noviembre 27, 2020

La libertad moderna

La libertad de pensamiento es la garantía moderna más acabada para evitar la emancipación, pues pensar libremente en una sociedad moderna no autoriza a hacer cualquier cosa. Esta situación queda mucho más clara con la siguiente cita a Chesterton:

“De un modo general, puede asegurarse que la mejor salvaguardia contra la libertad es el libre pensamiento. La emancipación hecha a la moderna, del pensamiento del esclavo, es la mejor garantía contra la emancipación del esclavo. Enseñadle a torturarse con interrogaciones sobre su propio anhelo de libertad, y os aseguro que no se libertará” [1]

Desde un punto de vista jurídico el libre pensamiento es incoercible, nadie puede saber lo que un sujeto está o no pensando. El libre pensamiento se transforma en objeto jurídico sólo cuando el pensamiento se exterioriza y, en consecuencia, se materializa en libertad de expresión.

Pero incluso la libertad de expresión si es extendida y posibilitada a todos como una garantía moderna amplia e individual se convierte en algo completamente inofensivo. Sino es cuestión de ver las redes sociales y lo que en ellas se discute y se publica todos los días.

La máxima kantiana de la ilustración que se expresa en la sentencia de hacer uso público de la razón para que mediante las palabras se puedan ver las relaciones de poder del orden existente, no significa hacer algo para cambiar ese orden. Dicho de otro modo, en la moderna sociedad en la que vivimos, rodeados de decenas de redes sociales, likes, youtube, facebook, twiter y otros, uno está casi obligado a hacer uso público de la razón, a opinar, comentar, sentenciar, es decir hacer uso del espacio público a condición de obedecer en privado.

De esta manera uno puede ser comunista en el twiter, anarquista en facebook, ateo en linkedin, pro transexual en el whatsapp, pero en privado se tiene que vivir en el capitalismo global, reproducir al Estado en uno mismo, esperar que las relaciones de poder se mantengan (para poder mañana postear e ingresar tranquilamente a la red) y debe estar asegurado que no se te levante un pelo ante una sociedad heterosexual que pone el orden por ejemplo reconociendo sólo dos opciones sexuales en algo tan básico como una identificación personal.

Dicho de otro modo, la clásica imagen del gordo viejo y sucio que chatea con el perfil de rubia sexy es real. Lo políticamente correcto es aparentar ser un crítico agresivo, un cuasi anarquista -dependiendo de la edad-, un claro enemigo del orden establecido, pero eso sí, sólo en las redes sociales, pues en la precariedad de nuestra vida cotidiana no queda otra que mover la cola como una domesticada mascota que obedece al orden establecido. Los ejemplos son miles. Imaginen al anarquista pagando sus impuestos o quejándose porque no hay seguridad ciudadana, imaginen al comunista comprando o publicando sus libros en amazon o pidiendo un crédito cuando las tasas de intereses bajan, o a la lesbiana en la lista de candidatos a elecciones exigiendo que se cumpla la paridad de género.

Y lógicamente, cuando a esta garantía moderna de uso público de la razón pero de obediencia en privado se la pone en riesgo, se la cuestiona o se la atenta, entonces todas las acciones y armas del mundo son legítimas contra los transgresores. Lo que sucedió con una conocida revista en París, y lo que les pasó a los agresores que fueron ejecutados violentamente es una muestra.

Y lo que queda por cuestionarnos es ¿por qué la libertad de expresión se convierte en la base de la contemporánea sociedad moderna? ¿No será que la garantía de la libertad de expresión sea la garantía del mantenimiento del orden, siguiendo lo que dice Chesterton sobre el esclavo ocupado sobre esclavitud?

Es decir que ¿si nos falta el twiter, el facebook, el youtube, las redes sociales en general, estamos condenados a ser lo que somos?

Y si bien esta pequeña intervención no va a cambiar nada y sólo es posible gracias a la libertad de expresión que se critica -libertad tan amplia que permite desconfiar de ella- es posible que se pueda lograr el papel del abogado perverso, es decir, el abogado que Zizek caracteriza así:

“el abogado que, ante el jurado, profiere una afirmación que sabe que el juez encontrará inadmisible y ordenará al jurado que ‘no conste’, lo que es desde luego imposible, puesto que el daño ya está hecho” [2].

Pues bien, aunque es posible que esta declaración no conste, hay que hacer lo (im)posible, es decir hay que hacer el daño y ver que pasa.

Para finalizar debo decir que yo si apoyo a Je suis Charly, pero no Hebdo sino García.


1 Chesterton. 2000. Ortodoxia. Barcelona – España: Alta Fulla, página 130.

2 Zizek. 2013. El año que soñamos peligrosamente. Madrid – España: Akal, página 11.

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