noviembre 27, 2020

Tercer mandato y el proceso a prueba

El próximo 22 de enero, el presidente Evo Morales iniciará oficialmente su tercer mandato. El primero se dio en el marco del viejo estado instaurado en 1825. El segundo arrancó en enero de 2010 con el nacimiento del Estado Plurinacional y la aplicación de una nueva Constitución Política del Estado que incorporó la figura de la reelección.

El inicio de este tercer mandato tiene varias significaciones. Por un lado, inscribirá el nombre de Evo Morales como el presidente que más años llegará a estar de forma continua al frente del Estado y con un nivel de popularidad y aprobación de su gestión que no tiene antecedentes en la historia del país. Nueve años de gestión le han mantenido un promedio de 70 por ciento de aprobación.

Por otro lado, este nuevo mandato se da en un contexto internacional diferente del que se hizo cargo del país en enero de 2006. Una disminución de los precios de las materias primas, particularmente del petróleo, amenaza con provocar efectos negativos en la economía mundial, en especial para los países llamados emergentes o incluso para economías que se fortalecieron a partir de una mayor autonomía frente a los Estados Unidos y el control de los recursos naturales.

Al margen de la intencionalidad que persigue el imperio al producir la crisis, con una clara concentración del fuego contra Rusia y Venezuela, es evidente que la economía boliviana, que se mantendrá como la más importante en la región en 2015 según han reconocido organismos internacionales, tendrá que hacer frente a una disminución de algunos cientos de millones de dólares que obligarán a tomar medidas para mantener la estabilidad y el crecimiento. De hecho, no hay duda que el carácter del modelo económico (propiedad de los recursos naturales por parte del pueblo, generación de excedentes y distribución para beneficio de las inmensas mayorías) y su acertado manejo durante estos nueve años permiten ser optimistas de que no se llegará la catástrofe.

Lo que si es claro, al mismo tiempo, que la época de la bonanza habrá llegado a su límite y que pondrá a prueba la consistencia, como lo ha señalado el propio Evo Morales, del proceso de cambio. Si bien una mayor inversión y un estricta recaudación impositiva se perfilan como parte de la respuesta boliviana a la crisis, es el nivel de la política donde se apreciará los grados de conciencia y capacidad de organización social. Las revoluciones no solo dependen de lo que los estados son capaces de generar y distribuir, sino también de los que los pueblos son capaces de resistir. De lo contrario serían presa fácil del imperio y de las lógicas destructivas del capital.

La revolución boliviana ha enfrentado varias amenazas en nueve años: intento de golpe cívico-prefectural, planes de magnicidio, múltiples formas de injerencia estadounidense, secuestro presidencial, ruptura con militantes que salieron por la izquierda y terminaron con la derecha, resistencias de algunos sectores sociales al cambio y el desarrollo –inducido o no- de ambiciones personales dentro de dirigentes sociales y/o ex autoridades o parlamentarios. Pues bien, a eso se suma ahora los efectos que producirá la “guerra de los precios del petróleo”.

A partir del 22 de enero se pondrá a prueba el modelo económico y el grado de consistencia de la conciencia política e ideológica del sujeto plural histórico que hace posible el proceso político más profundo de nuestra historia.

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