noviembre 24, 2020

Bolivia: entre clasificadores daltónicos y psicodélicos

Un informe de la prestigiosa revista The Economist sostiene que Bolivia no es chicha ni limonada. De acuerdo a sus expertos, los bolivianos vivimos una lamentable situación llamada régimen híbrido, apelativo que se usa para designar negativamente a lo que se considera una democracia a medias o un autoritarismo a medias ¿Es esto posible? ¿Un Estado puede ser medio democrático y medio autoritario al mismo tiempo? Matizar puede ser útil, puede ayudarnos a ver más claramente. No obstante, adelanto al lector, creo que el trabajo citado arriba es bastante injusto con nuestro país.

¿Pero qué se creen estos liberales de primer mundo para calificarnos a nosotros?, se preguntarán algunos de ustedes. “La democracia es solo otra forma de dominación de la clase burguesa”, imagino diciendo a otros. Sin embargo, no parece ser una buena idea evadir el debate. La democracia es, después de todo, la palabra más pegajosa y prestigiosa en el discurso político de los últimos 25 años (los bolivianos, particularmente, le tenemos mucho afecto desde lo de García Meza); y mientras esperamos la instauración de la dictadura del proletariado a nivel mundial, vale la pena pelearse por la palabra democracia.

Por régimen político entenderemos el conjunto de instituciones formales e informales que condicionan el acceso y el ejercicio del poder en una sociedad; son las reglas del juego político. Existen, pues, diferencias entre cómo se organizan políticamente Bolivia respecto a Arabia Saudita. Dependiendo del tipo de régimen, una protesta callejera puede influir en la agenda de gobierno o ser castigada con la muerte.

La discusión sobre los regímenes políticos no es nueva. Aristóteles identificaba tres tipos: monarquía, aristocracia y democracia; que degeneraban, respectivamente, en despotismo, oligarquía y demagogia. La ciencia política actual, tradicionalmente, también identifica tres: regímenes totalitarios, autoritarios y democráticos. Se trata de clasificaciones meramente abstractas y conceptuales, es decir, simples en nuestra cabeza, complejas en la vida real.

La forma de clasificar a un régimen político ha ido variando desde principios del siglo XX, y las diferentes tipologías utilizadas, como casi todo en las ciencias sociales, siempre han tenido una inclinación ideológica.

Anécdota: En 1984 Freedom House calificó a El Salvador como más democrático que Nicaragua, a pesar de que en El Salvador se estaba reprimiendo violentamente a sindicatos y partidos de izquierda, mientras que en Nicaragua, los sandinistas ganaron elecciones que fueron certificadas por varios observadores internacionales como libres, justas y con bajos niveles de fraude.

Los requisitos para que un régimen sea considerado democrático han sido los más discutidos. Para algunos es suficiente con que haya elecciones. Otros consideran indispensable la separación de poderes y la libertad de prensa. También hay quienes creen que nada de lo anterior tiene importancia si existe desigualdad económica y condiciones de vida precarias.

La caída del muro de Berlín hizo festejar a algunos y llorar a otros. Todas las dictaduras militares latinoamericanas desaparecieron. La izquierda mundial entró en una crisis existencial muy parecida a la que vive hoy la derecha boliviana. Fukuyama proclamó a los cuatro vientos el fin de la historia. Huntington, por su parte, celebró la tercera ola democrática en el mundo. Las elecciones se impusieron como la forma casi universal de acceso al poder.

No obstante, al poco tiempo se notaron sutiles diferencias entre unos Estados y otros. Algunos eran más estables, más transparentes, más inclusivos o menos corruptos. Muchos atribuyeron las fallas de los modelos democráticos de algunos países a la joven vida de sus sistemas. Se creó la categoría de democracias en transición. Se esperaba que estos países pasen a ser democracias consolidadas dentro de algunos años.

No obstante, con el pasar del tiempo y la persistencia de rasgos no democráticos en los regímenes políticos de esos países, se consideró que la teoría de la transición hacia la democracia fue ingenuamente lineal. Ahora la experiencia de la década de los 90s enseñaba que la caída de un régimen autoritario no daba como resultado uno democrático necesariamente. Podía darse una situación difusa, donde convivieran rasgos democráticos y autoritarios simultáneamente. Podría darse lo que nuestros amigos de The Economist llaman regímenes híbridos.

El problema con el concepto de régimen híbrido no radica necesariamente en que nos pierde en un laberinto de relativismo clasificatorio respecto a qué es y no es una democracia. El problema, realmente, es que niega el titulo de democracia a Bolivia, pues según el profesor Matthijs Bogaards, los regímenes híbridos deben ser vistos como un punto intermedio entre autoritarismos y democracias. Es decir, no son ni uno ni otro. Pero queda claro que no son democracias. Me explicaré más adelante.

Todo depende del concepto que uno maneje de democracia. Definiciones dicotómicas como las utilizadas por Álvarez, Przeworski y compañía ven el mundo en blanco y negro. Sus índices clasifican a los Estados en sólo dos categorías: democracias y autocracias. Para estar entre las primeras, bastan elecciones con algunos requisitos.

Otros índices son más complejos, como los de Polity IV o el propuesto Scott Mainwaring y equipo, donde existirían democracias, semidemocracias y autoritarismos. Los requisitos van más allá de lo electoral. Las libertades civiles adquieren más importancia, la forma en la que se da la competencia política también. Los indicadores se multiplican y la calificación se hace más exigente. No es suficiente tener elecciones libres, justas o transparentes, también debe haber competencia inclusiva, real capacidad de gobernar, etc., etc.

El índice que nos preocupa acá, clasifica a los Estados en cuatro categorías: democracias plenas, democracias fallidas, regímenes híbridos y autoritarismos. Sus indicadores: a) procesos electorales y pluralismo, b) libertades civiles, c) funcionamiento del gobierno, d) participación política y e) cultura política.

¿Ven el problema? Nótese que la clasificación es un continuum de dos partes: se puede ser una democracia plena, o después, una fallida. De esta última se entra inmediatamente en el espectro de regímenes no democráticos. Es decir, híbrido o abiertamente autoritario.

Ahora, ¿es posible afirmar que un país que acaba de ampliar la competencia política a grandes mayorías históricamente excluidas del Estado no es una democracia o es más democrático? Si con tener elecciones no basta (y muchos comulgamos con esta idea), entonces, ciertamente, el carácter excluyente del anterior sistema de partidos sí daba razones para cuestionar si Bolivia era una democracia.

Por supuesto, hablemos de los “perseguidos políticos”. Se debe considerar que las circunstancias en las que se dieron tales “persecuciones” fueron las de una lucha política que hizo delirar a muchos con el concepto trotskista de “poder dual” por unos días en los que el país estaba literalmente dividido en dos. Había una guerra aquí. El excelente libro de Boris Miranda, La mañana después de la guerra, da cuenta de ello.

Ahora, la inestabilidad, como afirma el politólogo Jeroen Van den Bosch, no puede ser definida como un régimen. Es una situación que puede darse tanto en una democracia como en un autoritarismo. Bolivia pudo haber sido una democracia inestable durante 2008, pero siguió siendo una democracia a nivel nacional (hablaremos de esto en otro artículo)

Finalmente, la competencia política durante nuestras últimas tres elecciones generales fue contestada (castellanizo el término contested elections, que indica una competencia electoral donde la oposición tiene algún chance de ganar, independientemente de si logra hacerlo o no). Aunque se puede afirmar que los recursos con los que contó el oficialismo superaban por mucho a los de sus rivales (y esto no se aplica a la elección del 2005, donde el MAS ganó a pesar de una clara falta de recursos), ciertamente UN, de Doria Medina, no puede ser considerado un partido pobre.

Los fenómenos de masas, como lo son el presidente Morales y el MAS, tienen a veces la consecuencia imprevisible de concentrar el poder. Ya lo decía Zavaleta, “el caudillo es la forma que las masas tienen de entrar a la historia” (caudillo aquí no tiene una acepción negativa). No obstante, no olvidemos que estos fenómenos también tienen la consecuencia previsible de vigorizar la democracia. Si no me creen, verifiquen la participación electoral de nuestro país (uno de los indicadores de The Economist) y compárenla con cualquier otro de Europa.

Bibliografía:

• Thinking About Hybrid Regimes. Diamond, Larry Jay. 2002

• How to classify hybrid regimes? Defective democracy and electoral authoritarianism. Bogaards, Matthijs. 2009

• Classifyng Political Regimes in Latin America 1945-1999. Mainwaring et al. 2000

• Classifying Political Regimes. Alvarez, Przeworski et al. 1966

Be the first to comment

Deja un comentario