poder.

Esta tercera ola emancipadora de Nuestra América, cuyo punto de partida se encuentra en el triunfo de la Revolución Cubana, se explica a partir de lo que está sucediendo en países como Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, y cuyo desarrollo pueden haber representado una cadena de golpes simultáneos a las viejas estructuras del capitalismo latinoamericano, Pero para avanzar hacia la emancipación plena si esos procesos transitan de revoluciones políticas a revoluciones sociales.

Para conquistar la emancipación plena necesitamos superar todas las formas de enajenación: política, económica, cultural, social y de la naturaleza. Es verdad que cada una de las superaciones de estas diversas formas de enajenación tienen sus tiempos, pero es evidente que cada uno de los avances que se alcancen dentro de una configuración política determinada (Venezuela o Bolivia, por ejemplo) o en cada uno de sus niveles (política o económica, cultural o religiosa), aportará a avanzar por el terreno (amplitud) de la emancipación plena. No hay duda que el nivel en que se produce en última instancia la enajenación del hombre es la producción, pero es eso, en última instancia. Pero también hay otras enajenaciones que refuerzan o encubren exitosamente esa actividad enajenadora, como la que nace de la poderosa industria cultural que se ha convertido en la religión del siglo XXI.

Hay que pensar y ver América Latina y el Caribe como un todo articulado. Una apreciación fragmentada de lo que hacen los gobiernos, principalmente de izquierda y progresistas, desde hace más de diez años, abre el riesgo de inducirnos a un cuadro de incertidumbre porque no se está marchando a la velocidad que pensábamos. Pero cuando se mira a la América Latina y el Caribe como un todo articulado, hasta el más pesimista tiene que admitir que es mucho lo que se ha avanzado. Esta parte del mundo ha ganado en soberanía y dignidad en medio de un mundo unipolar hegemonizado por los Estados Unidos y, por tanto, con un imperio que no escatimará recursos y esfuerzos para impedir la construcción de un mundo multipolar.

Pero no hay revolución sin sujeto. También desde una perspectiva de emancipación en su sentido amplio y pleno, el cuestionamiento a las relaciones de dominación y explotación a las que está sometida América Latina se lo está haciendo desde distintos actores (colectivos e individuados), con el aporte de los pueblos indígenas. Y la articulación de esos esfuerzos solo será posible si existe el reconocimiento del carácter multidimensional que se enfrenta y, por tanto, de la naturaleza plural que debe tener el sujeto revolucionario o histórico de la tercera ola emancipadora. El sujeto identificado por Marx en la Europa que estudió con pasión y detenimiento es la clase obrera. Pero eso que es tan válido en la Europa de hoy, aunque con una nueva clase obrera –dispersa y fragmentada por el capital–, no lo es plenamente para América Latina. El sujeto de la emancipación, el sujeto nuestroamericano es identidad y clase al mismo tiempo. Con lo primero se apela a la recuperación o emergencia de esa memoria larga. Con lo segundo, al reconocimiento de que América Latina ha tenido que padecer la fase de la acumulación originaria del capital, [6] su conversión deformada en capitalismo de libre concurrencia, luego en capitalismo monopólico y la imposición de un neocolonialismo, así como la cara imperial cuya forma de manifestarse en el siglo XXI es una suerte de retorno a su etapa originaria, pero con consecuencias mucho más graves. Es la “acumulación por desposesión” de la que profundiza en su estudio David Harvey. [7] Es el reconocimiento, por tanto, que la construcción del sujeto nuestroamericano demanda que los pueblos indígenas recuperen su identidad, anulada y distorsionada por el capital, y los trabajadores venzan la tentación individualizante que les ofrece el capitalismo y se constituyan como clase distinta, autónoma y diferente. Solo cuando ese sujeto social se perciba como identidad y clase al mismo tiempo [8], se estará avanzando a la construcción de ese sujeto nuestroamericano cuya misión histórica es liquidar con las relaciones de colonialidad y capitalismo vigentes.

La actual ola emancipadora en el continente nos obliga a pensar-sentir-vivir en distintas territorialidades y niveles al mismo tiempo, para reconocer que las victorias o derrotas en cada uno de esos ámbitos –territoriales y niveles–, incidirán en que ese todo articulado que hoy es América Latina avance hacia su emancipación plena o quede prisionera de la dominación. Por tanto, el desafío es doble: constituir el sujeto revolucionario dentro de cada una de las configuraciones estatales, claro está en correspondencia a sus especificidades, pero también ir simultáneamente construyendo el sujeto nuestroamericano. No se puede ser hoy sujeto nacional o plurinacional sin ser sujeto nuestroamericano. La guerra contra la dominación es continental o la derrota será inevitable.


* Artículo elaborado sobre la base del libro “América Latina y la tercera ola emancipadora” del mismo autor y publicado por la editorial Ocean Sur.

1 Atilio Borón sostiene que dada la intima conexión entre ideas y proceso histórico se hace necesario, a manera de aportar a lo que sucede hoy en América Latina, una reflexión de lo que se hizo y un apego más riguroso al pensamiento de los clásicos del marxismo. Atilio Borón: “Por el necesario (y demorado) retorno al marxismo”, La Teoría Marxista hoy, Atilio Borón (coordinador), CLACSO libros, Buenos Aires, 2006, p. 36.

2 En 1910, en un debate con una fracción de los bolcheviques a propósito de las revoluciones y sus “culminaciones”, Lenin sostiene que hay una diferencia de la revolución en sentido amplio y restringido. En el sentido amplio es el cumplimiento de las tareas históricas objetivas de la revolución burguesa, “la culminación de todo el ciclo de las revoluciones burguesas” e indica que cuando se emplea la expresión en un sentido restringido se hace referencia a una revolución determinada, a una de las revoluciones burguesas, a una de las olas si se quiere, que golpea al antiguo régimen, pero no termina con él, que no elimina el terreno para revoluciones burguesas posteriores. Vladimir Ilich Lenin: “Notas de un publicista”, Obras Completas, t.19, Editorial Progreso, Moscú, 1983, p. 157.

3 “Con la categoría de sistema de dominación múltiple podremos visualizar el conjunto de formas de dominio y sujeción, algunas de las cuales han permanecido invisibilizadas para el pensamiento crítico”. Gilberto Valdés: Posneoliberalismo y movimientos antisistémicos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009, p. 14.

4 Por crisis de Estado también Gramsci entendía a la “crisis orgánica”, que se da porque la clase dominante ha perdido su autoridad como clase dirigente, y solo se ha reducido a dominante. Burges Portelli: Gramsci y el bloque histórico, Siglo Veintiuno Editores, México D.F., 1973, p. 123.

5 En Venezuela el sistema político llegó a un punto de no retorno a mediados de los años noventa, lo que en parte explica el surgimiento y desarrollo del liderazgo de Hugo Chávez y su proyecto político. En Bolivia, la crisis de Estado tocó fondo en febrero y octubre de 2003, con lo que no era ni una sorpresa la huida del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, la asunción a la jefatura del Estado de su vicepresidente Carlos Mesa y luego del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Rodríguez, para culminar con la victoria de Evo Morales en diciembre de 2005. En Ecuador, el sistema político tampoco pudo impedir que un poderoso protagonismo de los pueblos indígenas desembocara en una insurrección que sacara del gobierno a Jamil Mahuad y luego de una convocatoria allanara el triunfo del militar Lucio Gutiérrez, quien, sin embargo, no tardó mucho en alinearse a los mandatos de Washington.

6 Por acumulación originaria se entiende el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Carlos Marx: “La llamada acumulación originaria”, El capital, t.1, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1962, p. 655.

7 David Harvey es un geógrafo y teórico marxista británico que entre sus escritos figura Capital of Modernity (2003),A Brief History of Neoliberalism (2005) y en el libro The New Imperialism sostiene que en el mundo hay un nuevo proceso de saqueo de los recursos naturales de los países pobres de parte de las grandes corporaciones capitalistas, a lo que denomina “acumulación por desposesión”.

8 En formaciones sociales en las que el capitalismo se ha desarrollado en forma de enclave, lo cual ha significado la preservación no deseada por el capitalista de otras formas no capitalistas, la comunidad representa una potencial fuerza revolucionaria para avanzar hacia el comunismo. Si bien Marx se refería a la “comunidad rusa”, el proyecto de respuesta a la carta de Vera Zasúlich, de marzo de 1891 (ocultada por años por ella y Plejánov en su debate con los llamados populistas rusos), aporta elementos para el estudio y comprensión de las comunidades indígenas de América Latina y su importancia para la causa de la emancipación. Véase a Carlos Marx: “Proyecto de respuesta a la carta de V. I. Zasúlich”, Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas en tres tomos, t.3, Editorial Progreso, Moscú, 1973, p. 162.

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