noviembre 25, 2020

Sobre el mito de los 80, según el cine

por: Franco Sampietro

Últimamente se ha vuelto un lugar común la opinión de que los años 80´del siglo XX hicieron al mundo tal cual lo conocemos hoy. ¿Es eso cierto?, ¿en qué sentido “lo hicieron”?, más aún: ¿existieron realmente los 80`?.

La primera respuesta, sin duda afirmativa, nos muestra que en los 80`nació el neoliberalismo, y que ser neoliberal —según el cine— es básicamente ser joven y serio como oposición a unos viejos alocados, ingenuos y hippies.

Visto con amplitud, ese paso podría ser definido en una línea de una película de 1.986: Todo en un día, de John Hughes (por cierto, uno de los mejores narradores del cine joven de todos los tiempos y notorio republicano); allí su protagonista expone: “Hoy tengo un examen. Trata del socialismo europeo (…). ¿A quién le importa si son socialistas?. Podrían ser fascistas o anarquistas y yo seguiría sin tener coche”.

En ese diálogo se resume el cambio. Y tomo el cine como ejemplo emblemático dado que por esos años fueron los últimos en que aún podía creerse en el cine como cúspide de la industria mediática. En verdad, ya por entonces estaba infectado de una pandemia nefanda, lleno de anticuerpos de Dolby Sorround que hacían que nuestras dictaduras parecieran ocurrir en otra galaxia. El imperio contraataca (1.980), en esta línea, era pura cultura de transición, y si el célebre crítico Peter Biskind identificaba a Darth Vader con Kissinger, a los rebeldes con el Vietcong y a Yoda con Ho-Chi-Ming, en Bolivia teníamos a nuestra propia constelación no menos truculenta.

En verdad, cualquier lectura cabe en la saga de George Lucas (un texto “que puede ser todo para todos”: Borges dixit), porque más que cine era un papel de bombones vacío que sabía a pastiche. Un cine que tomaba elementos de la telenovela, de la serie de historias espaciales que urdió Isaac Asimov y que llamó Fundación (y que sacó, a su vez, del esquema sobre el imperio romano del historiador Edward Gibbon) y del western clásico, en un ensamble sin una gota de humor y muchísimo menos crítica, cuyo mérito es haber conseguido que volviéramos a creer en el cine como niños. Algo así como una infancia recobrada después de que Hollywood se hubiera vuelto cínico con filmes como El padrino, Easy Rider Malas calles.

Eso, sin embargo, no es más que melancolía barata, porque la verdad es que en los 80`Hollywood se volvió idiotamente teenager y descubrió que utilizando las mismas historias y herramientas de marketing del cine adolescente de los años 50` (el de “la época de oro”) podía rescatar a la industria del fiasco económico. El mismo Woody Allen dijo una vez que desde los 80` las películas de Hollywood se dirigen a un público de 14 años de edad promedio, aunque sean para adultos.

Con Spielberg y Lucas se inician los seriales de aventuras de arqueólogos, las historias de marcianitos serie D y su modo de venderlas saturando las pantallas (Tiburón, por ejemplo, se estrenó en 400 cines: un hito para la época) se convirtió en el canon comercial sobre cómo hacer cine y cómo reducir todo a una platea que aúlla como adolescentes.

Ahora bien, ¿de qué jóvenes hablamos cuando hablamos de jóvenes ochenteros?. En los Iunaited de los 80`ocurrió un fenómeno social y generacional que marcó profundamente la imagen del neoliberalismo como rebelión juvenil: los padres, que habían vivido cronológicamente las revoluciones de los 60`, eran mucho más progresistas que sus hijos, convertidos en íconos mediáticos de la era Reagan. Como el personaje de Michael Fox de la serie Enredos de familia, ser neoliberal —ser políticamente correcto— se convirtió en ser joven y serio frente a unos padres irresponsables, ilusos y hasta fumones. Y esa figura del joven adulterado (por adulto), blanco, justo y asexual apareció ejemplificada en los grandes tipos del cine como Indiana Jones, Luke Skywalker o el propio Reagan, y cuyo máximo arquetipo (se me ocurre) es el personaje que interpreta (y que no dejará de interpretar nunca) Tom Cruise en la mimada Top Gun: esa apoteosis de relación carnal entre la industria militar y la industria del entretenimiento gringo.

Ese modelo, cabe aclarar, fue más o menos reformulado (aunque sin cambiar en esencia) en películas que explosionaron hacia 1.988, como Big, De tal palo tal astilla Viceversa, que harían referencia al auge de la generación yuppie intercambiando un poco ciertos tropos del cuerpo y de la edad, al tiempo que en el mundo empresarial real se revolucionaban los lugares de trabajo contratando, por una cuestión de imagen, en puestos de jerarquía a gente cada vez más joven. Se articularon, así, grandes relatos totalizadores de jóvenes (y no tanto) neoliberales, como en Risky bussineso o Amanecer rojo.

Desde el punto de vista artístico, sin duda los 80` renovaron el séptimo arte tomando elementos tanto narrativos (el pastiche de ciencia ficción juvenil) como de marketing (saturación de salas) del cine adolescente de los cincuenta, pero con distintos presupuestos.

Desde el punto de vista político, se desarmó la cultura contestataria de los 60`para infantilizar a unos espectadores/votantes (que paradójicamente, se presentaban como serios) hasta el punto de que —podríamos aventurar— Reagan fue la conclusión política de la cultura juvenil creada por Spielberg y Lucas.

Desde el punto de vista actual, la oleada de nostalgia ochentera es problemática porque sugiere hablarnos de una época mítica donde el capitalismo parecía funcionar y donde el futuro brillaba como una nave espacial colgada de hilos invisibles.

Desde el punto de vista real, los 80`fueron algo así como un cálido y largo verano neoliberal, donde ET, Los Gooniesy Regreso al futuro ocultaban a los verdaderos monstruos de la época: los espectros de Reagan, Thatcher y sus socios latinoamericanos, que nos dejaban salir a jugar a ser un grupo paramilitar armado: Brigada A, o una iniciativa ultra tecnológica plausible de garantizar la seguridad: El auto fantástico. Esto fue lo que nos dejaron los idolatrados 80`.

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