noviembre 24, 2020

Profundizar el proceso de cambio desde los movimientos sociales

por: Alfredo Rada

¿Hay procesos revolucionarios que no tengan contradicciones internas? Por supuesto que no, ni antes ni ahora, ni aquí ni en ninguna parte del mundo. Precisamente la acción política transformadora consiste en comprender los aspectos contradictorios (por tanto dialécticos) de la realidad histórico-concreta para seguir transformándola. Quien busque procesos unidireccionales en lo político y homogéneos en lo ideológico, caerá inevitablemente en la decepción y el escepticismo, corto preámbulo del derrotismo y la capitulación.

Hace tres años el cuadro de situación era preocupante. La Central Obrera Boliviana (COB) se había distanciado del Gobierno a raíz del “gasolinazo” del 2010. Esta ruptura con los sindicatos -a la que después se sumó otro quiebre con los indígenas amazónicos por el conflicto del TIPNIS- debilitó al Bloque Social Revolucionario conformado por los movimientos sociales indígenas, obreros y populares que, entre los años 2006 al 2009, impulsó y respaldó las más importantes medidas de cambio estructural tomadas durante ese período: en lo económico la nacionalización de los hidrocarburos, en lo político la fundación del Estado Plurinacional, comunitario y autonómico.

Había que reconstituir ese bloque para recuperar el impulso revolucionario; era un objetivo de la mayor importancia que sólo pudo cumplirse una vez derrotada la línea ultraizquierdista en la conducción cobista que llevó a la confrontación por la Ley de Pensiones en mayo del año pasado. ¡Cuánto han cambiado las cosas desde ese momento! La autocrítica gubernamental preservó la naturaleza del gobierno de Evo como un “Gobierno de los movimientos sociales”. La autocrítica sindical permitió la reinserción proletaria en el proceso para profundizarlo, propugnando la aplicación de una agenda programática revolucionaria.

Luego se dieron las cosas como en cascada. El reencuentro de la COB con el Gobierno llevó al fortalecimiento de la Coordinadora Nacional por el Cambio (CONALCAM), que incorpora en su seno, además de los sectores sindicalizados, a sectores que responden a otras lógicas organizativas como las autoridades originarias de pueblos indígenas, las juntas vecinales y juntas escolares, los microempresarios y cooperativistas. La convocatoria conjunta de la COB y CONALCAM posibilitó que el proceso vuelva a tener fuerza social movilizada en las calles: recordemos la masiva concurrencia a la marcha del 1 de mayo del 2014 convocada por la COB en la ciudad de La Paz, o la multitud que colmó el Estadio Tahuichi Aguilera en la ciudad de Santa Cruz en la apertura de la Cumbre del G77 + China, en lo que fue una inédita acción de masas en tierras orientales.

El gobierno de Evo también se ha fortalecido, al expandir su base social de respaldo entre los trabajadores lo que impactó positivamente en todo el campo popular. Estos desplazamientos han reavivado el debate ideológico y programático-estratégico, traducido en la pregunta: ¿hacia dónde va el proceso de cambio?

Encandilados por el buen momento económico que vive el país, hay quienes postulan que se trata de administrar la estabilidad y el crecimiento, ampliar nuestra base productiva con mayores flujos de inversión interna y externa, y fortalecer la redistribución del excedente. Esto, que no es malo en sí mismo, constituye el núcleo de pensamiento del “progresismo” socialdemócrata, cuya arista no revolucionaria radica en que va dejando de lado, hasta abandonar por completo, cualquier programa de superación del sistema capitalista, y termina asumiendo como propia la engañosa ficción de que estabilidad, crecimiento, inversión, mayor producción y hasta redistribución se pueden alcanzar bajo este sistema, eso sí dándole un aire más endógeno y regulando sus aspectos injustos. El “progresismo” en economía con frecuencia va de la mano con el pragmatismo en política; así por ejemplo la presencia de algunos invitados con trayectoria de derecha en las listas electorales será presentada como un “acto de inclusión” y no como una preocupante concesión ideológica.

Pero el recuperado protagonismo obrero y de los movimientos sociales inevitablemente va a fortalecer otras tendencias ideológicas dentro del proceso de cambio. Una muestra ya se vio en el “Encuentro Sindical Internacional Antiimperialista” realizado en la ciudad de Cochabamba hace tres semanas. Este evento, convocado por la Federación Sindical Mundial (FSM) y la Central Obrera Boliviana (COB) con la adhesión del Gobierno de Bolivia, reunió a más de 1200 delegados de organizaciones sociales de todos los departamentos de Bolivia, así como a un centenar de representantes sindicales llegados de casi toda Latinoamérica, de África, Asia y Europa. El Encuentro aprobó una Tesis Política en la que se puede leer lo siguiente: “Sin abandonar la lucha en defensa de las condiciones materiales, los trabajadores debemos intervenir en la vida política del país en nuestra condición de vanguardia revolucionaria. Vanguardia que en el caso de Bolivia y otros países se complementa con el proyecto político de las naciones y pueblos indígenas originarios y campesinos, que fusionan la lucha sindical con lo comunitario bajo un horizonte de Socialismo Comunitario”.

Aquí está el presente vigoroso y el futuro esperanzador del proceso boliviano; en estos planteamientos que defienden lo hasta aquí logrado (que no es poco) y buscan la profundización de los cambios con su propia acción política desde los movimientos sociales. Pero el discurso de profundización del proceso, si quiere ganar mayor vitalidad, debe estar acompañado de propuestas programáticas que apunten al mayor fortalecimiento del Estado con nuevas nacionalizaciones en sectores estratégicos de la economía y nuevas industrias en petroquímica, siderurgia, metalurgia y de alimentos procesados, a la transformación de las relaciones capitalistas de producción en las empresas públicas, al potenciamiento del sector social y comunitario de la economía a través de proyectos productivos de carácter asociativo y que generen empleo, a la revolución agraria que erradique las nuevas formas de latifundio y extranjerización de la propiedad de la tierra surgidas en los últimos años, a la soberanía alimentaria evitando las nuevas formas de monocultivo tanto en el oriente (soya) como en el occidente (quinua) del país, a la defensa de la Madre Tierra tanto de la contaminación minera como del severo impacto del consumo irracional de recursos naturales en las ciudades.

Si los movimientos sociales mantienen la iniciativa político-programática se convertirán en el principal factor de gobernabilidad democrática en el mediano plazo, un factor imprescindible para la gestión del proceso.

Hoy que estamos ante la probabilidad de un nuevo triunfo de Evo Morales contra una derecha que sigue buscando la brújula, nuestra mirada debe ir más allá del cálculo electoralista. Hoy es el momento de cohesionar a los/as revolucionarios/as en torno a ideas claras, organizarlos en estrecha relación con los movimientos sociales y fortaleciendo al Movimiento al Socialismo (MAS) en tanto instrumento político de esos movimientos.

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