diciembre 2, 2020

Jenny von Westphalen

Hace poco más de 200 años, en febrero de 1814, nacía en Prusia, actual territorio de Alemania, Jenny von Westphalen, conocida entre los de habla hispana como Jenny de Westfalia. La conocemos por haber sido la esposa de Carlos Marx. Esto, sin embargo, no es un desmerecimiento a su figura. No son pocos los biógrafos del padre del socialismo científico que coinciden en que sin la existencia de Jenny, posiblemente El Capital nunca hubiera sido escrito.

Y este tributo es para ella, no para Marx, aunque hablar de uno es imposible sin tomar en cuenta al otro. Pues no se trató solamente de una devota esposa y amorosa madre, sino de una pensadora e impulsora que inspiró a la cabeza más grande del siglo XIX. Hija de una familia aristócrata, nacida con todas las comodidades propias de su clase, abandonó aquello por un amor apasionado y se entregó a una vida de aventuras, gloriosas y miserables, que definieron el curso de la historia de la humanidad.

No debemos, sin embargo, pensar en ella condescendientemente. Su vida fue sacrificada, pero por elección propia. No se debe pensar en ella como la abnegada esposa que acompañó a Marx como furgón de cola a través de la Europa continental, sufriendo pobreza y exilio. No fue una seguidora, sino una compañera. Las ideas de la Ilustración, del humanismo y del pensamiento científico fueron adoptadas por ella con espíritu crítico. Ella creía en la causa que defendía junto a su esposo, nada más puede explicar su perseverancia. Perdió a cuatro de sus siete hijos, producto de la pobreza y la enfermedad. Aún así, siguió luchando.

Por el coraje de su determinación, no es difícil ligarla a otras grandes musas revolucionarios de su siglo, como Manuela Sáenz o Juana Azurduy de Padilla. ¿Qué tienen en común? A pesar de las cadenas que su tiempo imponía a las mujeres, estas no se conformaron con la vida acomodada en la cual nacieron. Tenían hambre de más y el pequeño molde que asignaba el rol de ama de casa a su género les resultaba muy pequeño.

Amaba, como Marx, las obras de Shakespeare. Su nivel cultural era más que apropiado para acompañar el genio de Karl. No sólo ayudó a l desarrollo de El Capital transcribiendo la ilegible letra de su esposo, sino que fue su primera y más severa crítica, que no sólo comprendía la construcción teórica de lo que ahora llamamos marxismo, sino que también refutaba, añadía y enriquecía.

Falleció en diciembre de 1881, en su pequeña vivienda de Londres. Marx sólo pudo sobrevivir dos años más sin ella. Ya se había separado una vez en 1856. En aquella ocasión, cuentan los biógrafos, Karl se deprimió tanto que no pudo continuar con su obra intelectual y se refugio en los dramas de la literatura y del teatro. Su ausencia resultó fatal.

Cierro esto con una popular carta que Marx le escribiera a Jenny en 1856: “Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientos”.

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