diciembre 2, 2020

El otro Borges

¿Qué se puede decir de nuevo sobre la obra de Jorge Luis Borges que ya no se haya dicho y divulgado desde hace por lo menos medio siglo?, más bien, a esta altura, podríamos preguntarnos qué es lo que no se puede decir sobre el originalísimo escritor argentino. Así, lo que no se puede decir, por ejemplo, es que no haya sido una persona profundamente reaccionaria, como en cambio afirma una nota liviana publicada en este medio hace dos semanas (Borges, siempre Borges). La razón es la de siempre: se confunde su vanguardia estética con su conservadurismo político.

Más allá de la belleza de su obra, su máximo aporte es haber creado una literatura que nace desde la erudición de índole universal (o su apariencia, si adherimos a los exégetas que no lo consideran tan leído como se piensa) y en haber inventado (de nuevo: o en apariencia) un género literario a caballo entre el cuento y el ensayo, donde esa frontera se vuelve inubicable. En ese sentido –puramente literario- es progresista Borges. Y sin embargo, como dice el autor de la nota, “sus textos parecen alegatos en defensa de la imaginación” …pero se le olvida agregar que de la imaginación a secas, no de la vida, de la cual la literatura es espejo. Para resumirlo en dos líneas: el sello Borges sustituye los acontecimientos sociales por cuestiones textuales, así como la política (aún la más elemental) por la literatura.

Es a partir de ese esquema que en incontables páginas defiende a la “civilización” contra la “barbarie” (tesis acomplejada y colonialista que inauguró Sarmiento, en Argentina y después Alcides Arguedas, en Bolivia), lo que significa la superioridad de la Europa blanca y educada sobre la América indígena. Basta chequear la Historia del guerrero y la cautiva o el Poema conjetural, donde lo trata de forma explícita; sin contar las innumerables líneas donde de refilón –y no tanto- lo afirma. También lo plantea en La intrusa, su cuento acaso más perfecto, donde narra el bestialismo de dos hermanos gauchos que comparten la misma mujer, pero la clave dramática del relato radica en que los protagonistas son de origen europeo, criados en un mundo bárbaro: “Irlanda o Dinamarca, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos”.

Así por ejemplo, cuando en la Argentina se eliminó el latín como materia obligada en la escuela secundaria, por los años 60’, ponderó que “ya sólo falta, para completar la barbarie, suplantarlo por el guaraní como lengua obligatoria”. A ese dictamen lo repite, veinte años más tarde, en El libro de arena.

Acerca de la democracia (“ese abuso de la estadística”), señaló que “es absurdo que todos puedan votar y participar en el gobierno”. Además, afiliarse al partido conservador (“lo cual es una forma de escepticismo”) era un gesto con mucho más significado que el escepticismo: era apoyar a la más rancia oligarquía, al partido que durante un siglo vendió el país a Inglaterra (véase el famoso pacto Roca/Runciman). Para redondear, lo hizo en la época del primer Perón (“los años del oprobio”), e independientemente de lo que signifique ese populismo, los insultos que le dedica en El hacedor resumen los dos rasgos: “un farsante con cara de indio o de opa”, que viaja por los pueblos de provincia cosechando éxitos merced a la estafa de “una muñeca rubia”.

A lo largo de las tres dictaduras que vivió, cada vez que pudo apoyó a los militares (“que son unos caballeros”) tanto de Argentina como de Chile (fue incluso condecorado por Pinochet en persona) y hacia el final de la última, cuando le mostraron las pruebas de que torturaban y desaparecían civiles, se despachó con una frase vesánica sobre la teoría de los dos demonios: “se están comiendo a los caníbales”.

En 1982, cuando los británicos bombardeaban Malvinas, fue capaz de reconocer, por única vez y en un célebre reportaje de la superficial revista Gente, un “error” de su patria chica: “los ingleses también le hicieron daño al mundo. Por ejemplo, lo llenaron de esa estupidez que es el fútbol”.

Esto último da pié a otro rasgo característico: su odio a todo lo que fuera de cuño popular. Así, por ejemplo, el fútbol: “veintidós idiotas corriendo detrás de una pelota”. (Un escritor de segunda fila, Alejandro Dolina, le respondió que esa definición “es como decir que un libro es una masa de papel y tinta”).

Carlos Gardel, a quien acusó de afeminar el tango (“adecentó el tango en París”) era otra de sus manías, o Enrique Santos Discépolo (considerado el máximo compositor de letras de tango, con obras como Cambalache, Cafetín de Buenos Aires o Yira yira, que todo el mundo conoce) de quien dijo literalmente: “no sabe absolutamente nada de tango”.

Sobre los inmigrantes de Italia –chivos expiatorios como los bolivianos ahora-, que en el poema Inglaterra llama “la hiena italiana”, les echa la culpa de arruinar el idioma: “cuando en el país se hablaba castellano, sin los silbidos italianos de ahora”.

A ello habría que agregar el socialismo, con particular saña: basta ver la forma en que describe al cobardísimo y repugnante traidor John Vincent Moon del relato La forma de la espada; y sin embargo, pareciera que su culpa es su afición al materialismo dialéctico.

También en esta línea podríamos mencionar su célebre misoginia: no rescata a un solo autor “sucio” o siquiera con tendencias eróticas, ni lo cita jamás, ni aparece en toda su obra una frase de esa índole. Apenas si en el cuento Ulrike, de los 70’, sugiere una encamada. Da la impresión, en verdad, que su vida hubiera transcurrido en una biblioteca de la edad media. Hasta existe un libro excelente: El factor Borges, de Alan Pauls, que lo estudia desde el concepto del genio/idiota, el mismo que utilizó Borges para los personajes de Flaubert Bouvart y Pécuchet, de la novela homónima.

En verdad, alcanza con leer la ingeniosa obra que dejó este autor cosmopolita en su largos años de hacedor de laberintos para llegar a una conclusión diametralmente opuesta a la que defiende el artículo original que refiero. Los que lo rescatan ideológicamente suelen citar un cuento suyo, Emma Zunz, que está armado desde el típico esquema marxista de la conciencia de clase, esquema que Borges habrá leído como todo en la vida: como un subgénero de la literatura de ficción. Lo que no leyó –como observa sagazmente Sebreli- o bien leyó de ese modo, es toda la literatura de crítica social.

De manera que no hay argumento más inocente que afirmar –como afirma la nota- que a Borges no le dieron el Nobel por escribir sobre literatura escandinava, germánica o anglosajona y no sobre realismo mágico, como se supone le corresponde a un latinoamericano. ¿Qué más quiere un escandinavo, o cualquier hijo de vecino, que alguien lea su literatura, difunda su pasado, ennoblezca su folclore?. No le dieron el Nobel por sus ideas y actitudes fascistas: en un momento donde llegaban a diario argentinos exiliados a Suecia, él en cambio, a contramano de la Historia (hablamos ahora de la vida real, no de la literatura), defendía a capa y espada a una dictadura psicópata desde una supuesta aristocracia del espíritu.

Ojalá Borges, como afirma el autor de la nota, hubiera sido una persona con más “debilidades humanas”, ya que por desgracia, de haberlo conocido en vivo, seguramente nos hubiera caído mal. Pienso, sin embargo, que se trata de un autor tan original, que se lo debe leer, conocer y disfrutar como a un literato puro: alguien a quien sólo le interesa la literatura (la posición acomodada de su familia y una madre sobre-protectora, lo hicieron posible), para quien todo es literatura (incluso los libros de religión o matemáticas) y que no tuvo nunca los pies en la tierra. Se lo puede, incluso, leer como caso.


Posdata 1: Juan José Sebreli, citado en la nota anterior, es posiblemente el máximo ensayista vivo de la Argentina. No es tan popular como debiera porque no es un autor muy fácil y requiere lecturas previas, y es controvertido justamente por ser muy crítico. De su obra monumental, recomiendo sobremanera El olvido de la razón o Las aventuras de la vanguardia, que por su montaña de citas más parecen escritas por una universidad que por una persona sola; así como Los deseos imaginarios del peronismo o Tercer mundo, mito burgués, imprescindibles para entender a los populismos latinoamericanos.

Posdata 2: En cuanto al Premio Nobel, no es que algunos de ellos hayan sido olvidados, como afirma el autor de la nota, sino que de los aproximadamente 120 que hay hasta la fecha, se siguen leyendo fuera de las fronteras nacionales a menos de una docena (la idea es de Javier Marías, donde hace esa cuenta en un famoso ensayo, para finalizar: visto con amplitud, “el Premio Nobel no dista mucho de un premio provincial”). ¿Quién se acuerda hoy en día de José Echegaray, Premio Nobel de España en 1904?: ni siquiera lo conocen en España; ¿quién lee a Gabriela Mistral, que lo obtuvo en el 45’?: no es más que un dato en una enciclopedia. Por otro lado, después de que le dieran el Nobel de la Paz a Kissinger u Obama, ¿se la puede tomar en serio a la academia sueca?

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