diciembre 4, 2020

El conspirador sepultado

por: Rafael Artigas

Tras la anulación de la personería jurídica del partido de Ernesto Suárez (UD), decidida por el Tribunal Supremo Electoral, se trató de encontrar chivos expiatorios por todos lados, desde mostrarlo como víctima de un complot contra su candidatura y un “golpe a la democracia en Beni”.

Lo que los medios privados no supieron explicar –o lo ocultaron adrede– es que Carmelo Lens, actual gobernador, con una ingenuidad digna de político principiante, difundió en conferencia de prensa los resultados de una encuesta interna que no estaba autorizada. Leyó de principio a fin los números favorables de Ernesto Suárez y UD, y lo peor, desahució también a los rivales electorales de éste.

¿No sabía acaso Lens, en su condición de jefe de campaña de UD en el Beni, el mandato del parágrafo III del artículo 136 de la Ley de Régimen Electoral? Tal parece que no, aunque existen rumores que señalan que lo que hizo fue adrede, porque Ernesto Suárez no permitió que su esposa sea candidata a alcaldesa; hay algunas pugnas de poder en medio que ya saldrán a la luz.

Detrás de la hipocresía de los que ahora defienden a Suárez, incluyendo los medios privados, candidato que en el pasado sacó a pasear su xenofobia, su desesperado afán de poder y su hambre de belicismo, está el tratar de tapar ese horrible pasado de un Suárez con actitudes neo–fascistas que una gran mayoría desconoce en el país.

Suárez viene cargado de un pasado golpista, son sus propios testaferros quienes ocultaron sus últimos 7 años, cuando desde 2006 se alió con la oligarquía cruceña junto con el otrora radical Comité Cívico de Branko Marincovic y los otros prefectos de la llamada media luna (Manfred Reyes Villa, Leopoldo Fernández, Rubén Costas y Mario Cossío).

Todos juntos lideraron la estrategia conspirativa contra el gobierno de Evo Morales, conjuntamente con los cívicos de la oposición, en 2007 y 2008, contra la Asamblea Constituyente, promoviendo, desde su apoyo logístico, la toma de instituciones en Santa Cruz y alertando el discurso de la autonomía y los referéndums autonómicos, con afanes de dividir el país. ¿No fue ese un terrible golpe a la democracia?

La historia de los “coroneles” en el Brasil es pequeñita al lado de la historia de Ernesto Suárez y Leopoldo Fernández en la amazonia boliviana. Rostros del pasado banzerista y emenerista que construyeron su poder desde la coerción y la violencia; recordemos ese último acto violento como fue la Masacre de Pando.

Suárez tampoco llegó limpio de conciencia a ejercer la gobernación en Beni porque la Asamblea Legislativa Departamental lo suspendió de su cargo por denuncias de corrupción, optando por renunciar para habilitar una nueva elección, que terminó con la elección de Carmelo Lens.

Esos pactos políticos de último momento, como los que agita desesperadamente Suárez, también señalan su inconsistencia organizativa y sin propuesta para largo plazo. Son pactos de los neoliberales de este tiempo que nos hablan de la fragilidad de los valores que tiene la oposición.

Esa misma lógica se replica en algunos candidatos en Cochabamba, Chuquisaca o Tarija, que en su desesperación por no hundirse y fracasar, buscaron a candidatos de linda trayectoria, con un perfil de luchadores y comprometidospor la región, sin darse cuenta que lo fundamental –trabajar por la región y su desarrollo– no es en el fondo lo que les interesa.

Por la angurria de tener más protagonismo político, la oposición boliviana en su clásico estilo del tiempo neoliberal pretende arrebatar el voto ciudadano por el sólo hecho de ganar por ganar al partido oficialista, sin perfilar una propuesta viable de desarrollo, de resolver sus problemas cotidianos a su gente que ya se cansó de aquel pasanakude los años noventa y principios del 2000.

Lo que está claro es que Ernesto Suárez, con la ayuda de Carmelo Lens, cavó su propia fosa y ya no podrá resucitar a la vida política como quiso hacer Tuto Quiroga, porque ya se enterró y ahora es un cadáver más.


*    Rafael Artigas, es comunicador e investigador orureño.

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