diciembre 4, 2020

Bolivia de “trapo y lentejuela”

por: Raúl Reyes y Javier Larraín

A cien años de su nacimiento, ya más madurita, Bolivia dejó a un lado los trapos y se vistió de lentejuelas. Nuestro mes patrio se vio desbordado de recepciones diplomáticas, actos públicos —de esos en que los tribunos sacan a relucir su oratoria adulona—, banquetes, bailes, y todo cuanto usted haya leído a su hija o hijo en uno de esos cuentos de hadas.

Pero ¿quién era el príncipe azul y la princesa? El jovencito era el presidente Bautista Saavedra y su pretendiente nuestra “patria”; sí, así como usted la lee, con “p” minúscula, pues “aunque la seudo patria se vista de lentejuela, en seudo patria queda”.

Aquella fastuosa puesta en escena —¡agréguele Ud. los oropeles!—, tuvo como corolario la publicación del libro: Bolivia en el primer centenario de su Independencia, editado por la University Society of New York (1925).

Las “lentejuelas”

Aquel libro regordete, de tapas de cuero curtido y colmado de símbolos prehispánicos tiahuanacotas, mostraba al lector una Bolivia pintoresca, describiendo al dedillo los aspectos físicos del país, agregando sendos estudios sobre geología y mineralogía.

Como saltimbanqui, reseñaba brevemente la poesía y literatura centenaria, para pasar a acuciosos estudios sobre la industria o, por ejemplo, las aguas termales de Viscachani, fundadas por Don Tomás Vera Carrasco a casi 12 mil pies de altura y sólo 4 horas de viaje en tren ¡y apúrese, no será que llegue tarde a las termas! ¿Se fija Ud. como ya en 1925 comienzan a nacer los spot publicitarios?

Las lentejuelas desbordan las páginas y las descripciones de la flora y fauna se contrapuntean, en desventaja perenne, con las bonanzas del capital industrial. De esta forma nos enteramos que en el nororiente selvático habita el tigre de América, también conocido como jaguar, nombre que proviene del tupí yagoara. Luego podemos disfrutar de algunos detallitos sobre el puma, cuyo nombre nativo es cugacuarama y, por supuesto, de las tres variedades de especies de osos halladas en nuestro territorio, de las cuales el jucumare, u oso torcaz, se lleva los lauros. Pero como todos los caminos conducen a Roma, aquí todas las terminales nos llevan a Simón Patiño. Del yagoara a la estañífera Colquechaca. Del coipu a la Patiño Mines & Enterprises Cons. Inc.

Sin embargo, la más notable de las lentejuelas de Saavedra es su delicado tratamiento, a lo largo de decenas de páginas, de la civilización de Tiahuanaco, orgullo de la Nación, pero ¡sálvenos Dios de hermanarla con los revoltosos indios del siglo XX!

Se nos da a conocer las expediciones de los generales Castelli y Díaz Vélez, del general Belgrano, del coronel Martínez Rodríguez y, como no podía faltar, de San Martín y Bolívar. A cien años de distancia, al Bolívar de América, la burguesía continúa sin perdonarle su inasible radicalidad, le vacían de contenido, aunque se cuidan de dedicarle unos parrafitos algo románticos, de esos con que gustan los dueños de la Patria honrar a los Próceres, aunque hayan sido enemigos declarados: “Por el norte, Bolívar, el coloso, el héroe por antonomasia, el Libertador de América, salvó también las cumbres de los montes colombianos y derrotó a los ejércitos realistas en mil combates, realizando su recorrido más difícil y más heroico que Alejandro en su conquista de la India, que César en todas sus campañas y que Napoleón en su marcha triunfal hacia Moscú.”

¿Hay más lentejuelas? Claro que sí. El último tercio de esta notable obra lo copará la llamada: Galería Social.Cuidadosamente ordenada por Departamentos, esta última sección estampará decenas de fotografías de empresario y mujeres ilustres de la cima de la pirámide social, todos y todas de ascendencia ibérica o anglosajona, todos y todas de tez blanca, cabellos castaños claros y sonrisa de comercial de crema dentífrica.

En Bolivia en el primer centenario de su Independencia, J. Ricardo y A. Alarcón, encargados por Bautista Saavedra para dirigir la feliz publicación, se mostrará a nacionales y extranjeros las bondades del país, la industrialización galopante, los ferrocarriles humeantes, los empresarios exitosos y un país en vías de modernización.

Los “trapos”

Para agosto de 1925 la población del país ascendía a poco más de 2 millones de habitantes, de los cuáles 1 millón cien mil eran indígenas, o sea, más de la mitad, superando a los de la ciudad.

Las galas del ‘25 son las del progreso, de la industria y de la élite. Y al indio no se le dedicará ni media página. Las luchas sociales indígenas eran los trapos que había que olvidar. Pero como dijo nuestro amigo Benedetti: “el olvido está lleno de memoria”.

Entonces, aquel millón y pico de indios celebraba su propio festín con dos sendas rebeliones que Choque Canqui y otros, traen a la memoria después de más de medio siglo.

Faustino y Marcelino no fueron dóciles a los constantes despojos de la oligarquía y lideraron a casi cuatro mil indios que (in)visibilizaron a la autoridad política. A la cabeza de los Llanque, el 12 de marzo de 1921, algunas casas de los vecinos de Jesús de Machaca eran incendiadas gracias al sostenido abuso del corregidor Luis Estrada. Él, su familia y otros trece vecinos fueron apedreados y quemados. Saavedra se quita el velo del rostro y da paso a una feroz represión. Hasta hoy no sabremos cuantos indios, mujeres y niños, fueron muertos por los 1.500 soldados comandados por Vitaliano Ledezma.

Los trapos continuaban reproduciéndose silenciosamente, como de manera subterránea. El mundo andino transformado en minero por la fuerza del capitalismo que se internaba en las venas culturales de la comunidad, propiciaba que ésta se (re)adecuara y saliera hacerle frente.

Así, el centenario encontró a nuestro pueblo harapiento, de mineros del estaño, trabajando jornadas de más de ocho horas, muriendo de tuberculosis, con sus pulmones entierrados a causa de la silicosis, sin poder festejar su cumpleaños 40, pues las expectativas de vida no superaban los 36. ¿Les habrá significado algo los cien años de una República que les era ajena?

Los abusos permanentes y las limitaciones al trabajo sindical de la Federación Obrera Central de Uncía (FOCU) por el Gerente patiñista Emilio Díaz, fueron causa para que el primer día de mayo de 1923 se pidiera su destitución. El desobediente gobierno dictó el estado de sitio y, en medio de las negociaciones, apresó a Guillermo Gamarra y Ernesto Fernández. Los mineros y sus esposas, en número de diez mil, reuniéronse en la plaza. Tanto hombre y mujer de trabajo, como era de esperar, causaron el temor del general Ayoroa, que abrió fuego, privándoles de vida a una decena de hombres. El gobierno saavedrista tardó varios días en conseguir la pacificación y la masacre de Uncía pasó a la historia al abrir la brecha de las reivindicaciones obreras bolivianas. Se multiplicaban los trapos.

Las “lentejuelas” pasan y los “trapos” quedan

Un par de años después de la gala, Chayanta se subleva con la memoria puesta en Amarus y Kataris, otro hecho que no alcanzó a cubrir nuestro rabioso libro.

En esta ocasión el epicentro de aquella rebelión fue Potosí, Chuquisaca, Oruro y La Paz. Malos tratos, cobros excesivos, amenazas sobre las tierras de comunidad y la extensión del servicio obligatorio hacia los nuevos colonos, fueron las excusas perfectas de los hechos de Ocurí, un día de San Santiago de 1927. De julio a septiembre el ejército persiguió con mucha dificultad a los desplegados en las serranías del espacio andino, rebeldes apertrechados con warakas y algunas cuantas armas de fuego. Esta vez el presidente Siles dispensaba a sus líderes, actuando a la inversa de Saavedra, quien había apresado a un Llanque y dado muerte al otro.

En un nuevo aniversario de nuestra Independencia, cobran validez las palabras de aquel poeta nuestroamericano:“la Patria es de todos y es justo y necesario que no se niegue en ella asiento a ninguna virtud.”


* catalejo.laepoca@gmail.com

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