noviembre 25, 2020

La Bolivia de Evo y Álvaro

por: Julio A. Louis

En diciembre de 2005 acceden al gobierno Evo Morales y Álvaro García Linera, la fórmula presidencial del Movimiento al Socialismo (M.A.S): un líder indígena, cocalero y socialista y un fino intelectual mestizo, autodefinido como revolucionario, viejo bolchevique y tupackatarista [1]. El discurso de la victoria termina en quechua: Evo grita “¡¡Viva la coca!! ¡¡Abajo los yanquis!!”. El mensaje es concluyente. A la trasmisión del mando asisten los presidentes sudamericanos con una excepción, el de Uruguay, país que en la oratoria inaugural está muy bien representado – aunque no de modo oficial- por Eduardo Galeano, hechos que los bolivianos recuerdan.

Tres viejas heridas centenarias han comenzado a cicatrizar: la discriminación de los pueblos indígenas y de las mujeres, la desigual distribución territorial del poder, la superación de la economía de enclave y meramente productora de materias primas, a la que se suma en las últimas décadas, la destrucción del patrimonio nacional mediante las privatizaciones.

Tras nueve años de este gobierno en octubre habrá elecciones, en la que su victoria arrasadora no admite dudas. El M.A.S. ganó en 2005 con el 54 % de los votos, en 2009 sus gobernantes son reelectos con el 63% tras aprobarse la Reforma de la Constitución y son ratificados en 2010 con el 67%, lo que desmiente al llamado “desgaste del poder”. ¿Por qué Bolivia consigue lo que los gobiernos progresistas del Cono Sur ven alejarse?

Algo de Historia

Bolivia alberga la cuna de la civilización andina y sudamericana: Tiahuanaco o Tiwanaku. A 20 kilómetros al sur del lago Titicaca, a 4000 metros de altura, lucen aún las ruinas de una ciudad cuyo verdadero nombre y la cultura que la erige son casi desconocidos, la capital de uno de los más grandes Estados entre los siglos III y XII (d. C.). La riqueza y multiplicidad de sus pueblos se prolonga hasta la conquista y colonización española.

La insurrección del quechua Tupac Amaru (Perú actual) continuada por el aymara Tupac Catari (Perú, Bolivia, norte de Argentina actuales) se explica porque en las regiones donde los europeos están sumergidos en un “mar autóctono” (México, América Central, Perú, Ecuador, Bolivia) los indígenas no se españolizan, emplean su idioma, usan su vestimenta (la que se prohíbe tras la insurrección), mantienen el ayllu (su antiquísima comunidad) y se gobiernan por sus autoridades (curacas), que conservan privilegios como descendientes de la aristocracia gentilicia. A éstos, en tanto son imprescindibles para los españoles, se otorga una ambigua posición: están exentos de pagar tributos, reciben servicios de indios, pueden usar caballos, etc. Los españoles imponen su poder, pero no consiguen la hegemonía, la aculturación de los indígenas.

La creación del Virreinato del Río de la Plata (1776) incluyendo al Alto Perú perteneciente al Virreinato de Perú, tiene una espina dorsal: el eje Potosí-Buenos Aires. Potosí es el centro productor de oro y plata y una ciudad más populosa que París, pues, en su apogeo (1650), llega a 160.000 habitantes. Buenos Aires es la ciudad-puerto. El Virreinato cuenta con un millón de habitantes, de los cuales 600.000 habitan Alto Perú (1780). Sin embargo, por 1810, comienza la decadencia minera y arrastra a las regiones vinculadas a esa actividad, mientras que la necesidad de cueros reclamada por Inglaterra para su Revolución Industrial, desplaza el centro productivo hacia Buenos Aires y el Litoral.

La independencia de Bolivia (1825) es resultado de la derrota integracionista de Bolívar, de la primacía de los intereses oligárquicos alto-peruanos y de los porteños que fragmentan el Virreinato del Río de la Plata, aunque ya antes (1811) el Alto Perú se había reintegrado al Virreinato de Perú.

Bolivia tenía 1.100.000 habitantes y 2.363.769 quilómetros cuadrados. Los actuales 9.000.000 de habitantes disponen de un territorio reducido a menos de la mitad, 1.098.581. Todos los vecinos le han despojado de territorios (Brasil, Argentina, Chile, Paraguay, Perú) a través de guerras: la del Pacífico (1879-1883), la de Acre (1902-1903), la del Chaco (1936-1939). En los últimos sesenta años Bolivia es escenario de la frustrada Revolución de Víctor Paz Estensoro (1952), o en la década del 60 de duras luchas de masas y guerrilleras. Pero recién desde 2006, la revolución alcanza significación.

El horizonte socialista

Los objetivos del gobierno del M.A.S son nítidos: “En los Estados modernos capitalistas hay estado de derecho, pero también monopolio de la riqueza; hay democracia representativa, pero también monopolio de decisiones. Los movimientos populares (que toman y construyen el Estado) solamente pueden ser Estado si democratizan, socializan y universalizan el poder y los recursos económicos. Por eso nuestra modernidad estatal, la que estamos y vamos a seguir construyendo con el liderazgo popular, es muy distinta a la modernidad capitalista y hay que ponerle nombre: nuestro horizonte estatal es un horizonte socialista, no solamente como contenido, desarrollo y profundización de la democracia, sino también como vía democrática al socialismo. El socialismo es bienestar, es comunitarizar la riqueza (lo que hacían nuestros antepasados, solamente que ahora en una escala mayor, con tecnología y con modernidad productiva). No será fácil, quizás tardemos décadas y siglos, pero está claro que los movimientos sociales no pueden ser poder sin plantearse un horizonte socialista y comunitario, para ser construido con la voluntad de todo el pueblo, en base al bienestar, al Vivir Bien [2] y con la expansión de desarrollo económico.”(Álvaro García Linera, Sesión de Honor de Posesión de los reelectos gobernantes (22/1/ 2010).

Compárese estos fundamentos con el “capitalismo sano” o con “la unidad nacional” entre los miembros de los bloques político-sociales antagónicos de Mujica, o peor, con el desconocimiento de las contradicciones del capitalismo, de la existencia del imperialismo (de la que el Dr. Vázquez duda), de la lucha de clases.

El M.A.S. se ha propuesto una transición del Estado neoliberal al Estado plurinacional de derecho y autonómico, que implica transformar las relaciones de poder entre las clases sociales y los bloques político-sociales en los ámbitos económico, político, cultural. Evo subraya que hay dos bloques: el popular, de obreros, campesinos, pequeños y medianos propietarios, intelectuales revolucionarios y las etnias indígenas. (El porcentaje de indígenas y mestizos en la población, que en Argentina es el 70%, en Chile el 80%, en Bolivia es el 98%; y el porcentaje relativo de indígenas es también mayor). El otro bloque es el defensor del sistema capitalista (trasnacionales, terratenientes, funcionarios, intelectualidad cipaya). Sus programas son antagónicos. Uno es antiimperialista, suscribe el ALBA, impulsa UNASUR, se integra al Mercosur, es miembro y preside el Grupo 77 + China cuya última asamblea fue en Bolivia, propone el socialismo, pues “no habrá paz con capitalismo” según Evo. Sus proyectos son inclusivos, ya que para todos debe haber alimentación, salud, vivienda, educación, trabajo, seguridad social. Se defiende de la penetración imperialista en todas sus formas. El bloque del gran capital es partidario de relaciones estrechas con EE.UU., añora el ALCA, desprecia el ALBA, excluye de los bienes de consumo y de la civilización a la mayoría, ampara a los represores huidos al exterior para zafar de la Justicia por sus crímenes de la “Seguridad Nacional”, detesta a los “populistas”. En cambio, cuando el bloque popular no levanta un programa de transformaciones revolucionarias facilita el “olvido” del pasado y el ocultamiento del programa del bloque del gran capital.

Reforma constitucional y Estado integral

Un hito del proceso revolucionario es la reforma de la Constitución. Se transita hacia lo que García Linera denomina el Estado integral gramsciano, de tres conceptos inter-relacionados: la plurinacionalidad (hay un solo Estado Nacional pero se reconocen 36 naciones culturales), la autonomía democrática y la soberanía económica. La Constitución nacionaliza los recursos naturales (petróleo, agua, etc.); fija una extensión máxima de 5000 hectáreas para la propiedad privada de la tierra y promueve la reforma agraria; otorga mayor peso al Estado en la política económica; da prioridad al interés colectivo frente al privado; el Estado protege al ambiente y a la biodiversidad; impulsa la ciencia, la tecnología, la investigación; prohíbe las instalaciones militares extranjeras; independiza al Estado de la Iglesia, pero asegura la libertad religiosa; permite la revocación de los mandatos; defiende la Educación Superior; proclama al Estado plurinacional, comunitario, intercultural, descentralizado y con formas de autonomías; autoriza la reelección presidencial. Según Evo, busca “cerrar las venas abiertas de América Latina”. La democracia participativa hace “temblar las raíces de los árboles” del sistema; allí no son palabras demagógicas, aunque resta mucho por construir.

El gobierno (y el movimiento popular) ha sorteado el sabotaje económico, el golpismo, el faccionalismo de las regiones, los intentos de debilitar las instituciones de poder, y ha superado el denominado “empate catastrófico”,entre estructuras, liderazgos y proyectos de país. Ha afirmado al unísono, la hegemonía ideológica. Llama positivamente la atención que los canales de televisión destaquen los propósitos y éxitos del gobierno, tanto como las críticas de la oposición o de los movimientos sociales. La transformación revolucionaria se basa en la construcción de un Estado plurinacional, de organizaciones, estructuras sociales y componentes culturales múltiples, en la reivindicación de los sectores indígenas y mestizos marginados y en una concepción de la economía dirigida y controlada por el Estado, sin obstruir la inversión privada o la iniciativa individual o empresarial, aunque regulada y garantizada en el marco de un plan de acción.

Cuando Rafael Correa advierte de la restauración conservadora en América del Sur, o cuando Atilio Borón subraya el retroceso muy fuerte que significa que en el Río de la Plata retrocederemos de Fernández-Mujica a “Scioli-Tabaré si no nos va tan mal” [3], es hora de reflexionar y estrechar más los lazos solidarios con Bolivia y con los países del ALBA, quienes pese a todas sus flaquezas, son el mayor reducto de resistencia al imperialismo.


1 Tupac Catari es el líder del movimiento que extiende la insurrección de Tupac Amaru por el sur del Perú, el Altiplano (Bolivia actual) y el extremo norte de Argentina (1781).

2 El Buen Vivir o sumak-kawsay en quechua, se inspira en las tradiciones de los pueblos originarios para buscar el equilibrio del hombre con la naturaleza, la satisfacción de las necesidades tomando solo lo necesario, opuesto al mero crecimiento económico.

3 Reportaje de Katu Arkonada: “Atilio Borón: Evo ha logrado armar una maquinaria electoral imbatible”. Le Monde Diplomatique, edición boliviana. Junio de 2014.

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