noviembre 29, 2020

Vivir Bien, discursos y realidades: la Hora del Planeta o el Tiempo de la Madre Tierra

por: Cynthia Silva Maturana * / Iván Zambrana Flores

Introducción

Estos últimos días numerosas entidades públicas y privadas se han sumado a apoyar la llamada “Hora del Planeta” que consiste en apagar las luces durante UNA hora por UN día cada año. ¿Intentamos con este tipo de gestos afrontar el cambio climático global? ¿O tal vez nos “sacrificamos” al estar momentáneamente a oscuras para no tener que ver los resultados de nuestra inacción?

Si aceptamos que la política se manifiesta en todos los ámbitos de realización humana, la ecología y los temas ambientales no escapan de esta realidad. Si bien los bolivianos podemos discrepar en los caminos que se abren al alba que vive Latinoamérica, pocos se atreven a negar la existencia de la larga noche neoliberal que cubrió la región durante los ochentas y noventas y su impacto en las economías de nuestros países. Extrañamente no se reconoce de la misma manera su impacto sobre los sistemas naturales, donde el paradigma de conservación de la naturaleza todavía persiste en muchos de los sectores y actores involucrados en la problemática ambiental.

“La Hora del Planeta” e iniciativas similares claramente se originan en este enfoque que no sólo se niega a denunciar el rol del capitalismo en la destrucción de la base natural que sostiene la vida en nuestro planeta, sino que también contribuyen a desmovilizar a la sociedad al plantear que lo único que se necesita para detener las amenazas a la naturaleza es “concientizar” a los consumidores. De esta manera se puede ser “verde” sin necesidad de exponer los inequidades y conflictos sociales generados por los problemas ambientales, reflexionar sobre el consumismo de sociedades “desarrolladas”; ¿para qué replantear nuestro modo de vida si tenemos a celebridades, líderes corporativos y paladines conservacionistas que se encargarán de salvar el planeta? Mientras tanto somos llamados a nada más que consumir de manera ambientalmente responsable [1]. Así, se nos va adoctrinado para pensar que en temas ambientales nos debemos limitar a la decisión racional individual como un mecanismo de acción política posible frente a los procesos que amenazan el bienestar ecológico de los pueblos y sus territorios.

Si bien, se puede asumir buena fe, este tipo de acciones no representan más que gestos simbólicos de impacto discutible que no cuestionan las causas estructurales de los problemas ecológicos que actualmente amenazan en particular a los componentes más vulnerables del planeta. Pintar de verde nuestras acciones y la visión capitalista desarrollo no es suficiente para responder a las necesidades de la naturaleza para que pueda mantener sus funciones, pero tampoco para reconocer su interdependencia con las culturas y sus sistemas productivos.

Pero más allá de las contradicciones y tensiones internas que experimentamos, en Bolivia nos estamos atreviendo a pretender cambiar el sistema, postulando el paradigma del Vivir Bien, donde la armonía con la Madre Tierra se perfila en una forma de pensar diferente.

Lo que hoy no alcanza

Como ya ha sido descrito por diversos autores en ediciones anteriores de este medio, Bolivia ha planteado como nuevo paradigma el Vivir Bien, modelo alternativo al desarrollo capitalista que se origina en las cosmovisiones indígenas y del momento político en el que nos encontramos, y que se plantea como horizonte de posibilidades al que debemos apuntar las sociedades y los Estados, no para meramente pretender proteger una parte de la naturaleza, sino más bien para construir comunidades más felices, en armonía con su contexto ecológico, en plena expresión de sus propiedades y valores culturales, y con posibilidades de plantearse un futuro con todas las condiciones necesarias de bienestar para todos y no sólo para unos pocos.

En ese marco, Bolivia intenta llevar adelante nueva interpretación de desarrollo integral, no como un recalentado de ideas de los años setenta, sino como una propuesta de un alter–desarrollo que integre todas las dimensiones materiales–biofísicas e ideales–afectivas, un alter–desarrollo que integre las dimensiones sociales, ecológicas, culturales, económicas, políticas de la realidad. Lógicamente, un desplazamiento paradigmático hacia el Vivir Bien de la magnitud planteada requiere una transformación estructural en muchos niveles, además de permanentes reflexiones para consensuar, concretizar y desplegar una nueva visión en cada sector de intervención del Estado y en los diferentes ámbitos de la sociedad.

Pero quizás un primer paso fundamental y necesario es la ruptura con los dogmas centrales del ambientalismo y del desarrollismo tradicionales. Desde superar la falsa dicotomía entre seres humanos y naturaleza, pasando por renunciar al maniqueismo inútil que nos conduce a juzgar que los que se preocupan por el desarrollo son los malos y los que protegen a la naturaleza son los buenos, o viceversa. Cabe aclarar que de ninguna manera esto implica promover cualquier tipo de relativismo ético. A la hora de valorar objetivos y posiciones sigue siendo indispensable preguntarse ¿dónde queda la necesidad de superación de la pobreza?, ¿dónde queda la responsabilidad de asegurar que las oportunidades lleguen a todos y todas?, ¿dónde queda la posibilidad de soñar y trabajar para lograr nuestras aspiraciones compartidas?

Es evidente que los planteamientos sobre desarrollo y conservación vigentes, basados en aproximaciones parceladas que de una u otra forma oponen a los seres humanos al resto de la naturaleza no encaja con las culturas del arco iris de nuestro país, no nos alcanza a ciudadanas y ciudadanos que encaramos la construcción del Estado Plurinacional, y no permite profundizar la diversidad de pluralidades ecológicas, políticas, económicas, en fin en todas las manifestaciones de nuestra sociedad y nuestra naturaleza. La Madre Tierra como entidad socio-ecológica surge en respuesta estas necesidades.

Madre Tierra, una propuesta incomprendida

Un primer aspecto que se requiere aclarar para poder debatir con profundidad, es el concepto de Derechos de la Madre Tierra.

Después de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, unos y otros han querido apropiarse del espíritu del momento de manera utilitaria meramente reemplazando la palabra naturaleza por madre tierra o pachamama, ignorando los ricos debates que tuvieron lugar ahí y perpetuando una visión romántica, proteccionista y contemplacionista de la naturaleza. De manera similar, la prensa y la academia internacional y extranjera colocó equivocadamente a la Ley 71 de Derechos de la Madre Tierra y a sus planteamientos a un nivel puerilmente retórico. Sin embargo, poca atención y análisis crítico se ha dedicado, por ejemplo, al concepto de Madre Tierra que esta ley propone, y que ha sido adoptado por el Estado en leyes y políticas subsecuentes.

Tal como está definida legalmente, la Madre Tierra es planteada, más allá de interpretaciones puramente esotéricas o discursivas, como un sistema socio–ecológico complejo, donde ocurren dinámicamente las interacciones entre la naturaleza como un todo y los procesos sociales, culturales, económicos y productivos que contiene; mostrándonos entonces esa interdependencia entre los sistemas humanos y no humanos (o más que humanos), que en contextos ecológicos y culturales particulares se manifiesta en complejos sistemas de vida. Consecuentemente, la suma de sistemas de vida y su interacción constituye a la Madre Tierra.

De manera similar a lo que sucede con Madre Tierra y naturaleza, es común entender sistema de vida erróneamente como sinónimo de ecosistema, pero el concepto abarca mucho más. Los sistemas de vida reconocen una realidad obvia para muchas naciones y pueblos indígena originario campesinos; esto es que los seres humanos y el resto de la naturaleza están ligados intrínsecamente a escala histórica pero también ecológica. Es decir, lo que conocemos hoy como naturaleza es en realidad el fruto de relaciones económicas, culturales organizativas entre seres humanos y el resto de la naturaleza, y no así solamente entre seres humanos. Entonces… ¿mantenemos relaciones económicas con el resto de la naturaleza?, las cosmovisiones indígenas y los últimos avances de las ciencias de la sustentabilidad nos dicen que sí. Los sistemas de vida son fruto de un diálogo permanente y horizontal entre una colectividad humana y no humana, diálogo más o menos transformador o hasta co–evolutivo dependiendo de la región y el contexto socio–ecológico particular.

Esta es una compleja visión que requiere de una profunda y muchas veces difícil ruptura de modelos y esquemas de pensamiento, y una apertura a la abstracción y al replanteamiento de lo que damos por sentado respecto a nuestra posición y relación respecto a la Madre Tierra. Así también, al transformarse nuestra identidad natural debe transformarse nuestra concepción de los derechos. Los derechos de la Madre Tierra planteados en la Ley 71 y que intentan ser operacionalizados en la Ley 300 Marco de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para Vivir Bien, no pretenden darle a la naturaleza sus propios derechos, divorciados de los derechos humanos, sino representan una extensión de los derechos colectivos para amparar también a sus sistemas de vida. Es decir, los derechos de la Madre Tierra también son derechos de las personas. Esta distinción inclusive fue puntualizada por el Presidente Morales cuando anunció que Bolivia había sido electa al Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Los retos por superar

La construcción de un desarrollo integral en armonía con la Madre Tierra para Vivir Bien, requiere, en lo más concreto, un trabajo conjunto entre la sociedad y las entidades del Estado, buscando actualizar las visiones en cada sector y en cada ámbito territorial.

Los sistemas de vida se sobreponen y anidan unos con otros. Por lo tanto, es necesario reflexionar sobre cómo integrar las acciones territoriales a diferentes escalas, desde el sistema de vida más concreto hasta el Sistema–mundo. Esta integración es compleja y merece ser profundizada en una futura publicación.

El análisis crítico y la reflexión deben también generar nuevas alternativas y visiones respecto a las políticas y acciones sectoriales e intersectoriales que se vienen llevando a cabo actualmente. Si analizamos, por ejemplo, la política de seguridad alimentaria con soberanía, ésta no puede construirse únicamente impulsando la gran producción agrícola (también muy necesaria e importante), sino debe también fortalecer los procesos productivos comunitarios en sistemas de vida locales. Además, se debe entender que los sistemas de bosque también generan seguridad alimentaria y ofrecen un potencial productivo enorme a la hora de plantearse la necesidad de convertirlos en cultivos. Es decir, que es imperativo establecer una visión que no contraponga la agricultura a la gestión de bosques, sino que busque impulsar procesos de producción de alimentos de manera armónica con los demás sistemas de vida que existen en un mismo lugar.

Otra temática que requiere una reflexión profunda son los mecanismos de reconciliación entre las visiones de gestión del territorio respecto a los derechos de naciones y pueblos indígena originario campesinos y el desarrollo de la industria estratégica de los hidrocarburos. Probablemente, los permanentes conflictos que se generan en el sector de hidrocarburos son el resultado de otra falsa dicotomía, que debe encontrar solución en el diálogo, no solamente de intereses sino también de visiones y derechos. Los procesos de consulta previa, libre e informada son fundamentales para asegurar que la industria contribuya a la gestión de los territorios indígena originario campesinos; pero también son importantes las voluntades y mandatos de buscar procesos de operación que sean lo menos impactantes posible.

En la minería emergen problemas similares. Es indiscutible que el diálogo y debate existente en hidrocarburos deba extenderse a la minería. Todos los actores involucrados se beneficiarían de un urgente proceso de ordenamiento que pudiera generar un sistema que respete los derechos territoriales e implemente los procesos de consulta previa, libre e informada, para que, tanto a mineros como las comunidades locales que a menudo afectan, puedan desarrollar sus procesos económico, culturales y simbólicos, sin sufrir el avasallamiento de sus derechos, la pérdida de su capacidad productiva de sus sistemas vida, y el deterioro mismos de su salud bio–física y social.

Estos y muchos otros retos ameritan una reflexión profunda, que tiene que necesariamente ser colectiva, con los diferentes actores de la sociedad. El proceso de cambio del Estado requiere de una participación efectiva de los actores sociales, tanto los que apoyan como los que critican los avances logrados. Aquellos que se sientan a esperar que el Vivir Bien les llegue por Decreto, le fallan al país y le fallan al resto de la sociedad. La construcción de las condiciones para el Vivir Bien de todos y todas, requiere de un compromiso de permanente acción política, de una continua reflexión y de valiente propuesta. Este artículo es el primero de una serie que busca en alguna medida desencadenar estos procesos para que, en lugar de conformarnos con una horita para el planeta, transitemos al Tiempo de la Madre Tierra.


*    Cynthia Silva Maturana es ex Viceministra de Medio Ambiente, Biodiversidad, Cambios Climáticos, Gestión y Desarrollo Forestal.

1    Igoe, J., Neves, K., & Brockington, D. (2010). A spectacular eco-tour around the historic bloc: Theorising the convergence of biodiversity conservation and capitalist expansion. Antipode, 42 (3), 486-512.

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