noviembre 28, 2020

La ciudad capitalista como “no espacio”, destructora de lo público, de derechos, ciudadanía y sociabilidad

Actualmente el hombre “existe” para consumir: consumo, luego existo. Considero que el verdadero debate de fondo no es cómo ni desde donde se construye ciudadanía en los tiempos de cambio en Bolivia, sino más bien cómo y desde donde se gestiona la vida en los tiempos de cambio, en oposición al Zombi Politikon del que hablaba Farit y las ciudades zombi o las ciudades simulacro / ciudades cárcel que desarrolla críticamente Mike Davis.

¿Desde donde se construye la ciudadanía en los tiempos de cambio en Bolivia? ¿Cuáles son los espacios de convivencia y reproducción de sociabilidad en el siglo XXI? ¿Cómo y con qué finalidad se articulan los espacios urbanos en la actualidad? ¿Cuál es la genealogía y evolución de la “ciudad”, que culmina en la ciudad capitalista que deviene en “no espacio” o ciudad zombi, montada no para el ser humano sino para la producción, distribución y consumo? 

Éstas son algunas de las interrogantes que alientan la presente reflexión, buscando vincular dos ejes transversales: la “ciudad” como espacio físico, escenario o topología para los asentamientos humanos y (por otro lado) las relaciones o lazos de convivencia, sociabilidad, expresados como derechos y ciudadanía de dichos conglomerados humanos. Intentaremos articular una brevísima genealogía de la forma organización “ciudad” (desde criterios históricos, espaciales y territoriales) vinculando las diversas visiones culturales y económicas de dichas concentraciones humanas, para rastrear la evolución paralela de la ciudadanía y plantearnos el desafío de ubicar desde donde y cómo se construye la ciudadanía en los tiempos de cambio en Bolivia. 

Simultáneamente recupero la categoría “zombi” (por su capacidad simbólica y explicativa) analizada por Farit Rojas en un pasado articulo para La Época [1], en la cual sostenía que el zombi —…aquel ser carente de conciencia de sí, que no sigue su propia voluntad, abandona su comunidad, tiene un cerebro devorado, que se encuentra muerto en vida. El término representa la enajenación absoluta—. actualmente constituye una forma de representación y articulación política particular perteneciente a esta última etapa de mutación del capitalismo: el zombi politikon. Como decía, recupero y dialogo con la categoría zombi para trabajarla desde la perspectiva de los espacios o escenarios en donde se encuentran los zombis: las ciudades capitalistas. Dichas ciudades capitalistas – al contrario del sistema de creencias hegemónico predominante – no crean, amplían o reproducen derechos, ciudadanía y sociabilidad, sino al contrario, destruyen en perspectiva histórica el espacio público, además de la capacidad de (auto)reflexión, conciencia, voluntad, comunidad y – en definitiva – se elimina la reproducción de la vida, al unir el comercio con la cárcel. Las ciudades capitalistas zombis se constituyen en los “no espacios” en esencia y los soportes físicos del sometimiento del ser humano a la producción y consumo. 

Genealogía comparativa, concepciones e inflexiones en la evolución de la “ciudad”, como espacio de reproducción humana 

El fenómeno histórico de la “ciudad” encierra dos dimensiones constitutivas que articulan su evolución a lo largo de la historia: la dimensión material, compuesta por el espacio, la territorialidad, los usos del suelo, la pavimentación, el cierre amurallado, la hidráulica, los equipamientos y el control de suministros, así como la dimensión intangible,compuesta por las relaciones sociales, los patrones de convivencia, las visiones utópicas – filosóficas de la ciudad y los procesos socio políticos, culturales y económicos desencadenados. Por lo anterior, un criterio simple para articular una breve genealogía comparativa del fenómeno de la ciudad como espacio de reproducción humana, consiste en relacionar la etapa o época histórica de aparición y auge de la misma, con la cultura en la que éstas se han desarrollado, distinguiendo una clasificación diversa para identificar las características de cada una, las concepciones o visiones cosmológicas – filosóficas – culturales e históricas a la que pertenecen y de esta manera identificar las inflexiones o puntos de quiebre en la evolución de la “ciudad”. Lo antepuesto para construir un soporte físico o contexto sobre el cual reflexionar el devenir de la ciudadanía en los tiempos de cambio en Bolivia y su relación con el Vivir Bien. 

La ciudad antigua 

Según diversas fuentes consultadas, las ciudades del mundo antiguo obedecían a una concepción simbólica del espacio, propio del pensamiento mágico, esotérico y religioso de la civilización en cuestión. El ordenamiento del espacio debía ser coherente y reproducir la cosmogonía / cosmología, además de la orientación astrológica de cada cultura. Por lo tanto, encontramos numerosas ciudades antiguas estructuradas en base a la orientación de los puntos cardinales en los ejes norte – sur / este – oeste (siguiendo el trayecto solar). 

Las ciudades ideales griegas 

En el caso de la antigua Grecia, la cultura helena se destaca por su pensamiento racional o basado en el logos, buscando la autonomía racional del ser humano como objetivo o finalidad trascendente. Para Protágoras (filósofo sofista) el hombre es la medida de todas las cosas, por lo tanto y en consecuencia, la ciudad también debía estar a la medida del hombre, brindándole los soportes tangibles e intangibles para alcanzar la trascendencia, como ser espacios de participación, debate y deliberación políticos – filosóficos como los ágoras; por otro lado, teatros para escenificar las representaciones de la vida humana, también los gimnasios y espacios deportivos para desarrollar en plenitud el binomio cuerpo – mente, museos para articular y entretejer con el presente el legado del pasado histórico, los oráculos y templos para cultivar la espiritualidad politeísta animista, además de numerosos parques y bibliotecas públicas como áreas de esparcimiento y formación. Tanto Platón como Aristóteles plantearon sus visiones acerca de la ciudad ideal, por lo que la ciudad para Platón era un espacio para la vida social como para la vida espiritual y debía estar encaminada a elevar al ser humano hacia la virtud. Platón diseñó tres modelos teóricos de ciudades virtuosas, siendo el rasgo distintivo en todas, la planta circular que muchos autores rastrean a influencias indoarias, como se manifestaba en el símbolo mandálico del círculo utilizado por la mitología hindú para expresar la representación del microcosmos y macrocosmos. 

Aristóteles, por su lado, acentuaba el conocido carácter político de la ciudad, definida más que por sus aspectos físicos, materiales o territoriales, por su contenido político acentuado a través del conjunto de ciudadanos; por lo que la ciudad no era un espacio físico determinado sino un colectivo de hombres ejerciendo en común derechos civiles – políticos y ciudadanía. Ambos, junto con el legado de los círculos Pitagóricos precedentes, contribuyeron a perfeccionar el modelo de la polis griega (ciudad- estado), en donde el ágora era el espacio fundamental, articulando derechos, libertades y ciudadanía a través de una democracia directa y comunitaria. La polis o ciudad – estado era el espacio público pensado, diseñado racionalmente para integrar todas las dimensiones del ser humano (racionalidad, creatividad, sociabilidad, espiritualidad, cultura y desarrollo físico) con la finalidad de alcanzar la tan anhelada trascendencia. 

La ciudad campamento romana 

En el caso de las ciudades romanas, fueron herederas de las concepciones griegas en cuanto a sus criterios de racionalidad, lógica, funcionalidad, armonía, estética e integralidad, como también de su visión de conjunto. En la ciudad romana de destaca en primer lugar el foro, luego los templos, palacios, baños públicos, anfiteatros y circos, además del arte urbano. Pero el aporte romano más original se encuentra en las ciudades – campamentos militares, distinguiéndose éstas de la ciudad de Roma y las ciudades conquistadas e incorporadas el Imperio. El plan castrense de conquista imperial desarrolla una estructura urbana específica para el ejercicio de la dominación de la ciudad tomada, en donde la ciudad en si misma se convierte en un espacio urbano – cárcel al servicio de los intereses hegemónicos romano. 

Lo anterior representa una inflexión en la tradición de desarrollo urbano del mundo antiguo, ya que la ciudad ya no será el espacio mágico o simbólico, ni integrador de las capacidades y facultades del ser humano a través de su racionalidad buscando la trascendencia, sino todo lo contrario: la estructura urbana es pensada exclusivamente para controlar militarmente a la ciudad tomada. Estas ciudades – campamentos debían ceder su propia tradición urbanística, visión de conjunto, cultura urbana, estética y funcionalidad para someterse a las nuevas condiciones impuestas por el imperante, consistente en el desarrollo de dos calles principales, octogonales con orientación este – oeste (decumano) y norte – sur (cardo). Estas ciudades se amurallaban y las dos calles en cruz remataban sus extremos exteriores en cuatro puertas de entrada y control de ciudad. [2] Por supuesto que paralelo a la concepción del espacio urbano de la ciudad, el desarrollo de los derechos y el ejercicio de la ciudadanía se convertirán en dispositivos de legalización y legitimación de la dominación romana, comenzando con la imposición del derecho romano, su legislación, institucionalidad, cultura e idioma. Lo llamativo en esta inflexión histórica del desarrollo urbano es la conversión de la ciudad en espacio de dominación y ejercicio de hegemonía, legado que veremos que se repite (bajo otras características pero con el mismo fundamento) en otros momentos de la historia. 

La transición de la ciudad de la antigüedad tardía hacia la alta edad media 

Entre los siglos III y VIII, sobrevino una compleja situación de crisis al Imperio Romano debido a sucesivas invasiones, rebeliones y los insostenibles costos de la infraestructura defensiva y amurallamientos de las ciudades, por lo que el modelo de ciudad antigua – campamento decayó frente a la creciente ruralización de la población en búsqueda de eludir la presión fiscal y la maquinaria de recaudación del imperio, iniciándose el proceso histórico de fundación de villas de campo autosostenibles. A la postre, se fracturaron los lazos, vínculos y relaciones materiales que conectaban campo – ciudad, desapareciendo momentáneamente las ciudades aglutinantes y centralizadoras de funciones políticas, sociales, económicas, culturales y militares, como también los grandes hitos e infraestructura urbana, para dar paso a la descentralización territorial, fragmentación y dispersión de tendencia centrifuga luego de la desaparición del Imperio Romano en el siglo V. 

La ciudad moderna 

Luego del retorno a las concepciones clásicas greco – latinas durante la etapa del renacimiento, podemos identificar una segunda inflexión en la manera de concebir ciudad durante la época barroca, habida cuenta el ocaso y/o desaparición de la ciudad – estado antigua, cerrada en sí misma, para dar paso a la ciudad capital del Estado moderno. En esta ciudad capital el espacio urbano se concibe material y simbólicamente subordinado al poder político, afectando la funcionalidad, distribución de espacios y visión de conjunto, en donde los fines e intereses de la función pública o burocracia adquieren mayor preponderancia frente a los del humanismo. La definitiva defunción de la polis o la ciudad –estado da paso a la progresiva articulación histórica – política hegemónica entre la ciudad moderna, la economía mundo capitalista y el Estado nación moderno. La ciudad capital moderna, por ende, se constituye en el fundamento o soporte físico del Estado nación, cambiando tanto la concepción de la ciudad como espacio urbano, como el imaginario del Estado. El ocaso de la polis es sucedido por el ensamble de los Estados y ciudades capitalistas, montadas por y para la producción, distribución y consumo, en donde el ser humano se subsume no sólo a las necesidades de la burocracia o administración pública, sino sobre todo a los intereses del capital. 

La ciudad capitalista 

En la segunda mitad del siglo XIX, la compleja trama de la economía y sistema mundo capitalista determina una serie de cambios y transformaciones en el espacio urbano de las ciudades, habida cuenta de las necesidades de la creciente industria y el proceso productivo basado en la obtención y concentración de nuevas fuentes de energía, mecanización, apropiación del valor del trabajo y la mecanización, en donde las funciones productivas ejecutivas, administrativas, comerciales, logísticas y financieras adquieren enorme importancia. Las ciudades se ensamblan para la producción – distribución y consumo, en donde la obtención de ganancia, lucro, usura y especulación determinan la distribución de espacios. Como correlato político, evoluciona la concepción de espacio público en donde la intervención – gestión del aparato publico estaré destinado a mitigar las tensiones y conflictos provocados entre las demandas sociales de la fuerza obrera organizada, carentes de servicios, infraestructura, condiciones de habitabilidad, derechos y ciudadanía, que podían poner en riesgo el binomio empresa – territorio. 

Las ciudades capitalistas zombis, como “no espacios”, destructores y apropiadores de lo público, de los derechos, ciudadanía y sociabilidad 

Si bien el espacio urbanizado crece en el mundo, muchos sostienen de manera crítica que va desapareciendo paulatinamente la vida urbana por la destrucción del espacio público de relación social al ser sustituidos por “no espacios “ infraestructurales donde se enseñorea la movilidad motorizada. Como causa y efecto simultáneo, estas enormes metrópolis adoptan la gestión y consumo como actividades hegemónicas… Además es un proceso que jerarquiza el territorio ya que beneficia a enclaves específicos enganchados a las redes de gestión espacial del modelo (…) contamina al resto de los espacios a través de los mass media que proyectan los ‘valores urbanos’ sobre el territorio en su conjunto. [3] Mike Davis (urbanista norteamericano) desarrolló un esquema de comprensión del modelo urbano actual denominado la ecología del miedo; en este modelo el espacio urbano se forma de la combinación de media luna y diana en cinco zonas concéntricas en la que la lucha por la sobrevivencia del más fuerte separa a las clases urbanas y los tipos de alojamiento. Pero a los determinantes ecológicos como ingresos, valor del suelo, clase, raza se añade el factor nuevo y decisivo: el miedo. El miedo y la defensa del lujo, del goce, de la exclusividad y exclusión se traducen en represiones espaciales y de movimiento, expresado a través de sistemas de seguridad física como control arquitectónico de las fronteras sociales. 

Por lo tanto, la ciudad se traduce en el soporte material de la sociedad panóptica en la que se combinan los dispositivos biopolíticos, de biopoder y las experiencias de anatomopolítica que desarrolla críticamente Michel Foucault para acompañar las instancias del orden disciplinario. Según Mike Davis, se observa una inédita tendencia a mezclar el diseño urbano, la arquitectura y la maquinaria policial en una sola estrategia de seguridad global. (Davis. 2003) Por otro lado, la destrucción del espacio público produce un apartheid urbano: los espacios pseudopúblicos de clase alta contemporánea (centros comerciales suntuosos, malls lujosos, edificios de oficinas exclusivas, acrópolis culturales, etc.) están repletos de señales invisibles que prohíben el paso ‘al otro’, a pesar de su capacidad adquisitiva. Estos espacios públicos degradados se encierran en sí mismas, ya que sus actividades se concentran en el interior, repartidas en compartimientos funcionales con circulación interna, mientras que sus fachadas permanecen desnudas y asépticas con controles de ingreso y acceso por guardias privados. Frente a lo anterior, la ciudad se convierte en simulacro y estas estrategias de simulación a través de redes mediáticas, informativas y digitales proyectan una fantasía social que se traduce en una hiperrealidad que se materializa en la segregación física de los espacios urbanos. Pero, no solo existe la destrucción del espacio público sino (de yapa) la apropiación privada de bienes públicos de parte de los intereses privados, como es el caso de proyectos inmobiliarios de empresas multinacionales constructores de condominios de viviendas privadas con acceso a lagunas de aguas cristalinas de color turquesa simulando la experiencia de la playa marítima. Sin embargo en el mundo de la hiperrealidad, irónicamente la simulación no tiende a copiar el original, sino los simuladores se copian entre sí. 

Según Davis, la mutación del espacio deviene en el hiperespacio, donde se producen las ciudades cárcel, en donde la reproducción de centros comerciales ejemplifican o caracterizan el modelo, atrapando a los pobres como nuevos consumidores. Existe la convergencia entre los objetivos de la arquitectura y los de la policía – represión: su finalidad es el control de la multitud para el consumo. En este contexto de redes estructurales (materiales e intangibles) de control, represión, disciplinamiento, ordenamiento y fragmentación del espacio, ¿aún es posible, viable e inclusive racional, hablar de ‘lo público’, de derechos, de ciudadanía y de sociabilidad???? Estamos ante el devenir de la ciudad capitalista en ciudades zombis. 

Retomando la genealogía de la ciudad, considero que somos herederos coloniales directos de las ciudades – campamentos romanas, en donde la ciudad (y por consiguiente el ejercicio de la “ciudadanía” como dispositivo legitimador) se conciben expresamente como estructuras de dominación, con lo cual estamos cada vez más lejos de la concepción de ciudad ideal pitagórica o platónica, en la cual el hombre era la medida de todas las cosas y por ende la ciudad y su ciudadanía debían estar a la altura de la virtud y trascendencia humana. Actualmente el hombre “existe” para consumir: consumo, luego existo. Considero que el verdadero debate de fondo no es cómo ni desde donde se construye ciudadanía en los tiempos de cambio en Bolivia, sino más bien cómo y desde donde se gestiona la vida en los tiempos de cambio, en oposición al Zombi Politikon del que hablaba Farit y las ciudades zombi o las ciudades simulacro / ciudades cárcel que desarrolla críticamente Mike Davis. Personalmente considero que las ciudades capitalistas deben ser superadas y condenadas al ocaso histórico a través de progresivos procesos de re-ruralización, que entiendo es la esencia medular del Vivir Bien andino. Ahora comprendo cabalmente las palabras que repetía en mi infancia mi propio padre a manera de mantra y presagio: hay que volver al monte… 


* Politóloga cruceña. 

Zombi Politikon de Farit Rojas Tudela para La Época, del 24/11/2014 en https://www.la-epoca.com.bo/includes/imprimir.php?id=4092 

2 Diversas fuentes internet. 

3 Ver excelente artículo titulado La destrucción del espacio público en el urbanismo posmoderno de Ignacio Casado Galván en www.eumed.net/rev/cccss/06/icg17.htm

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