noviembre 29, 2020

Carta abierta a Luis Espinal

por: Luis Camilo Romero

Estimado Lucho:

Transcurrieron 35 años desde que nos dejaste y parece que fue hace poco. Recuerdo nítidamente esos días que después que asistías al cine, unos desalmados te llevaron al matadero y después de esa sádica y cruel tortura, en la noche del 21 de marzo, 13 balazos sepultaron tu cuerpo y con ello nos demostraste que, lo que predicaste también se cumplió: “la vida es para eso, para gastarla por los demás”.

Y es que estabas decidido a aceptar tu propia muerte, pero sin ribetes de heroísmo. Aceptaste morir por la causa del pueblo, pero como muere el pueblo, sin alardes… ¡de la forma más sencilla!

Quienes vimos, leímos y seguimos tu testimonio en vida difícilmente podremos excluir de este momento que atraviesa el país, la misma fuerza de tus editoriales, tus comentarios de cine, tus homilías o tus Oraciones a quemarropa, que fueron el eje orientador y la guía necesaria para señalar el camino del pueblo en sus luchas cotidianas.

Hoy quisiera encontrarte de nuevo en este escenario que vive tu pueblo, que acompañó tu féretro al cementerio de La Paz, que lloró al despedirte, que recuperó la memoria de tu palabra en cada año que realizamos las romerías a Achachicala y que, con oraciones y canciones, rememoró las dimensiones del hombre íntegro, de aquel hombre que nos enseñó a ver cine, de aquel periodista que supo decir la verdad, de un defensor inclaudicable por los derechos humanos y un sacerdote comprometido por la causa de los pobres hasta el final.

Hoy te contaría la desesperanza de ese mismo pueblo que, al paso del tiempo, parece desilusionarse de lo que reclamó, luchó y peleó en tu tiempo, al igual que tú, cuando decíamos que íbamos a luchar por cambiar y transformar la situación que nos dejaron las dictaduras.

Hoy te contaría de aquellos que entregaron y vendieron a la patria, los que la descuartizaron y pretendieron dividirla, pero también de esa patria ilusionada en un nuevo futuro cargado de esperanza.

Hoy me gustaría mostrarte a los que tú mismo conociste, que te dieron la mano y apostaron por una vida digna y dijeron que nunca renunciarían a este desafío, y que lamentablemente, los vemos al otro lado de la acera compartiendo el proyecto de los poderosos.

Son los rostros de la traición, los “neoliberales de los tiempos de cambio”, los que disfrazados de corderos esconden una identidad falsa y son los mismos “lobos” que encontramos en el pasado y que ya nos anuncian que, el verdadero cambio, está muy lejos.

Hoy también te mostraría tu Iglesia, no a la que llamaste pueblo de Dios, con la que celebraste en tu comunidad, en tu barrio, las eucaristías y que recogiendo sus testimonios, te comprometías a ser su portavoz en las luchas cotidianas del pueblo boliviano.

Hoy te mostraría a una iglesia de los jerarcas, olvidada del Dios de los pobres, de aquella que “condena a todos y a nadie”, aquella que en los últimos años se ha convertido en cómplice de los círculos del poder departamental, muy pegadita a las grandes logias y de los latifundistas del oriente que avasallan territorios indígenas, explotan y violan a jóvenes indígenas.

Sí, es aquella Iglesia la que aparte de su silencio cómplice como institución, nos sorprende todavía a algunos viendo a sus sacerdotes celebrando misas a favor de los poderosos. Es decir, justificando el latifundio y negando territorio a sus dueños legítimos y negando, en los hechos, su discurso demagógico de “opción por los pobres”.

Hoy te hablaría de aquel pastor que se auto relegó de su rebaño y se apartó de sus propios hermanos que continúan marginados y excluidos en su propia tierra; ellos, que sin territorio y sin nombre, siguen siendo esclavizados por sus propios hermanos y llevan la dignidad de los pueblos en la zona guaraní, ayorea, chiquitana y moxeña.

Hoy te escribo con profunda preocupación y te traslado el sentimiento dolido de todo un pueblo que te reclama que hagas eco de tu palabra, con la fuerza de los que ponen el dedo en la llaga sin temores, necesitamos de tu voz firme y radical que, sin rodeos, señale claramente a los que mancillan la dignidad de tu pueblo y les llame como Jesús a los fariseos de ese tiempo: “hipócritas, raza de víboras, sepulcros blanqueados”.

Hoy queremos de nuevo tus Oraciones a Quemarropa, que “quemen” la conciencia de quienes le traicionaron a nuestro pueblo, porque tú no fuiste ese cristiano de silencio, como vos mismo les dijiste a aquellos que no se identificaron con nada: “no protestan por las injusticias, porque están esclavizados al Estado por la persecución o por el compromiso, comprados por el miedo o por el oportunismo”.

Hoy, personalmente, te pido que vuelvas a dejarnos las semillas de ese Espinal que conocí, para que brote la esperanza, para que germine una conciencia para los que vendrán, verdaderos luchadores por el cambio, para que entreguemos, con nuestro trabajo, lo que tú nos enseñaste: “y si un día nos toca dar la vida, lo haremos con la sencillez de quien cumple una tarea más”.

Tu hermano,

Luis Camilo Romero

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