diciembre 5, 2020

La forma de “entender” el “problema indígena” ha caducado

por: Carlos Macusaya

Sin lugar a dudas las elecciones sub–nacionales del pasado 29 de marzo, evidenciaron con claridad las debilidades del MAS. El rostro de Álvaro García Linera al comentar los resultados preliminares, mostraba lo duro del golpe sufrido por el gobierno en estas elecciones. No faltaron los opositores que, emocionados por los resultados, vieron “el inicio del fin de los indígenas en el poder”, ello en razón de que el MAS no logró posicionarse en las principales ciudades de Bolivia. Esto último basado en el prejuicio, no sólo de opositores sino compartido con los oficialistas, que identifica a los “indios” como seres que viven en el campo y ajenos a las ciudades. Pero las elecciones, con respecto a los “indígenas” y el papel que juegan, tienen otro sentido, desapercibido no sólo por los opositores, sino por “analistas”, periodistas y los propios oficialistas.

Lo que el MAS ha agotado es la idea pachamamista del “indio bueno”, idea que en determinados momentos fue asumida por la oposición (caso TIPNIS, por ejemplo). Pero, el hecho de que la forma de “entender” el “problema indígena” que el MAS ha explotado haya caducado, no quiere decir que el problema haya sido resuelto. El hecho de que en la principales ciudades el MAS no haya logrado ganar las alcaldías solo evidencia que uno de sus principales problemas está en la forma en que el gobierno ha encasillado “lo indígena”, y su propia imagen de “gobierno indígena”, como algo rural y opuesto a lo urbano; idea compartida ciegamente por sus opositores.

Empero, y sólo por dar un apunte histórico, cabe recordar que quienes pusieron el problema de los “indios” en el tapete de discusión en Bolivia fueron migrantes aymaras, no “campesinos” ni “comunarios”. Y lo hicieron desde su condición de habitantes de la ciudad, pues la situación de migración los puso de manera más constante frente a los problemas del racismo. Por lo tanto, el “problema indígena” no se reduce, por ejemplo, a los aymaras que viven en las aéreas rurales, sino fundamentalmente a quienes viven en las ciudades. Es en las urbes donde los sujetos racializados, los “indios”, enfrentan los “problemas indígenas”. Reciben, en su mayoría, educación de quinta, para “seres inferiores”; tienen pésima atención médica, si logran acceder a ella; cuando son profesionales reciben, por el mismo trabajo, un sueldo menor al que recibe un “no indígena”; etc.

Es muy tonto creer que, con los resultados electorales, los “indígenas” empiezan a vivir “el fin de su poder rural anti–citadino”. Aquello que está viviendo su fin es la manera tonta de ver lo indígena, como algo simplemente campesino y sin relación alguna con las ciudades. Mientras que la ciudades han crecido y crecen por la migración “indígena”, lo que se debe enfrentar son los retos que los sujetos racializados enfrentan en los ámbitos urbanos. Esto tiene que ver con que entre los “indígenas” existe una marcada estratificación social: campesinos, comerciantes, empresarios, universitarios, profesionales, obreros, artistas, choferes, etc., por lo que identificar a estos sujetos como “indígena originario campesinos” es ridículo.

Una de las lecciones que debemos sacar de las pasadas elecciones, y que es pasado por alto por la mayoría, tiene que ver, con respecto a los “indios”, que lo que ha quedado ya caduco es la forma en que se ha “entendido” el papel “indígena” en política. La idea de víctima, que apunta a jugar con los sentimientos y que ha sido explotada por la dirigencia de las diferentes organizaciones sociales pudo funcionar, en cierta medida, para sensibilizar a ciertos sectores de la población, pero tratar de refugiarse en la victimización para lograr apoyo es algo que ya no funciona. Ya no basta mostrarse como el “excluido” que quiere estar en un espacio de poder; ya no basta la pollera o el poncho para mostrarse como “auténticamente indígena”.

Además, esta victimización ha ido acompañada por representaciones que presentaron al “indígena” como un ser hecho de pura bondad, que “vive bien” en el área rural y que es la “reserva moral del mundo”; siendo lo absolutamente opuesto los no indígenas. Si desde el año 2000, con los olvidados bloqueos aymaras, se posicionó el “indígena” como un sujeto político, portador de un proyecto, en la actualidad, con el accionar de los dirigentes de las organizaciones sociales, lo que se ha posicionado es la imagen de los indígenas como ineptos y aprovechados de su condición de victimas. El caso de Felipa Huanca es el más representativo a este respecto. Se trata de una persona que sin destacar y descollar en nada, logra ser nombrada como candidata, por el “padrinazgo” de David Choqehuanca (según se rumorea). Pero Felipa Huanca logró notoriedad no por ser candidata del MAS, sino por las graves denuncias de corrupción en el Fondo Indígena. Ello, sumado a la patética actuación de los “indígenas” que lograron llegar al órgano electoral, vino a coronar la defunción del “indio bueno”.

¿Dónde quedó la “reserva moral del mundo”? Pues en nada. Y acá está el problema: se ha forjado una idea sobre los indígenas que son desmentidas por los mimos indígenas, por su accionar (de los dirigentes en este caso). Los “indígenas” no son “inmunes” a los problemas “occidentales” y estos no son sólo “cualidad” únicamente de los “citadinos”. Las relaciones racializadas hacen que veamos a los “indígenas” como sujetos raciales y no como sujetos racializados. De esta manera asignamos a estos “seres” una naturaleza distinta a la de las “personas normales”; es partir de este fenómeno que damos por “obvio” la “esencia indígena”. Esto sólo se trata de racismo, el que en los últimos años se ha expresado mostrando a los “indios” como biológicamente opuestos a la urbe, al mal y cuya existencia se da “viviendo bien”.

Las miserias propias de un espacio social con rasgos coloniales (cuyas relaciones racializadas imprimen sentido a los discursos, representaciones, etc.) no son atributo de unos u otros, sino algo condicionado por el tipo de relaciones sociales. No hay seres que estén el margen de estas relaciones, por lo tanto no hay sujetos que viven su vida sin relación alguna con los otros. Las ciudades hoy son lo que son por la migración de los “indios” y estos seres viven las problemáticas implícitas en tales espacios. Pero además, no se puede entender la vida en el campo sin la relación con las urbes, como tampoco se puede entender la vida urbana sin ver cómo muchos migrantes han logrado posicionarse en el comercio, por ejemplo, imponiendo sus expresiones culturales, hoy asumidas como la marca distintiva de la identidad boliviana. Sin embargo, dado que se asume la existencia de diferencias naturales, biológicas o culturales (esta última una forma más de racismo), perdemos de vista las dinámicas sociales actuales y el papel “indígena” en ellas.

El ejemplo más notable sobre la caducidad de la imagen de “victima” es la señora Felipa Huanca, la candidata de David Choquehuanca, el máximo representan del las pachamamadas en el gobierno. Los jóvenes aymaras, tanto de la ciudad de La Paz como de El Alto, ven en Felipa la imagen de una condición histórica relacionada a sus padres y abuelos, una condición que en la imagen de Félix Patzi es superada. Por lo tanto, Patzi, y no Felipa, representa las aspiraciones de esta juventud. Claro que el “padrino” de Felipa Huanca es uno de los más groseramente despistados, no sólo para entender las aspiraciones de los jóvenes “indígenas” sino en entender la vida de los “indígenas” en general, lo que se puso en claro al momento de nombrar a la candidata a la gobernación por el MAS.

Las pasadas elecciones deberían obligarnos asumir el papel que no pudieron ni podrán cumplir los “indígenas” pachamamistas. Debemos concentrarnos no en ser espectáculo folklórico o en disfrazarnos “ancestralmente”, sino en hacer trabajos de calidad, en mejorar a cada paso. Si bien aún vivimos el racismo, no podemos quedarnos denunciando a los “q’aras” o esperando sus favores, debemos forjarnos a nosotros mismos. Ahora se trata de asumir papeles protagónicos, sin caer en la folklorización ni la victimización. Se trata de dar sentido político a nuestra gran presencia en las ciudades, disputando no sólo el sentido de éstas, sino la dirección política e intelectual.


* Carlos Macusaya, es comunicador social y militante del Movimiento Indianista Katarista (MINKA)

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