diciembre 2, 2020

La izquierda a 25 años de la caída del Muro de Berlín

En 1989, en medio de un descontento social con una forma concreta de materialización del socialismo y una hábil estrategia de desestabilización impulsada por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría, se produjo el derrumbe del Muro de Berlín como antesala del desmoronamiento del socialismo en Europa del Este. ¿Cómo se encuentra la izquierda a veinticinco años de ese acontecimiento universal?

Una mirada de la geografía política de América Latina veinticinco años después del derrumbe del bloque socialista europeo permite identificar a tres tipos de fuerza social y política, sus puntos de encuentro y las formas de su despliegue en la lucha contra el capitalismo, en una coyuntura mundial particularmente compleja caracterizada por la crisis multidimensional del capitalismo como fenómeno planetario.

Esta mirada permite evidenciar que América Latina es el “pequeño lugar del mundo” –como le diría Marx a Engels a propósito de las revoluciones europeas-, donde están ocurriendo muchas cosas. Una irrupción “no convencional” en la escena política de movimientos sociales, particularmente indígenas y de ciudadanos, bajo el liderazgo de un militar revolucionario, un dirigente campesino y un intelectual, forman parte de revoluciones del siglo XXI que están encontrando en la ampliación de la democracia y la distribución de la riqueza social, sus dos ejes fundamentales.

Pero estas “nuevas formas” de irrupción en la lucha anticapitalista y antiimperialista se articula de manera específica con la izquierda del siglo XX que no ha sucumbido a los cantos de sirena del “fin de la historia”, en medio de un despliegue donde el debate sobre reforma o revolución adquiere un sentido diferente respecto de los siglos XIX y XX.

Izquierda revolucionaria

Una izquierda revolucionaria, particularmente presente de manera predominante en los gobiernos y Estados miembros del ALBATCP. Estamos hablando de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.

El común denominador de este grupo de la izquierda revolucionaria es que desde sus Estados, gobiernos y partidos/movimientos político-sociales apuestan por actualizar el socialismo, en el caso de Cuba, y de construir un orden posliberal no capitalista, en los otros, ya se llame Socialismo del Siglo XXI en Venezuela, Socialismo Comunitario o Vivir Bien en Bolivia, Buen Vivir en Ecuador y Socialismo Humanista en Nicaragua. A este bloque obviamente hay que sumar al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador que llega al gobierno con Mauricio Funes en junio de 2009 y continúa desde enero con Salvador Sánchez Cerén (Cmte. Leonel).

Los orígenes de esta izquierda son distintos. En tres de ellas (Cuba, Nicaragua y El Salvador) se encuentran en la segunda mitad del siglo XX, al influjo del camino de esperanza abierto por el triunfo de la Revolución Rusa de 1917 y el desarrollo de la primera experiencia socialista. En los casos de Bolivia, Venezuela y Ecuador están en la década de los noventa del mismo siglo, aunque adquieren su verdadero “sentido histórico” al comenzar el siglo XXI, inaugurando –a manera de parafrasear a Alejo Carpentier– un siglo de luces, en medio de la penumbra sembrada por el dominio del capital.

A esta izquierda es que hay que “echarle la culpa” de haber sacado de entre los escombros la vigencia de la palabra revolución, claro está, siempre reconceptualizada en directa correspondencia con las condiciones objetivas y subjetivas de cada momento. Las revoluciones rara vez comienzan como tales. [1] Son creaciones heroicas de los pueblos y de sus líderes que la mayor parte de las veces superan los planes estratégicos. No hay felizmente recetas de ninguna naturaleza y las revoluciones, miradas como procesos y no como actos, siempre imponen desafíos que, para ser encarados exitosamente, demandan de los pueblos y las fuerzas políticas y sociales una necesaria duplicación de esfuerzos.

Salvo Cuba, donde la revolución social se encuentra –con sus ideas y vueltas– en un proceso de actualización desde 2010 –aunque habrá que decir en rigor que su renovación [2] ha sido permanente desde aquel histórico triunfo en 1959–, en el resto de los países al mando de la izquierda revolucionaria se ha producido un desplazamiento de los viejos bloques en el poder por otros y se colocan todavía en el plano de revoluciones políticas, restando mucho por recorrer para ser catalogadas como revoluciones sociales propiamente dichas.

Dentro de este primer bloque de las fuerzas de izquierda en la región, como ya se ha señalado, también figuran aquellas fuerzas que no han llegado a la categoría de gobiernos y que desarrollan, por tanto, distintas modalidades de oposición a gobiernos de derecha. El ejemplo más destacado de este subgrupo lo representa la insurgencia armada colombiana de las FARC-EP y el ELN, cuyas causas estructurales que explican su aparición hace décadas no han sido resueltas y que apuestan ahora, a manera de ponerse a tono con la emergencia de un movimiento social pro constituyente, a una salida política negociada al conflicto armado.

La izquierda reformista

Una izquierda reformista, constituida por los partidos en función de gobiernos en Brasil, Argentina y Uruguay. El que se lleva la flor es obviamente el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, que tampoco es algo homogéneo. En Uruguay también encontramos dentro del Frente Amplio (FA) a partidos y movimientos más de izquierda, aunque determinados a comportarse en la línea de la reforma por una serie de factores objetivos y subjetivos propios de la especificidad actual de su país. En Argentina dentro del kirchnerismo hay corrientes de izquierda muy importantes, todas ellas empero bajo el paraguas del peronismo.

Pero la izquierda reformista también está fuera del gobierno. De todas ellas, destacan las organizaciones políticas mexicanas: el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Partido del Trabajo (PT), que no terminan de quebrar el sistema político hegemonizado durante décadas por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y después por el Partido Acción Nacional (PAN), en lo que parece ser una hegemonía neoliberal canalizada por ambas fuerzas. En 2006, un vergonzoso fraude electoral le arrebató a Andrés Manuel López Obrador –el líder más visible de esta parte de la izquierda mexicana– la presidencia de la república.

Esta izquierda partidaria de la reforma, como habla una larga tradición latinoamericanista y mundial, no es homogénea, pues si bien comparten la idea de la gradualidad, hay partidos que sustentan a los gobiernos progresistas que reivindican el horizonte socialista, aunque también hay de los que piensan en un “capitalismo serio” y “más humano”. Entre los que no reniegan del socialismo, pero apuestan a llegar a esa meta mediante una serie de acercamientos sucesivos –lo cual ya plantea una concepción de la historia bastante lineal–, pesa mucho en la formulación de su estrategia y táctica concretas la certeza de que las reformas adoptadas desde el poder político del Estado pueden conducir, sin traumas de ningún tipo, a superar el orden capitalista.

Esta es una izquierda “posibilista”, [3] que se mueve entre reivindicar algunos ejes del socialismo y otros de un nacionalismo revolucionario que continúa aspirando a materializar el mito del desarrollo, sin proponerse romper con las estructuras que hacen ese “todo” capitalista. También están los reformistas, los que no reniegan del capitalismo, pero lo quieren más humano y serio –lo cual ya es otro problema de concepción-, entre los que prevalece mucho el sueño de construir Estados-nación cohesionados y un capitalismo latinoamericano –con el liderazgo de las burguesías nacionales, no todas, de unos cuantos de esos países–, capaz de tomar decisiones autónomas respecto del centro imperial.

Pero, a diferencia del siglo XX, en la actualidad existe cierta aproximación entre la izquierda revolucionaria y la izquierda reformista. Hay momentos en que la línea de separación entre ambas vertientes es tan tenue que los esfuerzos por diferenciarlos se caen abajo. Es decir, en momentos como los de ahora, con una burguesía imperial que se atribuye el derecho de fijarle el destino a todo el mundo, es posible encontrar más coincidencia entre los reformistas que discursivamente no niegan el socialismo y la izquierda revolucionaria que lo reivindica abiertamente. Al preguntarse qué entender por gobiernos de izquierda y progresistas en la América Latina del siglo XXI, Roberto Regalado lo plantea de la siguiente manera:

“Los denominados gobiernos de izquierda y progresistas electos en América Latina desde finales de la década de 1990, son en realidad gobiernos de coalición en los que participan fuerzas políticas de izquierda, centroizquierda, centro e incluso de centroderecha. En algunos, la izquierda es el elemento aglutinador de la coalición y en otros ocupa una posición secundaria. Cada uno tiene características particulares, pero es posible ubicar a los más emblemáticos en dos grupos, y hacer referencias a los casos que no encajan en alguno de ellos. Estos grupos son: 1) gobiernos electos por el quiebre o debilitamiento extremo de la institucionalidad democrático neoliberal, como ocurrió en Venezuela, Bolivia y Ecuador; y, 2) gobiernos electos por acumulación política y adaptación a la gobernabilidad democrática, definición aplicable a Brasil y Uruguay. Además, están los casos singulares de Nicaragua, El Salvador, Paraguay, Argentina y Perú”. [4]

La vieja y nueva ultraizquierda

La vieja y la nueva ultraizquierda, que como ya hemos señalado, abona con su concepción idealista el terreno para el despliegue de las fuerzas de derecha, incluido obviamente al imperialismo. De la vieja ultraizquierda ya es conocida su experiencia y sobre todo la aplicación mecánica del marxismo, al cual lo han convertido en Biblia. Es esa izquierda que, por citar un solo ejemplo, tiene una concepción economicista y reduccionista del proceso de formación de las clases sociales, lo que le ha llevado a uno cierto tratamiento colonial de los pueblos y las naciones originarias.

En la nueva ultraizquierda quizá es posible identificar dos tipos de corrientes: los autonomistas más radicales y los esencialistas medioambientalistas. Las primeras son bastante hipercríticas con los gobiernos de izquierda y progresistas de América Latina por no acelerar la desaparición del Estado. Los segundos cuestionan todo tipo de proyectos de industrialización y niegan la existencia de las clases sociales independientemente de la voluntad de los sujetos; es una izquierda radicalmente medioambientalista. Ambas corrientes terminan coincidiendo en su férrea oposición a gobiernos como los de Evo Morales y Rafael Correa, y favoreciendo, sin pretenderlo, la estrategia de desgaste que el imperio ha puesto en marcha. En ambas la acusación del surgimiento de un ”neoextractivismo progresista” es el principal eje discursivo.

Algunos puntos de encuentro

Un punto de encuentro entre las fuerzas revolucionarias y las partidarias de la reforma social progresista, es la apuesta por una democracia mayor de la que ha conquistado el continente después de cerca de 25 años de dictaduras militares, de democracias restringidas y de la aplicación de la estrategia de la gobernabilidad democrática, todas impulsadas por los Estados Unidos. [5] Es conocido que ante el desgaste de las dictaduras militares de “seguridad nacional”, el imperialismo puso en marcha, a partir de la administración Carter (19771981) un repliegue ordenado de los militares a los cuarteles, a la par del ejercicio de democracias controladas altamente compatibles con sus intereses estratégico en la región. También es conocido que a partir de Bush se viene ejecutando la estrategia de la gobernabilidad democrática en la que se registraron, por más de una década, alternancias dentro del mismo proyecto de dominación imperial.

Tanto desde la izquierda revolucionaria, que en el pasado muchas veces absolutizó el uso de la violencia como único método de transformación –confundiendo las vías con el objetivo–, como desde la izquierda reformista, que históricamente minimizó el papel de la movilización social a favor de las negociaciones cupulares, se ha ido aportando, en la teoría y la práctica, a una concepción de la democracia superadora de los estrechos límites liberales. La democracia, por tanto, se convirtió en un espacio de disputa de proyectos antagónicos, [6] entre la gama de izquierdas anteriormente señalada y las fuerzas de derecha, con el añadido que las segundas se han visto cada vez más tentadas de retornar al uso de la violencia cuanto más las primeras han ido conquistando posiciones. Ese es el caso de lo que ha sucedido con el fallido golpe de Estado contra Chávez, en 2002, los planes desestabilizadores contra Evo Morales, en 2008, el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras, en junio de 2009, y el intento de derrocamiento de Correa en Ecuador, en 2010.

Este uso contrahegemónico de la democracia, [7] que ayer fue un instrumento de desideologización y desorganización del pueblo, le ha permitido a las fuerzas de izquierda –revolucionarias y reformistas– enfrentar exitosamente batallas electorales y ganar el gobierno con una perspectiva distinta a la pensada por los ideólogos del imperialismo. Es decir, la apuesta de incorporar a la izquierda en la carrera electoral como forma de domesticación ha funcionado parcialmente en la década de 1990, por la vía de la “captación” de una buena cantidad de partidos e intelectuales de la izquierda reformista, muchos de ellos bastante próximos a la socialdemocracia europea, ya que se encuentra en proceso de negación desde principios del siglo XXI por la fuerza y la direccionalidad distinta que le ha dado la izquierda revolucionaria a su participación en la lucha electoral.

Otro punto de encuentro es la integración de América Latina y el Caribe por encima e independientemente del corte político-ideológico de los Estados, gobiernos y las fuerzas políticas. En esta confluencia hay razones históricas y pragmáticas que tienen que ver con el objetivo de alcanzar una mayor interrelación entre países que juntos cuentan con la mayor reserva de gas natural, agua dulce, biodiversidad y minerales del planeta.

La contradicción entre la apuesta por un orden social radicalmente distinto al impuesto por el capital y el impulso de un capitalismo latinoamericano “serio y humano” pasa por un tiempo, no sabemos cuánto, a un segundo plano frente a la coincidencia general entre las fuerzas sociales y políticas que sustentan ambas perspectivas estratégicas para avanzar hacia una mayor independencia económica y soberanía política [8] frente al imperialismo y el capitalismo central.

Siempre, en el marco de los puntos de encuentro, ambos tipos de izquierda han puesto en marcha, allá donde son gobiernos, programas de redistribución de la riqueza nacional, especialmente expresados en bonos sociales, para atender a los sectores más vulnerables de la población: niños, ancianos, mujeres embarazadas, desempleados y otros. De hecho, dado los efectos negativos provocados por el neoliberalismo en más de dos décadas, no hay partidos y movimientos en funciones de gobierno en América Latina y el Caribe que no haya apelado, desde el primer año de sus mandatos, a estas modalidades de transferencias de recursos a amplios segmentos de la población, con lo cual –según reconocen estudios de las Naciones Unidas y la CEPAL–, han sacado a porcentajes significativos de la población de la extrema pobreza.

A manera de cierre

Para ir finalizando, con este trabajo lo que se ha querido es plantar tres ideas centrales:

1. América Latina atraviesa por su tercer momento emancipador en las condiciones del siglo XXI, mucho más complejas que las de los siglos XIX y XX. A este momento no se hubiera llegado sin la consecuencia estratégica y la habilidad táctica de la Revolución Cubana –que es la cara más visible de la izquierda revolucionaria del siglo anterior– y sin la irrupción de otras fuerzas revolucionarias “no convencionales” en el presente siglo.

A esa izquierda cubana que ha inscrito con entrega y sacrificio su nombre, hay que sumar en su reconocimiento a la gama de movimientos de la década de 1930, aunque solo se propusieran una reforma social progresista –lo que ya era tremendamente revolucionario para ese período de entreguerras– y al FMLN de El Salvador, la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca (URNG), el FSLN de Nicaragua, el Movimiento de la Nueva Joya de Granada, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) de Chile, el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros de Uruguay, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de Argentina y otros que aportaron a las luchas por la liberación nacional y el socialismo.

Esta es una izquierda que priorizó, sobre todo, el método de la resistencia y la lucha armada, por lo tanto con esquemas de organización y de relación con el pueblo adecuados a la vía históricamente determinada por la realidad objetiva. Ni más, ni menos. Que de todos esos intentos solo hubiesen triunfado las revoluciones cubana y nicaragüense –de las dos, la segunda tuvo que resignarse a dejar el poder al perder las elecciones generales diez años después–, no invalida lo que se hizo, ni tampoco oculta los errores estratégicos que se cometieron.

En la izquierda revolucionaria del siglo XXI, que se desarrolla en condiciones más complejas por la fase en la cual está la dominación imperialista, el método privilegiado es la lucha social y política de masas. Le corresponde a los movimientos sociales –no a todos– el mérito de haber “fundido” la lucha social y política en una sola, de construir sus organizaciones políticas desde lo sindical, de incorporar la participación de militantes de la izquierda revolucionaria del siglo XX, de construir un sujeto histórico a la medida de su tiempo (plural) y liderar procesos de cambio.

Las condiciones objetivas y subjetivas en las que se ha movido la izquierda revolucionaria del siglo XX son radicalmente distintas de las que acompañan hoy a la izquierda –revolucionaria y reformista– del siglo XXI. No hay que olvidar que lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones; [9] lo otro es idealismo puro elevado a la categoría de metafísica. Entonces, las diferencias entre una izquierda y otra están determinadas por las realidades distintas en las que se han movido y el denominador común es la lucha por la emancipación.

2. En este tercer momento emancipador de América Latina, que se inicia con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la condición de posibilidad de avanzar hacia el horizonte de la emancipación plena –lo que equivale en la hora presente pasar de la revolución política a la revolución social a través de un complejo y largo proceso de transición–, está en dependencia de la capacidad que tengan las fuerzas radicales para sumar otros esfuerzos y no caer en la tentación de adoptar falsas posturas, idealistas y románticas, que a lo único que pueden ayudar es al desmoronamiento de los cimientos que se están construyendo.

No por siempre decirse se ha actuado en consecuencia. No hay que perder de vista al enemigo principal. El conquistar una mayor autonomía de los Estados –muchos de ellos gobernados por la izquierda reformista– frente a los Estados Unidos es un golpe muy duro para la insaciable sed de dominación del imperialismo más poderoso que la humanidad haya conocido jamás. Y al mismo tiempo, esas reformas, sin una izquierda revolucionaria que sepa halar la pita cuando tenga que hacerlo, tampoco darán el resultado que se espera. Ahí el papel de los movimientos revolucionarios.

Esto no implica asumir el posibilismo del siglo XXI, quizá mucho más negativo que el conocido en el siglo XIX, pues los problemas que enfrentaba la clase obrera en ese momento son de lejos menores de los que enfrenta la humanidad en el siglo XXI. No es inmovilismo sino una permanente creatividad, en medio de una revolución ininterrumpida, que tenga en cuenta el grado de maduración de las condiciones objetivas y subjetivas para preparar cada salto que se pretenda dar en esta larga lucha.

3. La izquierda, revolucionaria y reformista, a 20 años del derrumbe de la URSS y el bloque socialista en Europa, está en condiciones favorables para la disputa por la hegemonía, en parte porque se “latinoamericanizó” el pensamiento emancipador. Y esto se lo hizo recogiendo el mejor aporte de los clásicos del marxismo y de muchos de sus consecuentes seguidores, pero también sacando del fondo de los baúles las grandes contribuciones de pensadores y luchadores latinoamericanos como Bolívar, Martí, Mariátegui, el Che Guevara y otros, además de recibir con humildad las enseñanzas de Fidel Castro.

La izquierda en América Latina está mejor. No tiene casi nada que esperar de sus pares de Europa. Lo que está peor es cada vez el mundo, con un imperialismo que representa una verdadera amenaza para la humanidad y el planeta.


1 El politólogo argentino Atilio Borón sostiene que las revoluciones y las luchas por el socialismo en el siglo XXI no serán la excepción a esa regla. Atilio Borón: El socialismo del siglo XXI ¿hay alternativa después del neoliberalismo?, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2008, p. 137.

2 La Revolución Cubana muchas veces ha copiado y copiado mal, como reconociera Fidel Castro en una intervención ante estudiantes en la Universidad de La Habana en 2005. Pero, hay que decir que se ha reinventado en la más de las veces, lo que le ha permitido sobrevivir a los planes del imperialismo.

3 Los posibilistas, cuyos orígenes están en Francia en la segunda parte del siglo XIX, eran partidarios de utilizar los mecanismos y espacios que brindaba la democracia burguesa para obtener mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Para mayor información sobre los orígenes del posibilismo, véase a G. D. H. Cole: Historia del pensamiento socialista II: marxismo y anarquismo (1850-1890), Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1986, pp. 305, 397-398 y 410-411. Véase también a G. D. H. Cole: Historia del pensamiento socialista III: la Segunda Internacional (1889-1914), Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1986, pp. 18-24, 48 y 304-308.

4 Roberto Regalado: La izquierda Latinoamericana en el gobierno: ¿alternativa o reciclaje?, ob. cit., p. 192.

5 Para obtener información la gobernabilidad y la gobernabilidad democrática, véase a Roberto: América Latina entre siglos: dominación, crisis, lucha social y alternativas políticas de la izquierda, ob. cit., pp. 65-74 y 230-233.

6 “La democracia liberal está hoy vigente en casi todo el continente y es en su seno que las fuerzas del socialismo y las fuerzas del fascismo se enfrentan”. Boaventura de Sousa Santos: Refundación del Estado en América Latina, Plural Editores, La Paz, 2010, p. 57.

7 Esto “es el uso contrahegemónico de instrumentos políticos hegemónicos como son la democracia representativa, los derechos humanos y el constitucionalismo” para fines distintos a los concebidos por las fuerzas del capitalismo. Ibídem: p. 59.

8 Le correspondió decir al Che que no se puede ser independiente frente al imperialismo si también no se cuenta con soberanía económica, aunque a diferencia de lo que piensa el reformismo eso solo es posible con el socialismo. Ernesto Che Guevara: Che Guevara presente, una antología mínima: independencia política y soberanía económica, Ocean Press, Melbourne, 2005.

9 Carlos Marx: Elementos Fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, el método de la economía política, Siglo XXI Editores, México D.F., 1971, t.1, p. 21.

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