diciembre 5, 2020

Jesús Urzagasti y la novela como poesía

por: Franco Sampietro

Un libro es una especie de espejo: si un mono
se mira en él, no ve reflejado a un apóstol.


Georg Lichtenberg (1742–1799).



Del sinnúmero de escritores que ha dado Bolivia hay uno que sobresale muy por encima de la media, en base a una originalidad que mientras más se ahonda más explica las reacciones de estupor o de ninguneo que ha provocado entre sus contemporáneos. De acuerdo al dictamen de Proust, “los libros que amamos parecen escritos en una lengua extranjera”, y ese es el motivo de que el chaqueño Jesús Urzagasti no sea más conocido: es demasiado bueno y profundo. Tampoco existen casi ensayos sobre su obra, justamente por lo mismo: casi nadie se le anima.

Y sin embargo, no se parece a ningún otro. En primer término, por el sitio insólito desde donde escribe: lo chaqueño (que no es lo mismo que el Chaco). Es decir, se trata de un espacio y tiempo míticos, donde el mínimo objeto es digno de ocupar un diáfano primer plano. Más que un lugar, es una proyección del yo sobre la realidad; como si el camino más directo para captar la esencia de sus laberintos fuera una sensación más que la constatación de una realidad. Como si el hacedor viera a ese lugar más como historiador que como observador: atento a los valores que determinan los deseos de un individuo o un grupo. Es, básicamente, una manera “chaqueña” de ser y estar en el mundo (aún cuando la historia transcurra en los Andes o en Europa). Es ese pulso monótono que Urzagasti nos hace confundir con la magia en tantas instantáneas que lo representan de un modo indirecto: cuadros costumbristas, escenas oníricas, ensoñaciones, objetos simbólicos. La imagen, entonces, aparece como un enigma que contiene el secreto de la obra entera. Incluso más aún: ni siquiera designa objetos sino cualidades y procesos inestables; conserva el neologismo pero se aleja de la realidad que le sirvió de soporte. El relato, así, se convierte en una ilustración de los poderes del lenguaje y lo acerca al funcionamiento de la poesía.

Una plasmación textual semejante irrita a un mal lector, ya que debe saborear cada párrafo sin pretender llegar más allá, porque a menudo ese más allá no existe. Y es que la intriga en Urzagasti es una suerte de fábula metafísica. En cada trabajo suyo hay un héroe a la medida humana que recibe una llamada del exterior o de sí mismo y parte simbólicamente en busca de algo (una verdad, un deber ético, su propia identidad). En ese viaje platónico el héroe transgredirá lo prohibido, para llegar a una especie de muerte figurada, que no es sino la señal de un renacimiento interior. Aventuras concretas pasan pocas, ya que el acontecimiento en él es vértigo y espectáculo. (Palabras claves de sus ficciones: maravilla, fábula, espera, resonancia, poesía, plenitud).

Y sin embargo, contiene todo el vigor de una fábula moderna, que no sólo se acopla al aire de nuestro tiempo, sino que se alinea con las tendencias más renovadoras y exquisitas de la narrativa de estos comienzos de siglo. Claramente no surge sólo de los materiales que le proporciona la vida, sino que también crece, misterioso, sobre otros libros. En sus mejores momentos, se palpa el fruto de un espíritu nuevo y fresco que absorbe, transforma y finalmente restituye, con una forma inédita, la enorme materia literaria que lo precede. Porque no sólo contiene la belleza extrema de cierta modernidad, sino que –me atrevo a aventurar– se proyecta con sombra inquietante en el panorama de la literatura futura.

Eso le viene, como es claro, de la sugestión de su estilo. Su obra es la apoteosis, la victoria del estilo sobre la trama: se basa en una percepción profunda de la condición humana conectada con las ventanas de la alta poesía. Hay allí una dignidad de la pereza, una libertad disgresiva del fragmento, una propulsión por la expresión que menosprecia la intriga: una especie de poética de la lectura. De modo que sus tramas, por fuerza, devienen lentas, como corresponde a una metafísica de la inactividad y de la ensoñación solitaria. O mejor dicho: hay un contagio nebuloso entre la trama lenta y un estilo que avanza a zancadas mientras la trama, como una mala sombra, le sigue a duras penas en un segundo plano.

Y sin embargo, hay algo más en el estilo de Urzagasti que hace pensar en una fiebre anticipadora, en un sentimiento de inminencia, en la presencia de una fuerza latente y acaso amenazante. Su literatura es de percepción, no profética, pero es como si supiera –transfiriera– la noción de que un aspecto imprescindible de la gran poesía es ser como un espejo que se adelanta. En efecto: crea un instrumento para enseñorearse de la irrealidad en la que la realidad cotidiana pierde sentido y en cambio da lugar a una realidad más real, más rica, más sobrecogedora.

Tomemos un ejemplo: las mujeres. La belleza femenina en Urzagasti posee dos aristas: es agreste, feraz, mestiza; y a la par, es esplendorosa e inalcanzable hasta la fascinación. Así, cuando anota: “una hermosa potra trabajada por la sensualidad de las repentinas revelaciones” (De la ventana al parque) se refiere menos a los encantos físicos de una fémina que a un culto espiritual del erotismo. Tan inalcanzables –y al mismo tiempo de la tierra, como una fruta a punto– que sus mujeres podrían ser parte de la mitología celta: hermosas, luminosas, excepcionales, con un temperamento viril, inteligentes, libres en cada elección y hasta con un aspecto solar. (Toda su obra, por cierto, trasunta un fuerte contenido erótico: como corresponde a un poeta).

O acaso la definición más correcta consista en decir que Urzagasti, como novelista, es un poeta exquisito. Su pérdida aún reciente nos deja una obra todavía por descubrir en Bolivia, en la que brillan con más intensidad sus últimas entregas: Un verano con Marina San Gabriel o El último domingo de un caminante (y no, como se cree, la primeriza Tirinea: la más famosa), ya que se trata de un autor que fue evolucionando y decantándose de a poco. Su difusión es más dificultosa todavía por el hecho de que publicó la mayoría de su obra por su propia cuenta o en sellos independientes. Un autor, por cierto, que merece un lugar más alto en nuestro módico Parnaso. Aunque a él, seguramente, eso le tiene sin cuidado mientras nos mira desde lo alto, pues según Álvaro Mutis, “la condición de poeta es un pasaporte seguro para irse al Paraíso”.

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