noviembre 29, 2020

¿Debatir?, ¿entre quiénes y sobre qué?

El modelo gringo de elegir gobernantes ha pretendido convencer que los debates entre candidatos son indispensables en el desarrollo de los procesos electorales y se ha buscado copiar ese modelo en otros países, como el nuestro, en los cuales las características de los candidatos y del electorado son totalmente diferentes a los suyos.

En los Estados Unidos de Norteamérica, que es donde más se han desarrollado estos debates (aunque su origen se remonta a las democracias nórdicas de mediados del siglo XX), el debate se ha reducido a dos partidos, republicanos y demócratas, que al final son la misma cosa, dejando de lado a los otros candidatos, que los hay pero que casi nadie se entera de que existen, ni siquiera dentro del imperio, gracias a la magia de los medios de comunicación y desinformación.

La lógica es comprensible, el electorado estadounidense solo tiene en los hechos dos opciones, pero además, entre demócratas y republicanos existe un acuerdo cuasi formal de turnos en la administración gubernamental. Cuando se conformaba la Comisión de Debates Presidenciales del Congreso Norteamericano, de la que solo forman parte representantes de los dos partidos, se argumentó que no era pertinente que candidatos que no tenían ninguna opción de llegar a gobernar estuvieran debatiendo temas de interés nacional con quienes si gobernarían el país, por esa razón simplemente se los eliminó de los debates.

En Bolivia se pretendió introducir la modalidad del debate en la década de los noventa y seguramente de manera lógica, porque quienes se presentaban a reclamar en voto ciudadano representaban los mismos intereses y simplemente divergían en nombres o en formas de llevar adelante el mismo modelo de administración estatal. Lo mismo se reflejaba en el hecho de que ninguno de los candidatos superaba la barrera del 20 por ciento de votación, que el tercero (perdedor a todas luces) podía llegar a resultar elegido presidente (como si hubiese ganado) y que, desde luego, todos los debatientes pasada la contienda electoral arriaban sus banderas y se fundían en un abrazo de “gobernabilidad” y no pasaba nada, el país seguía devorado por el imperio y las transnacionales, mientras sus lacayos criollos se llenaban los bolsillos impunemente.

El Estado boliviano y la forma de administrarlo, por lo tanto de hacer política, han cambiado. Ya no hay un pasanaku entre neoliberales, se ha cambiado esa lógica de debate entre élites y sus representantes por un dialogo cotidiano con el pueblo, con sus organizaciones sociales, en todo el territorio nacional. Durante los últimos nueve años el pueblo ha sido consultado en diferentes oportunidades por otros tantos asuntos y los ha validado de manera reiterada, como ha ratificado su confianza en el Presidente Evo Morales de forma contundente en varias oportunidades. Ese respaldo a la gestión de gobierno se ve reflejado en las intenciones de voto, por una parte, pero fundamentalmente en el cariño y apoyo que reciben presidente y vicepresidente en todos los lugares que visitan. Obviamente esto se traducirá en la votación del 12 de octubre en una nueva victoria contundente del binomio Morales/García Linera.

En ese contexto, qué utilidad tendría un debate del Presidente con los cuatro candidatos (tres para ser más precisos ya que el cuarto cumple una función más bien testimonial) de la oposición que representan a una vieja derecha racista y antinacional, que seguramente sueñan con volver a vender o regalar la patria, pero que, fundamentalmente, no soportan ver al indio gobernar. Candidatos que no tienen una propuesta de gobierno que sea diferente a las que ya pusieron en práctica cuando les tocó ser parte de la administración y que ha sido rechazada por los bolivianos en más de una elección desde diciembre de 2005.

Se podría debatir si realmente existieran posiciones alternativas que tengan una aceptación pareja y posibilidades reales (ambas) de obtener la preferencia ciudadana. Debatir con quienes saben que no van a llegar al gobierno y que pueden ofrecer cielo y estrellas por muy inalcanzables que fueran ya que no tendrán que cumplir sus ofertas porque no serán gobierno, es un sinsentido.

Pero además, cuáles serían los temas que la oposición quisiera debatir? Supongo, de acuerdo a como ha venido desarrollándose su campaña, que entrarían al debate el cincuenta/cincuenta para las empresas petroleras, la capitalización de las empresas estatales a través de acciones individuales, la derogatoria de la ley contra la violencia de género, la nacionalización de vehículos chutos y algunas otras cosas de similar trascendencia, además de insultos, mentiras y acusaciones sin fundamento.

Esos temas que ya están fuera de la agenda de los bolivianos que los debatan entre perdedores, entre los que ya quedaron fuera de la historia de esta patria libre y soberana, que se coman las entrañas entre ellos para culparse de quién tiene más culpa para que el pueblo bolivianos los haya sacado de la contienda, los haya dejado fuera de su historia.

Pepe Mújica, Presidente de la República Oriental de Uruguay, a propósito de los debates decía: “Así como existe estrategia, existe táctica. Conozco quienes son capaces de pulverizar a cualquiera por la velocidad de reacción por la jocosidad en cualquier debate, pero eso no asegura que sean buenos gobernantes”. “Al que nadie lo conoce o que viene corriendo muy de atrás siempre va a pelear por cualquier cosa que le pueda servir para pegar un paranganazo y el que las tiene segura va a ver las cosas distinto”, agregó. “Me parece que es parte de la táctica. Puedo decir que no creo mucho en los debates porque en este mundo se ve cara y la cara puede ser tersa y hermosa, pero no se ve el corazón”.

Me suscribo plenamente con lo citado.


* osilvaf@bolivia.com

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