noviembre 28, 2020

Vamos al Mega

por: Jazmín Valdivieso e Iru Rodríguez

Luego del evento del Megapthapi se plantearon diversos cuestionamientos en relación a ¿quiénes van al Mega? ¿Cuáles son los “comportamientos adecuados” en el Mega Center (MG)? Y sobre todo ¿quién/que los determina? Los razonamientos que respondieron rápidamente a éstas preguntas, tenían relación con los tópicos de etnia, racismo, discriminación y apropiación del espacio/cultura. Además de un factor de influencia: la aplicación del teleférico y su capacidad de reducir distancias, que ha ido aumentando la llegada de personas de El Alto a éste espacio y ha puesto ante la lupa social las cuestionantes previamente mencionadas.

Sin embargo, una reflexión más profunda nos lanza una pregunta clave: ¿Qué hace que el Mega sea un centro de confluencia de personas de distintas zonas de la ciudad? En ese instante nos invaden la mente imágenes entrelazadas de las primeras veces que uno visitó el Mega y encuentra: Una gran infraestructura donde “hay de todo” (películas, comercio, comida, juegos, etc.)

¡Consumo!, independientemente de quiénes vayan, con quiénes vayan, cómo se comportan y cómo deben comportarse, las personas van a consumir, es por eso que el presente ensayo se refiere a los que asisten al MG como CONSUMIDORES.

El Mega, un centro de Re–creación [1]

Tras realizar una encuesta [2] pudimos evidenciar que las personas que acuden al Megacenter usan como principal servicio, el cine (cuya cartelera actual propone: El Hobbit La batalla de los 5 ejércitos, Noche en el museo – El secreto del Faraón, Los Caballeros del Zodiaco, entre otros) y la comida (Burger king, Subway, Yogüenfruz, etc.) Otros servicios de menor requerimiento son los juegos (rock and bowl, El Hangar, La Pista, Xtreme Fun, Sky Games, etc.) y el “Shopping” (Totto, Levi’s, Victoria Secret, etc.) (Servicios de los que nos llama la atención su denominación mayoritaria en inglés, estando en un país de habla castellana)

Las personas encuestadas aclararon la dificultad de considerar un consumo por visita, es decir, que los consumos van ligados: “Si vengo a ver una película, también tengo que comer y ¿por qué no darme un paseo por las tiendas?”.

Esto responde a la función del MG como espacio neto de consumo “bienes, servicios e infraestructura”. La última, de acuerdo la arquitecta Aparicio, responde básicamente a una tipología desarrollada en los suburbios de Estados Unidos (Mall), con espacios cerrados hacia el exterior que invitan a entrar a los consumidores.

Lo que consumimos es cultura

Los bienes y servicios claramente responden a las necesidades (creadas o reales). El consumo sea cual fuere siempre conlleva un matiz cultural, en palabras de Althusser “la sobredeterminación”, pero los más difundidos por el MG hacia los consumidores, son claramente foráneos y dan paso a la “hibridación cultural [3]”, tanto entre los consumidores como con los bienes importados que se ofrecen en este espacio. En estas relaciones, es determinante la decisión del consumidor al aplicar una negociación crítica sobre su consumo.

La opinión de los consumidores encuestados da como resultado una clara preferencia por el MG, por encima de otros espacios de recreación más accesibles y cercanos al lugar de su residencia. La justificación a esta respuesta, tiene que ver la conceptualización creada respecto al MG y el imaginario social en la que desemboca.

El 40% de las personas encuestadas, lo consideran un Cine, lugar de recreación o diversión; un 38% como un centro comercial y un 22% como un lugar de encuentro (lo que nos demuestra que su conceptualización está relacionada a sus consumos más frecuentes) y la totalidad de personas aseguró que volvería al MG, lo que implica una satisfacción de sus necesidades y la existencia de una multiculturalidad consumista democrática, negociada por el MG y sus consumidores.

Identidad del consumidor ¿soy lo que consumo o consumo lo que soy?

El ambiente y los servicios que ofrece el MC crean una identidad de mercado [4] en la que convergen identidades individuales flexibles a través de sus preferencias que cuando se comparten de manera colectiva, se legitiman y como consecuencia se apropian de espacios y productos (“Invadieron NUESTRO espacio”, en la opinión de una consumidora).

Si la necesidad de consumo de los servicios del Mega es legitimada por la identidad de mercado que el espacio ofrece ¿qué diferencia habría entre un consumidor y otro?

Una probable respuesta, de un grupo mayoritario, sería “la cultura” (reduciéndola y confundiéndola con el concepto de educación); sin embargo, tras este proceso de flexibilización de identidad sucede lo que Giménez denomina como aculturación (proceso que resulta de los diferentes contactos entre grupos de cultura diferente).

La yapita

Entonces, la causa de la confluencia de los consumidores, no reside en sus diferencias culturales, sino en la similitud de su identidad de mercado. El sujeto como lo decía Canclini, ya no se define por su territorialidad si no por su movilidad y des-territorialidad, en este caso, aplicada al mercado.

Sólo tras haber identificado nuestros consumos culturales (foráneos) en el MG, la negociación que planteamos a través de nuestras “necesidades” y la influencia que éstos tiene con la formación de la identidad, se pueden comprender las relaciones de los individuos dentro de éste sistema.

Mientras mantengamos el imaginario de que un centro de recreación es sinónimo de gran infraestructura y cultura foránea, seguiremos envueltos en la dinámica de relegar las producciones nacionales en comparación con lo importado.


* Estudiantes de la carrera de antropología en la UMSA

1. GARCÍA, N. Consumidores y ciudadanos. Grijalbo Editorial. México. 1995

2. Universo: de 40 personas (en predios del Mega Center)

3. GARCÍA, N. Cultura hibridas.

4. GIMÉNEZ, gilberto (2003) “Cultura, identidad y metropolitanismo global” UNAM

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