diciembre 2, 2020

El Alto ¿entre la rebeldía y el conservadurismo?

Toda la avenida Bolivia estaba llena de personas, no era menos, se estaba inaugurando una de las vías más esperadas por lxs alteñxs, ya que en plena época neoliberal las obras públicas –ya sean gubernamentales, prefecturales o municipales– se podían contar con los dedos de las manos (exagero un poco, lo correcto es decir con una mano); muchos años se tardó en la construcción de esa vía y el alcalde de ese entonces pertenecía al ya consolidado partido Conciencia de Patria (CONDEPA), por ello el invitado de honor no era el presidente ni el prefecto, la persona indicada para entregar la obra era Carlos Palenque. Las banderas del partido eran interminables, parecía más una proclamación política que la entrega de una obra pública, es que el fanatismo de mi ciudad por aquel líder era indescriptible; si bien las simpatías y apoyo “recíproco” entre Palenque y El Alto venían mediados por el partido, es decir, que se expresaban en un apoyo político a CONDEPA, en el fondo nunca fuimos condepistas, aunque el accionar de este partido signó las formas políticas locales.

Es curioso que en la ciudad donde más se amó a Carlos Palenque ninguno de los/as candidatos/as en la reciente elección municipal utilizó la imagen de aquel líder –contrariamente a lo sucedido en la hoyada paceña–, y es que el legado de Palenque en El Alto no es su imagen, paradójicamente su legado más grande es el condepismo, o mejor dicho, la forma en que su partido hizo política al interior del municipio. ¿Cómo explicar que el partido político con mayores escándalos de corrupción en El Alto hubiese ganado el mayor número de elecciones municipales? Si bien en su momento CONDEPA canalizó las fuerzas sociales emergentes en las ciudades a partir de la actividad de innumerables sectores y dirigentes de bases populares, su verticalismo y patronazgo (que se diluyó en la figura del compadrazgo) impidió convertirse en un real representante de esos sectores; por lo que la única forma de representación que pudo consolidar fue mediante esa vieja práctica política inaugurada en el periodo liberal a principios del siglo XX, en donde los sectores criollo-mestizos tuvieron que tranzar con la indiada para obtener apoyo político y, a la vez, fue la única forma en la que sectores subalternizados pudieron participar de la política oficial. El condepismo constituyó un partido de masas (populista si se quiere) que funcionó como una empresa clientelar en El Alto.

Las relaciones clientelares y/o prebendales entre organizaciones sociales y el municipio constituyeron la forma de la política del condepismo en El Alto, y es que la heterogeneidad social hace imposible pensar en mi ciudad como totalidad, y la famosa gobernabilidad municipal sólo es posible mediante innumerables “acuerdos” sectoriales. La participación popular sólo vino a profundizar estas relaciones y el famoso control social terminó beneficiando a incontables dirigentes vecinales que se constituyeron en mediadores de una política municipal clientelar. Pero esta estructura entró en crisis a finales de los noventa y no podría ser resulta con nuevos “acuerdos” sectoriales; el discurso del desarrollo endógeno plagado de simbolismo aymara, que había servido como base ideológica al condepismo, no podía seguir alimentando las lealtades y creencias políticas de la ciudad, por lo que se abrió espacio a nuevos imaginarios políticos.

De esa forma emergió un renovado discurso de política municipal, “la revolución del pavimento” o el “Plan Progreso” lograron generar nuevas lealtades políticas, se proponía a la población un proyecto de ciudad (curiosamente moderna y “hacia el futuro”) y de gestión municipal; sin embargo, esto no implicó romper con la vieja política clientelar sino reestructurar los imaginarios locales de la política, los cuales hicieron posible gobernar el municipio después de la crisis en la que se había sumergido en la década de los noventa. No por nada un año después de la movilización de Octubre de 2003, la ciudad que logró configurar su identidad de rebeldía reeligió mayoritariamente al “Plan Progreso”, convertido en partido político, y su famoso candidato José Luis Paredes, desligado del desgastado sistema de partidos políticos [1], dando continuidad a una forma de política local.

Entender estos dos fenómenos son importantes para comprender el accionar de la población alteña en las recientes elecciones municipales, ya que con los resultados de las últimas elecciones se nos ha acusado de perder la memoria histórica y haber votado por nuestros “verdugos”. Pero, si es un simplismo creer que las elecciones subnacionales afectan la hegemonía del partido en función de gobierno y constituyen el fin de una época marcada por el evismo, también es una superficialidad creer que los alteños sufrimos de amnesia política y que hemos dejado una identidad rebelde para convertirnos en una ciudad conservadora; entonces, ¿por qué la ciudad que fue el centro de uno de los movimientos sociales más importantes de la reciente historia boliviana termina apoyando a una candidata de un partido de derecha? Porque esa candidata supo articular esas viejas redes clientelares, generando nuevos “acuerdos sectoriales”, redes que en la última gestión municipal no fueron del todo “reciprocadas” por el partido en función de gobierno ya que la corrupción se dio entre pocas manos y con grupos de dirigentes que perdieron legitimidad frente a sus bases –es sintomático que ahora existan disputas por el control de las organizaciones sociales en El Alto–.

Por otro lado, esa candidata logró generar identificación social con un proyecto de ciudad –un pseudo proyecto endógeno de urbanismo–, es decir, la imagen corporativa de la “warmi alcaldesa” convenció al electorado con la noción de “j’acha obras”, a lo que se debería sumar que el dueño de la sigla política se abstuvo de participar en la campaña, lo que construyó una imagen de autonomía política de la candidata con respecto al partido que representaba. La conjunción de estas formas de política local permitió consolidar una clara victoria electoral. Si bien existieron una serie de errores políticos del partido hegemónico –al punto de creerse perdedor antes de la elección–, es necesario reconocer habilidades políticas en la candidata ganadora.

Sigo creyendo que somos una ciudad rebelde, sobre todo porque seguimos siendo una ciudad de múltiples necesidades, pero también somos una ciudad fragmentada, abigarrada y de grandes contradicciones, por lo que electoralmente podemos actuar basándonos en intereses sectoriales o corporativos. Cualquiera que incursione en la política alteña debe sortear entre diversos intereses –individuales, sectoriales y colectivos–, por lo que lograr una gobernabilidad municipal siempre termina bordeando actos de corrupción, es un reto superar esto, pero no creo que se logre con la nueva gestión municipal, muchos de los que engrosan esas filas son los mismos que se aprovecharon del condepismo, del “Plan Progreso”, militaron en el masismo y luego se subieron al carro ganador. Así es mi ciudad, una ciudad que vive con sus contradicciones.


* Alteño e investigador del IIICAB.

1 Habrá que apuntar que en la elección municipal de 2004 recién aparece el Movimiento al Socialismo y se presenta con un candidato que había participado activamente en las movilizaciones de Octubre de 2003 (Wilson Soria) y que pertenecía a una de las villas que mayor represión había sufrido (Villa Ingenio).

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