diciembre 5, 2020

En defensa de la femme fatale

por: Franco Sampietro

En la historia de Occidente pocas mujeres, con una osadía y voluntad ejemplar, se rebelaron contra la sumisión a la que estaban condenadas. En esa lucha desigual, además de inteligencia y astucia usaron el sexo para evitar el dominio del varón y eludir las trabas que les imponía la sociedad patriarcal. Se presentaban insaciables y parecían particularmente malvadas. Seducían sin entregarse, disimulaban sus emociones y se valían de la mentira y la violencia tanto como de la gracia.

El sentimiento ambiguo de fascinación y a la vez de rechazo que esa actitud provocó en el hombre creó, en siglo XIX, el mito de la mujer fatal: ángel y demonio a un tiempo. Ya tenía sin embargo antecedentes desde la antigüedad pagana. De hecho, estaba en germen en la prostitución sagrada de las sacerdotisas del templo de Ishar en Babilonia. En la Atenas clásica Afrodita era una diosa erótica, y la prostituta común había sido superada por una categoría de estas, la hetaira, que brindaba una forma de compañía sofisticada y una sensualidad refinada, prohibida a las mujeres casadas.

El imperio romano conoció a varias; entre ellas, la reina egipcia Cleopatra, que fascinó a los generales Julio César y Marco Antonio más por su talento político que por su belleza, ya que “no era tan incomparable como para causar asombro y admiración”, según Plutarco. Mesalina, esposa del emperador Claudio, no vacilaba en suprimir a los hombres que obstaculizaban sus intereses y terminó finalmente decapitada por orden de su marido, al que intentó usurpar el trono. Teodora –acusada de llevar una vida disoluta-, compartía el poder con el emperador Justiniano y llegó a inspirar una legislación favorable a las mujeres. Actriz y bailarina, Thais alcanzó a brillar en la corte de Alejandría, fue amante de Alejandro Magno y del rey Ptolomeo y después de una vida licenciosa terminó convertida al cristianismo por un anacoreta (no obstante Dante la condenó al octavo círculo del infierno).

El Antiguo Testamento incluyó a mujeres fatales como Dalila, Judith y Salomé. El Nuevo (mucho menos rico), solamente a una pecadora arrepentida, María Magdalena. Y es que la tradición judeo-cristiana impuso la noción de la peligrosidad de la sexualidad femenina, encarnada en Eva. En los relatos de la Edad Media, aparecen hadas con rasgos encantadores pero maléficos, como Morgana. La prohibición de la sexualidad fuera del matrimonio y ajena a la reproducción condenó a las cortesanas, y la figura de la mujer fatal desapareció por largo tiempo del imaginario público, el arte y la literatura.

Hubo que esperar al Renacimiento italiano para que las intrigas de la corte fueran el marco adecuado a la reaparición de mujeres con poder maléfico. Lucrecia Borgia pertenecía a una gran familia famosa por su corrupción política y sexual. La leyenda la involucró en los crímenes tramados por su padre –el papa Alejandro VI- y su hermano –el déspota César Borgia-, con quienes se supuso mantenía relaciones incestuosas. Tenía fama de envenenadora y se decía que llevaba un anillo hueco donde ocultaba la pócima: el veneno no dejaba de ser una metáfora sobre la doble cara de sus encantos.

En las cortes europeas absolutistas de los siglos XVIII y XIX surgió un revival ilustrado de las hetairas griegas como las favoritas de los reyes, que en sus brazos descansaban del estrés del poder. La más célebre fue Madame Pompadour, amante de Luis XV, mujer sofisticada, protectora de las artes e impulsora de la Ilustración. La inglesa Lady Hamilton, hija de un herrero, acabó casada con el embajador británico en Nápoles, William Hamilton, y fue el escándalo de toda Europa al ser amante de la reina María Carolina y al mismo tiempo formar un trío con su esposo y el Almirante Horace Nelson. Otra inglesa, Eliza Rosanna Gilbert (conocida por el nombre artístico de Lola Montes), fue amante de Franz Litsz y sedujo al rey Ludwig I de Baviera, a quien manipuló para hacer reformas modernizadoras.

Pero la voluptuosidad combinada con el poder político y el despotismo ilustrado no alcanzó su esplendor sino hasta el siglo XVIII con Catalina la Grande de Rusia, cuya desmesura impidió que ninguno de sus muchos favoritos incidiera en el gobierno.

La América colonial, asimismo, brindaría sus ejemplos locales. En el siglo XVI, una aristócrata chilena, Catalina de los Ríos, dizque lúbrica y asesina, escandalizó la aburrida vida de la Capitanía General de Chile. La llamaban la Quintrala: nombre de una planta venenosa. En el temprano XIX, Ana Perichon tuvo una agitada vida social, erótica y política en la Argentina en ciernes; se la supuso espía, protectora de contrabandistas y gestora de negocios turbios. Era amante del virrey Santiago de Liniers y se la llamó Perichona como apócope de Perricholi: perra y chola.

Hubo que esperar hasta avanzado el siglo XIX para que este tipo de amor extravagante, limitado hasta allí a las alcobas de la nobleza, se extendiera a círculos más amplios. A esta democratización de la líbido contribuyeron al menos dos factores: el debilitamiento del poder de la Iglesia sobre las costumbres y la tendencia del capitalismo hacia el consumo, que implicaba reemplazar el ascetismo de la moral religiosa por el hedonismo y el despilfarro (que en el caso de la hembra, la volvía un signo del poder adquisitivo del macho).

La Primera guerra mundial creó las condiciones para el vínculo de la mujer fatal con la política. El caso más famoso fue el de la bailarina exótica Margaretha Geertruida Zelle, conocida como Mata Hari, que acabó condenada a muerte en Francia, acusada de espionaje. El ejemplo de Mata Hari muestra a las claras la doble moral de la sociedad burguesa, que por un lado usa a estas mujeres y por otro necesita aparentar los fundamentos de la familia, principal base de los derechos de herencia.

Podemos aventurar que en este marco se oficializa el mito de la femme fatale, claramente originado por las maledicencias y el resentimiento de las mujeres casadas y los varones frustrados. Ello quedó plasmado en las artes plásticas, la literatura y aún la filosofía. Schopenhauer (El amor, las mujeres y la muerte, por ejemplo) y Otto Weininger (Sexo y carácter) unieron la sexualidad a la misoginia, para contribuir a la erotización satanizada de lo femenino. También se imponía en la época una filosofía de la historia que anunciaba el ocaso de la civilización moderna (La decadencia de Occidente, de Spengler, era uno de sus íconos) y donde la mujer era una de las causas de esa caída. Tanto en la pintura (de índole prerrafaelista) como en la poesía (Gabriel D´Annunzio, Dante Gabriel Rossetti, Edward Burne-Jones, por ejemplo) pintaban la misma fémina: largas cabelleras ondulantes, cuerpo serpenteante, cuello de cisne, boca sensual, mirada perdida y poses lánguidas. (De hecho, al período posterior de las grandes divas del cine italiano se lo llamó “prerrafaelismo mal asimilado”). Era, en suma, una rara mezcla de misticismo y sensualidad, que dilataron después los simbolistas franceses y los decadentistas, como Gustave Moreau, que las asimiló a la mitología pagana, o Flaubert con su erotismo necrófilo (Herodías), u Oscar Wilde con su hedonismo decadente (Salomé). También, con la pluma de Wilde y la pintura de Beardsley se inicia el toque andrógino en las mujeres fatales, peculiar de una cultura homosexual sofisticada, que continuaría con Cecil Beaton y Visconti, y que sin duda cautivaba por igual a varones y mujeres (Marlene Dietrich, Greta Garbo, fueron su sello)

Una nueva vuelta de tuerca toma el modelo a partir de los años 40´, cuando surge el cine negro, que cuenta entre sus personajes a un nuevo tipo de mujer perversa –en la que se han gastado ríos de tinta describiéndola- sin los artificios de su predecesora y con una mayor complejidad psicológica y ambivalencia moral. Hasta que en los 50´un estruendoso paradigma la desplaza: la pauta no la da ya la gran diva, sino la muñeca de almanaque. Adorno lo resume en su lacónica descripción de Marilyn Monroe: “la rubia tonta”, que no sabe actuar, cantar ni bailar y sólo está allí para que la manosee el actor cómico. En la década siguiente vuelve a cambiar ese gusto, palmariamente impuesto (acorde a un mundo cada vez más consumista): se impone la antivamp, con Brigitte Bardot en los filmes de Roger Vadim. De la ropa extravagante de ayer a la vestimenta informal, del sinnúmero de misterios de la mujer fatal al despojo total, al punto de mostrar su desnudez como una prueba de mostrarse accesible a los hombres. Una suerte, así, de mujer-niña …que Vladimir Nabokov retuerce hasta la apoteosis al presentar su novela Lolita (1958) donde el objeto de deseo sexual masculino es una adolescente de catorce años. No ya la mujer fatal, sino la nena fatal.

De los 60´ a esta parte no se vieron más que variantes retro, ninguna digna de revolucionarnos o siquiera escandalizarnos. Casi todo estaba hecho, ya que las modas vintage que siguieron rescataron a las viejas divas, pero ya no se trataba de fans multitudinarios sino de grupos cultistas con esa sensibilidad que Susan Sontang llamó camp: especie de nostalgia irónica por las cosas pasadas.

Otras causas, por supuesto, se debieron al mismo cambio de la sociedad, que trocó también la situación femenina. La inclusión de la mujer en el mercado laboral, la caída de tabúes sexuales y las relaciones más fluidas entre los sexos trajo la decadencia de esa imagen “enigmática”, que más bien pasó a ser cursi. A la par, el ataque de las feministas al uso de la mujer como objeto tuvo un papel decisivo (hoy día en países de Europa están prohibidas, por ejemplo, hasta las series de Beni Hill por fomentar ese esquema). Sin duda durante siglos –qué digo: milenios- al modelo de la mujer lo definieron los hombres para su propio provecho.

Y sin embargo, es claro que las feministas radicales no advierten el significado ambiguo de la femme fatale de antaño. Es decir, su lado de subversión contra el estereotipo tradicionalista de la esposa, madre y ama de casa. Después de todo tenían una sexualidad propia y al margen del matrimonio, y se movían en el mundo con la desenvoltura de un varón. Pero con mucho más riesgo y por lo tanto valentía. Para ellas la libertad personal era un valor superior a todo, incluso superior al amor.

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