noviembre 29, 2020

El enemigo interior

por: Franco Sampietro

Hay una frase tristemente célebre del general Francisco Franco que resume esta nota: “las cuatro columnas que se acercan a Madrid serán ayudadas por una quinta que ya está adentro”. Enunciada en plena guerra civil, se refiere, naturalmente, a lo que se conoce como el “enemigo interior”; esto es, sectores que en el seno de la república trabajan en secreto a favor de la contrarrevolución –cualquiera fuera-, es decir, a las corrientes reaccionarias.

Pero aunque haya sido Franco el que forjó la expresión y aunque haya sido España el escenario, la “quinta columna” ha existido siempre y más de una vez los historiadores antiguos, como Tucídides o Polibio, reconocieron en las guerras arcaicas el caso del Otro Enemigo –el “enemigo interior”- y lo comentaron y analizaron. Incluso Platón en sus disquisiciones políticas (no siempre adecuadas) en más de una ocasión se encarga de observarlo. Y más simple aún, basta ver los relatos de muchas fortalezas sitiadas que terminan cayendo a causa de la ayuda de grupos locales que trabajan desde adentro, o de las fuerzas autóctonas que en la Segunda guerra facilitaron la invasión nazi en casi todos los países de Europa, o los resquicios o grietas abiertos a los castellanos por tribus sometidas durante la conquista de América.

Hay un rasgo fundamental que distingue al Otro Enemigo de la mera rebelión o la simple lucha por el poder, que ocurren a menudo al final de una guerra perdida. Ese rasgo característico es la traición. La lucha por el poder sin duda es algo legítimo, porque se lleva a cabo en el interior mismo del estado nacional sin incurrir en la alianza con ninguna fuerza foránea o, si ese fuere el caso, no sería traición tampoco, porque las intenciones sediciosas de los rebeldes han estado expuestas, como quien muestra las cartas. El Otro Enemigo, en cambio, opera en la sombra, y para salvaguardar sus propios intereses pasa por encima de aquello que el resto de la sociedad (aunque estén entre ellos en permanente conflicto) considera como sagrado, como la esencia identificatoria en cuyo marco natural deben tener lugar todas las luchas políticas, sociales y económicas: la nación.

Y sin embargo, en todas las sociedades humanas, ¿cuál es ese sector cuyos intereses están por encima de los del Estado, de la sociedad, de la nación al fin y al cabo?: pues los ricos.

Designándose como multinacionales, los ricos, en la actualidad, se han desligado de las obligaciones morales de antaño, y en cambio corren por su propia cuenta. A pesar de sus discursos patrióticos –e incluso nacionalistas- sólo se ligan al poder político en la medida en que pueden ponerlo a su servicio, y la política ultraliberal de las privatizaciones no es más que un intento de controlar las grandes empresas (armas, energía, finanzas, comunicaciones y otras) para poder liberarlas de la tutela social que suponen las empresas nacionales, y deslocalizarlas o venderlas a la competencia cuando los resultados del sufragio llevan al gobierno a quienes encarnan una corriente política que se vislumbra adversa.

En los países del primer mundo, el Estado y los ricos se identifican, y podría ponerse como caso límite ciertos países de Europa, donde los poderosos directamente deciden aliarse con los competidores directos, tanto para saquear los recursos como para expoliar el planeta.

En Bolivia tenemos, también, nuestro ejemplo doméstico: los reclamos de los comités cívicos (que a esta altura cabría llamar comités cínicos). En efecto: ¿Cómo es posible que ciento cincuenta “notables”, amparados en una abstracción abusiva –que encima, crearon ellos mismos- decidan en nombre de todo un Departamento?. Por otra parte, ¿representan esas decisiones a las del Departamento o a las de su clase dirigente?.

Los ricos del último siglo ya no son, desde luego, aquellos que gracias a su trabajo o el de su familia o alguna otra fuente legal, han sido capaces de amasar cierta fortuna (profesionales, empresarios, comerciantes) que se desdibujan en un archipiélago de actividades y de empresas envueltas en una opacidad casi intangible.

Ese magma concentrado cuyo crecimiento imperativo es una verdadera máquina de guerra económica y social, casi inimaginable para el hombre común, determina sin embargo en los más variados puntos del planeta la existencia cotidiana de ese hombre común, su bienestar o su sufrimiento, su nacimiento o su muerte.

Tanta riqueza irrazonable es la encarnación de lo que los griegos llamaban “hibris”, es decir la desmesura, el conflicto, la desarmonía que conduce a la “tragedia”. Es lo que pone en peligro no sólo a quienes, decididos, se arriesgan por combatirla, sino incluso a los que contribuyeron a crearla, a sus aliados, a sus amigos, al planeta entero.

Y si un día de estos, en la próxima guerra de las galaxias, el enemigo venido del espacio se dispusiese a invadirnos, una vez más se verificaría al Otro Enemigo: trataría de perpetuar el delirio planificado de su supremacía, reconociéndose, como en un espejo, en la mueca odiosa de lo inhumano, y le abriría la puerta al invasor externo.

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