diciembre 2, 2020

En el carnaval todo vale

por: Carla María Ariñez Sanjinés 

¡Preparemos la mistura, inflemos los globos y prendamos los cohetillos que ya llegó el carnaval! Tenemos la sensación de haber estado festejando navidad la semana pasada, como quien dice, y de pronto ¡BUM! ya es febrero y nos preparamos para una de las fiestas más importantes de nuestro país. No sólo porque nosotros lo digamos, también lo reconoce la UNESCO y OJO que este año viene nada más y nada menos que ¡Jude Law! Sé de más de una y uno que deben estar alistando sus mejores galas para zambullirse en el carnaval de Oruro o Santa Cruz con la idea de sacarse una selfie con el famoso actor británico. Esperemos que tengan suerte y puedan pasar su seguridad, que de hecho debe ser traída desde Israel por lo menos.

Volvamos al carnaval. Uno de los aspectos favoritos del carnaval son las máscaras y los disfraces. ¿A quién no le gusta convertirse en otra persona por un día?, ¿o será que sólo somos nosotros mismos cuando nos ponemos una máscara? Me gusta esa idea. En carnaval todos nos ocultamos detrás de esos trajes y antifaces que nos permiten hacer todo tipo de travesura. Nos desinhibimos, sacamos a bailar al que siempre quisimos, damos ese beso tan esperado, farreamos hasta morir y todo queda en el anonimato. ¿Qué pasa el resto del año? Nos detenemos, nos privamos de hacer aquello que queremos, pero no debemos. Por lo tanto el único momento en el que somos libres y somos aquello que queremos ser es cuando en teoría no somos nosotros. ¡Qué interesante! Ya lo decía Nietzsche: “todo espíritu profundo necesita una máscara”.

Otro aspecto del carnaval es que una vez que uno ha cometido cuanta travesura o pecado ha querido llega el momento, en la tradición cristiana, del arrepentimiento y la mesura. Llega por fin la cuaresma. Esa época donde decidimos renunciar a “placeres culposos” (del inglés guilty pleasures). El miércoles de ceniza se acabó la diversión. Esto me recuerda a un ritual que se realizaba en la Salamanca del siglo XVII, cuando Felipe II dictó una ordenanza que durante el tiempo de cuaresma se cumpliera la abstinencia de todo tipo de carne, ya sea animal o carnal. Por este decreto, todas las mujeres “públicas” (como eran conocidas) debían ser llevadas a la otra orilla del río Tormes.

Cuenta la leyenda que durante el tiempo que se quedaban del otro lado de la ciudad, había un cura encargado de cuidarlas y velar por ellas. Este personaje tenía el ilustre sobrenombre de “Padre Putas”. Supongo que el pobre hombre era ciego o realmente no importaba mucho tentarlo, con aquello de que era cura.

Una vez terminada la cuaresma, el famoso “Padre putas”, acompañado de algunos estudiantes seleccionados, retornaba a las prostitutas a la ciudad y el lunes siguiente al domingo de resurrección se armaba un festín con todo tipo de excesos. Esta fiesta continúa hasta el día de hoy en Salamanca y es conocida como el lunes de aguas.

Por lo visto, si te arrepentiste bien durante los 40 días de cuaresma ya cumpliste cupo para todo el año porque antes y después tienes piedra libre. Lógicamente el ahuyentar las tentaciones es algo que se podía hacer en el siglo XVII y no pasaba nada. Ahora la cosa se complica un poco más y es que, ¿se imaginan si a nuestros gobernantes se les ocurriera lo mismo en esta época y con un Decreto Supremo prohibieran las relaciones carnales así sea por un día? Tremendo lío que se armaría y el pasado escándalo del dictador de eliminar el lunes de carnaval con un Decreto Ley 15275 sería poca cosa. Mejor dejemos el carnaval como está y disfrutemos de la alegría donde todo vale.

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