diciembre 4, 2020

Villamontes, posludio de una “farsa en cuatro actos”

por: Raúl Reyes y Javier Larraín

Primer acto, preludio

Es invierno de 1935 y dos de los pueblos más empobrecidos de la región sur de nuestro continente, los únicos sin salida soberana al mar, se lanzan -y son lanzados- a una cruenta guerra fratricida por un terruño de tierra que poco importa a ambos. Este triste primer acto es llamado “Guerra del Chaco”.

Segundo acto, la contienda

La contienda ha de durar tres años y moviliza a más de 250 mil bolivianos que, con pie en la escala de los vagones de un infierno verde, ven brotar lágrimas de los ojos de sus madres, de sus compañeras, de sus hermanas y de sus hijos, como presagiando una despedida que será la definitiva.

La tierra es desconocida. Casi inubicable en el mapa.

Cuando se sube el telón entran en escena los combatientes de Boquerón. Es septiembre y día nueve. Las ametralladoras bolivianas trochan la vida de decenas de paraguayos durante catorce horas, ni un minuto más ni uno menos.

El capitán Julio Romero, pluma en ristre, inmortaliza la dantesca escena:

“Silenciosos y unánimes los fusiles se alzaron en el aire en juramento. El instante, bajo el claror lírico del amanecer, era de una seca solemnidad trágica. ¡Llegó el momento de portarse como hombres! Un centinela nuestro descubre una columna enemiga, suenan varios disparos. Como una manada de lobos hambrientos, chillando, dando aullidos de triunfo, las tropas paraguayas se lanzan sobre nuestras posiciones, rechazándolos en forma espectacular. Las descargas de ametralladoras pesadas y fusilería ensordecían el ambiente enrojeciendo el aire de la tarde. Ante la impotencia de tomar nuestras posiciones, las tropas paraguayas se retiran tronchadas por nuestro fuego y huían hacia el monte. Nuestras ametralladoras eran trombas segadoras de vidas. Pronto los disparos fueron disminuyendo. De pronto, al ver coronados nuestros esfuerzos, se oyeron enardecidos gritos: ¡Viva Bolivia!”

A décadas de distancia, nuestro amigo Galeano nos relatará las escenas que han de sucederse hasta completar esta farsa:

“Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpientes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en este mundo de espanto. Las mariposas se apiñan, desesperadas, sobre las pocas gotas de agua. Los bolivianos vienen de la heladera al horno: han sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a estos calcinados matorrales. Aquí mueren de bala, pero más mueren de sed. Habla uno de los soldados bolivianos que marcha hacia la muerte. No dice nada sobre la gloria, nada sobre la patria. Dice, resollando: —Maldita la hora en que nací hombre.”

Se baja el telón el 12 de junio de 1935. El ejército ha hecho aguas en el desierto. Sesenta mil vidas cuestan a Bolivia la cruzada esquizofrénica a que es arrastrada por una decisión política: ¡inapelable, óigalo bien y mire a los ojos cuando le hablo porque la Patria reclama sus sacrificios, o me dirá que no la quiere, que le da miedo, que es un cobarde! Ninguna de las autoridades pasó un día siquiera en el escenario de guerra, ninguno sobrevoló la zona, ninguno llevó algodones y curas a los heridos.

La tierra fue desconocida. Casi inasible para las almas de nuestros padres y abuelos.

Tercer acto, llega nuestro héroe

Muchos soldados enviados al frente no saben leer o escribir. Tampoco les preocupa ya que durante tres años se convierten en especialistas en cavar hoyos en busca de agua y, trágicamente, en defender con su sangre algunos pozos ya secos.

Los relatos de su calvario son fijados en papel por quienes sí conocen el arte de las letras, los que a su vez cuentan los pesares de todo el grupo. Pero, el pegajoso aunque templado ambiente invernal de 1935 dispondrá de un nuevo escenario.

La derrota estrepitosa propicia que sectores del Ejército a los que aún quedaban altas dosis de vergüenza y dignidad, irrumpan en la escena política, capitaneando el país en tres oportunidades, David Toro, Germán Busch y Gualberto Villarroel son los protagonistas de la nueva época. La misma ha sido intitulada como la del “socialismo militar”.

Bajo su guía se dan a la tarea de darle cuerpo al Estado; se dan a la tarea de nacionalizar los recursos naturales; se dan a la tarea de escuchar la voz del mundo obrero sobre los asuntos nacionales; se dan a la tarea de construir un país hasta entonces desconocido.

Cuarto, Villamontes

La navidad de 1934 sorprende a nuestros padres y abuelos en una trinchera, cabeza baja, compartiendo de boca en boca un sucio tachito con algún líquido bebible llamado a aplacar la nostalgia en aquella noche de celebración. El silencio les espanta, les vuelve el estómago un nudo. Las tropas paraguayas han comenzado una dura ofensiva en las semanas previas y, el 14 de enero, Estigarribia tomará una de las bandas del río Parapetí, avanzando al punto más al norte a que aspiraban los paraguayos en el territorio chaqueño. Pero es navidad y nuestros padres y abuelos ni siquiera pueden imaginar estos hechos, sus pensamientos han viajado cientos de kilómetros, son todo Altiplano.

Aún quedan unos cuantos meses y la escena debe continuar.

La refriega se extiende, de manera insospechada, a los contrafuertes de la cordillera de los Andes —cordillera del Aguaragüe—, donde la ventaja geográfica y el conocimiento del medio se convierten en elementos que potencian la capacidad combativa del soldado boliviano. Al igual que Bolivia al comenzar la guerra, los paraguayos se encuentran demasiado lejos de sus centros de abastecimiento y se suceden los males. Pero, Estigarribia desprecia las palabras “mesura” y “prudencia”, las ha borrado hace años de su vocablo, y se lanza a la toma de Villamontes. Puede sentir en su boca la burbujeante champagne con que celebrará la toma de unos campos petroleros que no le pertenecen.

Villamontes es vida y muerte, es la defensa de la riqueza petrolífera amenazada. Villamontes es la salvaguardia y antesala de Tarija y Santa Cruz.

El Cnel. Bernardino Bilbao Rioja se encargada de organizar la defensa. Rehace un nuevo ejército –el tercero a lo largo de la guerra–; casi 30.000 hombres defienden la plaza con artillería pesada y pertrechos bélicos nuevos. Construyen trincheras por kilómetros y organizan una notable red de comunicaciones internas. Bilbao se luce como un militar de primer nivel, lo que queda demostrado en los minuciosos detalles de la planificación defensiva. Paraguay dispone de 15.000 hombres en el frente.

El ataque a Villamontes comienza, es 16 de febrero de 1935. La agresión resulta suicida ante la superioridad numérica y despliegue defensivo bolivianos. Días después comienza la contraofensiva recuperando el Parapetí, abandonado por las huestes de Estigarribia, que ahora huyen en desbandada.

A un mes de firmar la paz, los paraguayos se han replegado casi 150 kilómetros en dirección al sur.

Posludio

El Chaco boliviano es una vasta región semi-árida y con una baja densidad de población. Escenario de una de las últimas guerras por territorios que tuvo lugar en Sudamérica, acoge a hombres y mujeres dedicados a la ganadería y pequeña agricultura.

En sus tierras conviven, conservando sus tradiciones e idiomas, los chiquitanos, ayoreos y guaraníes.

La expedición en la última frontera, aquella desconocida, fue multitudinaria, logrando resguardar los recursos naturales que hoy abastecen a nuestra nación.


* Jóvenes historiadores.

catalejo.laepoca@gmail.com

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