noviembre 24, 2020

Borges, siempre Borges

Laberintos librescos, metafísicos, infinitos, míticos; pesadillas que se repiten, sueños dentro del sueño, juegos literarios que se asemejan a la muñeca rusa que adentro lleva a otra que a su vez lleva otra y así hasta la eternidad. Relatos apoyados por las matemáticas, por la filosofía, por la geometría, en fin, apoyados por todo cuanto cabe concebir, incluso relatos policiales, temas citadinos, bonaerenses, gauchescos, presentes en la obra de un escritor cuyo nombre evoca un estilo muy original y particular, de sentir y escribir la literatura y de concebir el mundo. Y es porque en Jorge Luis Borges todo está permitido. Con él y más allá del “Boom” literario latinoamericano, la palabra cobra una eficacia pocas veces vista. Con Borges se confirma, una vez más, la diferencia entre lo huidizo y lo permanente de la literatura. A través de su prosa descubrimos que el horizonte no es siempre lejano, que la palabra puede crear mundos muy cerca nuestro. Que la vida misma puede ser un mal sueño de un de un dios indigesto o que puede ser como la metáfora esa en la que soñamos que leemos un libro y en realidad, dentro del sueño, estamos inventando cada una de las palabras que leemos.

Lo real y lo imaginario en su obra narrativa

Toda su obra en conjunto, pero especialmente sus relatos y sus ensayos, constituyen el testamento de una época, un cofre abierto para recibir imágenes y divulgarlas a través de la palabra. Durante su lectura participamos de lo real, de lo fantástico, de lo simbólico, de lo inadmisible, del vacío, del infinito, con una perfecta economía de palabras: nunca falta y sobra alguna. Donde, para no morirnos de una pesadilla debemos recurrir a otras lecturas, pues sus citas y referencias nos inducen a Joyce, a Virgilio, a Cervantes, a Chesterton, a Kafka, y a tantos otros. En Borges todo es antiguo al mismo tiempo que es nuevo, nada se le escapa, todo parece previsto, pero aún así nos sorprende, ingeniosamente nos asombra. Abrir uno de sus libros es como asistir por primera vez, a un circo para descubrir, maravillados, la magia. Algunos de sus relatos nos acercan a precipicios insondables y mundos extraños (Tlon, Ugbar, Orbis, Tertuis), otros al irremediable destino (Sur) a la terrible virtud de una buena memoria sin el privilegio del olvido (Funes, el memorioso), a la trama policial (El jardín de los senderos que se bifurcan) y muchos otros.

Sus textos parecen alegatos en defensa de la imaginación, con un dominio propio de la técnica narrativa, expresando desde una inmediata contemporaneidad hasta sugestivas evocaciones de mitos y leyendas universales. Borges se toma todas las libertades literarias, inventa libros, citas, definiciones, escribe prólogos de libros que nunca existieron, ¿o sí?, descubre otros que parecen irreales como Anatomia de la melancolía, citado en La biblioteca de Babe”. Borges crea a un Funes agobiado por su prodigiosa memoria e inventa a un Pierre Menard, autor de otro Quijote que es igual al primero, palabra por palabra y que, sin embargo, no es un plagio. En otros libros está el Borges de las ficciones compartidas, la mayor de las veces con su entrañable amigo Adolfo Bioy Casares de los que recuerdo una magnifica selección de Relatos Breves y Extraordinarios, que incluye un trabajo de Marcial Tamayo, compatriota Nuestro. Asimismo el portentoso Libro de los seres imaginarios compilado con Margarita Guerrero, en el que da cuenta de gran parte de los animales o seres mitológicos creados por el hombre en su obsesión por explicar y ocultar lo desconocido. Y ya para que agregar sus muchos estudios sobre lenguas germánicas e inglesas.

¿Y el Nobel?

Se dicen y se citan tantas cosas de Borges, de las cuales muchas no le pertenecen; pero que gracias a su exclusivísima concepción de la vida, bien pudo aceptarlas como suyas, por ejemplo, a propósito de su filiación partidista una vez comento: “soy del partido conservador, porque nunca va llegar al poder”. Borges era un maestro del humor y de la ironía, tanto en sus conversaciones como en sus escritos y si bien su concepción del mundo era positivista (“escribo para individuos, no para en este abstracto llamado masa”), el nunca fue del todo un “reaccionario” como algunos pretenden definirlo en última instancia: “un gobierno de militares es igual a que un país sea gobernado por bomberos”. Tal vez el estaba más allá de estas simples apreciaciones, en un universo interior tan grande como concebía una biblioteca.

También se dijo que era un escritor para escritores, lo que se puede desmentir con la interminable cantidad de libros que sobre su obra se han escrito, sus entrevistas, conversaciones y lectores por todo el mundo. Estas especulaciones sumadas a sus preferencias políticas, fueron las argumentaciones para negarle el Nobel. Galardón que al principio no le interesó, pero que después se le volvería una verdadera obsesión, como lo declaró su viuda, secretaria y compañera, María Kodama. Yo creo que el fondo es otro y tiene que ver con la idea que los europeos tienen sobre los latinoamericanos. Ellos, suecos o no, nunca le perdonaron a Borges el hecho de que, siendo escritor latinoamericano, escriba -igual o mejor que ellos- temas que consideran de su exclusividad. Parecería que los latinoamericanos estamos bien cuando escribimos cosas que ellos llaman dentro del “realismo mágico”, pero cuando escribimos, como Borges, de literatura escandinava, germana o anglosajona; cuando hablamos de filosofía y matemáticas con la misma propiedad, autoridad y calidad de sus clásicos, eso ya no les agrada, así que mejor ignorarlo.

El otro Borges

Hace unos días leí un libro de Juan José Sebreli, polémico escritor argentino, quien en un artículo titulado Borges: el nihilismo débil, afirma que se lo sobrevaloró y que en realidad era un escritor con “numerosas limitaciones” y que “descreía plenamente de la historia, ignoraba la sociología, se desinteresaba de la psicología, se aburría de la política, censuraba el sexo. Corrientes enteras de la filosofía y la literatura modernas le eran ajenas. Relativizaba la filosofía o la reducía a sofismas y filosofemas, y sus fuentes de conocimiento al respecto era la Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russel, ingeniosa, arbitraria, descaradamente partidista, muy a la manera borgeana. Desdeñaba a los preocupados por los problemas de la condición humana. Menospreciaba globalmente a géneros literarios y literaturas nacionales en su totalidad, por ejemplo a la novela francesa y rusa del siglo XIX. No leía a algunos de los más grandes novelistas del siglo XX, se burlaba de Proust y desconocía a Thomas Mann o Musil, entre muchos otros y hacía ostentación de no poder terminar algunos libros clásicos”. Es decir era tan humano e imperfecto como cualquiera de nosotros.

Todavía hay mucho por decir de este octogenario escritor que sentía horror por los espejos, porque sabía que allí estaba su imagen observándolo, mientras él la miraba sin verla y que amaba el pasado y los libros antiguos, su premio será la eternidad porque seguirá siendo leído de aquí a mil años y de muchos premios Nobel ya ni siquiera nos acordamos.

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