diciembre 2, 2020

El Sujeto histórico en la fase de la irradiación hegemónica

por: Raúl García

En el ámbito político es el discurso desplegado desde la impronta indígena antiimperialista que ha podido constituirse en liderazgo moral, en el proyecto nacional popular que no sólo es la reivindicación histórica de los sujetos revolucionarios de base indígena, sino que reconstituyéndose con la forma “clase” es capaz de incorporar a todo el espectro de lo nacional, dándole una impronta anti-imperial.

Los resultados electorales de octubre, en tanto momento manifiesto de lo social explicitado, exige y posibilita intentos de aprehensión de la realidad y lecturas de su despliegue.

Muy pocos dudan del carácter hegemónico del nuevo horizonte de época desde la impronta del mundo indígena que desde un Estado fuerte amplia el bien común, reapropia una identidad desde su dignificación y soberanía anti-imperialista. Un proceso que desde lo nacional popular constituye el tiempo actual.

Ahora bien, el debate está en cómo se comprende cada uno de los términos y no sólo desde su base conceptual sino principalmente desde un posicionamiento político que hace manifiesto su apego al proceso o su enfrentamiento a él.

El carácter hegemónico del horizonte de época se está debatiendo últimamente y se coincide más o menos en ello; la discusión no versa en si existe o no, sino en qué se está entendiendo por ello. Muchos asumen la hegemonía como la capacidad de “incorporar al oponente” a la dirección política, cultural e ideológica dirigente; sin poder desembarazarse de la forma de entender la condición de “incorporar”, van a entender por ésta las “alianzas” de grupos e intereses de poder que se adicionaban en la conformación de los esquemas de gobernabilidad de los gobiernos neoliberales. Es así que se desgarran las vestiduras cuando ven o leen que sectores antes opuestos al proceso de cambio ahora juran lealtad, conformidad o no oposición. Vociferan traición, traición… el oponente se rindió, eso sólo puede ser traición.

El carácter hegemónico no es la adhesión aritmética de intereses o grupos de poder político o económico, eso es la construcción de mayorías con base en mezquinas minorías que rondaban el 25%, ello ya se acabó. La realidad actual se despliega desde mayorías históricas que son capaces de construir un horizonte nacional-popular postulando un proyecto que deviene en universal, pues incorpora los proyectos de los demás sectores sociales como parte de ese su proyecto.

No es una suma aritmética de intereses, es una ecuación cuadrática que expresa todos los intereses nacionales desde la égida de lo nacional-popular. Esta aquí el fundamento de lo que se debate en la comprensión hegemónica de lo que expresa la estructura del proceso electoral. No es la suma algebraica de votos en llanos, valles y altiplano; es ante todo el esquema discursivo en disputa, el carácter unicéntrico del horizonte de época que barre del horizonte político el pasado neoliberal y muestra huérfana a la oposición de una propuesta política alternativa.

Ahora bien, esta propuesta nacional-popular que constituye el horizonte de época está fundada y mantiene las notas constitutivas del momento de disponibilidad del primer quinquenio del siglo XXI. Allí radica el debate más interesante: ¿cuáles son las notas de identificación de los actores sociales que marcan la impronta de la época?, ¿desde qué horizonte político-social se teje el devenir buscado y deseado? Sin duda que aquí se tiene diferencias políticas, teóricas y conceptuales que demarcan los posicionamientos.

Todos aceptan la impronta indígena de la época, ello es parte del horizonte de época, el asunto es qué se entiende por lo “Indígena”. Sin duda que existen varios matices, pero para lo que nos atinge vamos a dividir en dos grandes grupos: los que leen lo indígena desde Asunción y los que lo leen desde Potosí.

La colonia española se desplegó en esta parte del continente en busca de expropiación de trabajo vivo sobre culturas y pueblos laboriosos que con creces superaron las sociedades de escasez y eran capaces de producir mucho más de lo necesario para reproducirse; en su condición de pueblo vencedor, España impuso una categoría tributaria (expropiación de trabajo vivo) a la que llamó “Indio”, los indios tributan a la corona. La imagen más patética de ello es el cerro rico de Potosí, miles de cadáveres en sus faldas y carabelas cursando en océano con toneladas de oro, plata, alimentos y textiles como objetivación de millones de horas hombre. Por otro lado se tiene la acción civilizatoria del Vaticano y la Corona en el despliegue de las misiones jesuíticas y luego franciscanas desde Asunción a las zonas llanas de la Colonia, una de esas expresiones civilizatorias son los templos jesuíticos y la destreza musical en tierras bajas.

No cabe la menor duda que estamos hablando de cuando menos dos condiciones políticas, económicas, ideológicas y culturales de lo indígena y, por lo tanto, de posicionamientos políticos-ideológicos diferenciados en la comprensión de la reivindicación de lo “indígena” como sino de la época. Y sin duda que el conflicto del TIPNIS fue el punto entrópico de esta diferenciación.

Quienes vienen desde el trabajo ongeista en tierras bajas y con ello desde una lectura posmoderna y verde primermundista pretenden encontrar en las prácticas sociales y culturales étnico-nacionales los esquemas de preservación de los bosques en el hemisferio sur para que el hemisferio norte mantenga sus niveles de consumo de energía, que es la condición de su desarrollo y bienestar.

La otra comprensión de lo indígena está soportada en el mundo andino y trabaja desde dos vertientes, una de base katarista en la contradicción T’ara / Q’ara fundada en los procesos discriminatorios de una condición culi-blancoide colonial que se consideraba étnicamente superior y un mundo indígena irreductible que se soporta en los dos grandes tiempos de autoconciencia indígena, Katari y Willka, la construcción de “lo indígena” y el primer “auto gobierno indígena”; y otra comprensión desde la reflexión filosófica de la comprensión del mundo.

Desde allá derivan comprensiones diametralmente opuestas de lo que se entenderá por el que hacer del proceso y lo que podría entenderse como revolucionario. Desde lo Verde Ongeista, el proceso y la revolución están guiados por una compresión contemplativa de la naturaleza, de allí que la acción estatal debe desplegarse en esquemas fisiócratas y polpotianos de desarrollo; se podría afirmar que el parangón a alcanzar son las colonias menonitas. Desde esta concepción, las propuestas 2025, los esquemas industrializadores de las materias primas (cemento, urea, polímeros, hidrometalurgia del zinc, etc.) son aberraciones desarrollistas reaccionarias contrapuestas a la lógica indígena. Entonces, el proceso de cambio se derechizó, abandonó la matriz indígena, pacto con el diablo y la derecha, sólo trabaja la gestión en abandono de la política, etc.

Es evidente que en este escenario de disputa discursiva se disputa la simiente indígena del proceso y con ello el horizonte de lo que deberá entenderse como revolucionario. Para unos, la data inicial del proceso está en la marcha indígena del 90, por lo tanto, son los discursos de estos actores, ampliamente apoyados por las poblaciones a lo largo de su caminata y en su llegada, donde debe leerse las notas revolucionarias que marcan la época y el “correcto” devenir del proceso.

Los otros la leen en la crisis de Estado de inicios de siglo XXI, crisis del estado neoliberal y del estado colonial; sin duda que son los discursos y las acciones de miles de indígenas andinos movilizados bloqueando carreteras, cercando la ciudad de La Paz, negociando con las estructuras culiblancas del poder y construyendo un discurso programático consistente en acabar con la forma Kapital de la etnicidad q’ara, inversión del noseamiento indígena, nacionalización de los hidrocarburos, industrialización de las materias primas, acceso universal de los servicios básicos como agua, gas, electricidad, etc., universalización al acceso de los desarrollos tecnológicos de la humanidad (informática, telecomunicaciones, todas las doras, televisores, carros, etc.). Un mundo indígena que politiza sus notas étnicas y reclama el derecho a gozar en igualdad el acceso a todos los bienes que el saber humano ha desplegado.

He aquí la discrepancia que sirve como sustrato de la disputa discursiva, mas no de la política, pues en el ámbito político es el discurso desplegado desde esta ultima concepción la que ha podido constituirse en el liderazgo moral, en el proyecto nacional popular que no sólo es la reivindicación histórica de los sujetos revolucionarios de base indígena, sino que reconstituyéndose con la forma “clase” es capaz de incorporar a todo el espectro de lo nacional, dándole una impronta anti-imperial.

Eso es la propuesta 2014 que, bajo el mandato caudillista del primer Presidente Indígena, ganó las elecciones por más del 60%, conformando más de 2/3 de la Asamblea Legislativa, y que propone multiplicar por 2 o 3 nuestra área agrícola, multiplicar por 4 o 5 nuestra producción agrícola, lograr un PIB de 700.000 MM de Bs., lograr exportaciones por un valor de 250.000 MM Bs., lograr 500.000 hectáreas agrícolas bajo riego en el altiplano, alcanzar rangos de inequidad similar a los uruguayos, acabar con la extrema pobreza, reducir al 10% la pobreza media, ser productores de tecnología, etc., etc.

Y todo esto sólo puede desplegarse desde la fusión programática de la “clase” con base “indígena”. Lo Indígena como condición dignificante de una identidad nacional popular anti-imperialista que postula el socialismo desde la “clase” como superación del Kapital en su propia contradicción.

En esa ruta, sin duda que la elección del compañero Rolando Borda en la gobernación de Santa Cruz se constituirá como el catalizador del proceso acelerado de acumulación en el seno de la masa proletaria nacional.

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