diciembre 3, 2020

Cumbre agropecuaria: entre continuidad colonial y descolonización

“No se trata de producir por producir” reflexionaba el compañero Rodolfo Machaca de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) con los productores organizados alrededor de la Coordinadora de Integración de las Organizaciones Económicas Campesinas (CIOEC).

Y tiene razón, una cosa es producir en el marco de la economía capitalista y otra es producir para la construcción del socialismo comunitario.

Aquí es donde se tiene que clarificar políticamente la Cumbre Agropecuaria, pues los empresarios tienen intereses sustentados en la acumulación capitalista, mientras que, por el otro lado, los campesinos (como sujeto histórico de la revolución boliviana) tienen intereses que provienen de la producción familiar y por ende distanciados y diferenciados de la acumulación capitalista.

Se trata de lógicas diferentes que suceden simultáneamente en el mismo espacio, que es nuestro Estado Plurinacional de Bolivia.

Estas dos perspectivas son las que se pusieron en mesa de debate en la Cumbre, no es sólo producción, es en definitiva, la lucha política en su formato de continuidad colonial o descolonización.

Aquí es donde conviene, entonces, replantearnos el debate, no es cuestión de semilla, mejoramiento de la tierra o incremento de la producción, sino de la producción como cuestión revolucionaria, profundamente política.

No se trata de darles más créditos a los empresarios, facilitarles el acceso a más tierras o finalmente subvencionarles la producción, como hacen los gringos en los iueseis, sino de producir para la vida, producir alimentos como acción política de los pueblos, no como negocio privado para ganancia también privada.

Pero a la vez se trata de dar un nuevo impulso a la descolonización de la alimentación, hoy sabemos que la quinua ha logrado batir records mundiales en su precio, producción e industrialización, tanto que buena parte de la producción en el altiplano boliviano ha entrado a la siembra de quinua en desmedro de otros productos, la actividad ganadera de camélidos y ovinos particularmente.

Se requiere un ajuste estatal con consenso social de los pequeños productores que son, en el momento, la base fundamental de la producción de alimentos para bolivianas y bolivianos.

Descolonizar la producción agropecuaria, significa entonces, retomar la producción tradicional, darle valor económico, sentido histórico a la vez que acción revolucionaria.

Y cuando decimos sentido histórico, significa que la producción de la quinua, como la ganadería de camélidos, no debe verse sólo como inversión y ganancia, sino fundamentalmente, como un lugar estratégico para desnudar el racismo de base colonial.

Para entender mejor la afirmación veamos los casos de la quinua y la llama.

“Siento que es de fundamental importancia descolonizar la alimentación convencional para nutrirnos con otros alimentos que hacen tanto bien a la humanidad en su conjunto, como la quinua”

“La carne de llama es la próxima en ser reconocida por la FAO”.


Ambas son frases que el presidente Evo Morales las dijo en Roma, a tiempo de ser designado como Embajador especial de la Organización de las NN.UU. para la Agricultura y la Alimentación 2013.

¿Qué tienen en común estos dos alimentos? Pues son dos víctimas del orden colonial en materia de alimentación. Y tuvo que ser el Jefe del Estado quien nos lo recordara.

Hasta hace no mucho tiempo, tanto la quinua como la carne de llama eran señaladas despectivamente como “comida de indios”.No sólo eso, sino que estaban estigmatizadas como “alimentos pobres en calidad alimenticia”.

Hoy están reivindicadas por la ciencia y por la historia, y en ello estriba la importancia de la designación realizada por la FAO.

Sus precios, de hecho, se han disparado, junto con su demanda en países del primer mundo. En Bolivia este incremento se siente en los bolsillos.

Hace tiempo, el Mandatario recomendó “descolonizar las Naciones Unidas” en el seno mismo de la ONU.

La FAO inició la descolonización de la alimentación y lo hizo de la mano de la quinua, grano despreciado por el colonialismo interno.

Los antiguos habitantes de estas tierras nos heredaron el futuro, y lo hicieron pensando en el Suma Manq’aña (comer bien) como augurando que el mundo comería “chatarra” y que padecería hambre.

Pero es un mundo que tiene hambre por exceso de producción.

Efectivamente, señala Paul Nicholson, coordinador en Europa de la Vía Campesina que:

“El hambre en el mundo no es consecuencia de problemas naturales o técnicos, sino el resultado de una mala distribución y de políticas económicas y agrarias excluyentes, especialmente, de la agricultura familiar. Los alimentos representan una necesidad vital… son mucho más que una mercancía. Los alimentos tienen un valor estratégico y los mercados alimentarios son un arma de destrucción masiva.”

Y acota Jean Ziegler: “El hambre persistente y la desnutrición crónica son obra del ser humano. Son el resultado del orden asesino del mundo. Quien muere de hambre es víctima de un asesinato.”

En la Cumbre Social Alternativa a la 42 Asamblea General de la OEA, la comisión N° 1 “Seguridad alimentaria con soberanía” dijo con toda claridad: “Es fundamental y de prioridad dar cumplimiento al derecho humano a la alimentación, para garantizar una vida digna, soberana y plena para el Vivir Bien de todos los pueblos del mundo.”

Lo que el maná bíblico significó para la tribu de Israel, hoy la quinua significa para la humanidad entera: su salvación.

Mañana le tocará a la carne de llama, luego a la flora y farmacopea, a todo alimento despreciado por la extirpación de idolatrías que se inició en el siglo XVI y que durante gran parte del siglo XX siguió vigente, pero que en el siglo XXI está en crisis y retirada.

Cuando Alain Touraine recomendó a Evo Morales escoger entre el camino de Lula da Silva o el de Hugo Chávez se equivocó por completo. Bolivia escogió el camino de la humanidad entera.

Vivimos tiempos de descolonización, no hay duda.



*    Es abogado.

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