diciembre 4, 2020

Lecturas poselectorales

por: José Luis Exeni Rodríguez

Las elecciones subnacionales del 29 de marzo han dejado, y siguen agitando, diferentes lecturas sobre los resultados de la votación y sus implicaciones políticas. Dichas lecturas, unas argumentadas, otras fáciles, se alojan a su vez en la interpretación más o menos rápida-parcial de los datos. Así, entre danza de cifras y recurso a la palabra, analistas, editorialistas y opinadorxs mediáticos declaran vencedores a unos y/o derrotados a los otros. E izan precozmente escenarios y efectos.

Del variado mosaico de lecturas, con sus certezas y matices, quiero exponer para el debate las dos versiones “oficiales”: la del Gobierno y la de las oposiciones (en plural). Son las lecturas interesadas que expresan con claridad –en el discurso público– el posicionamiento límite de los actores políticos. Por ello se trata de lecturas que no pueden ser sino incompletas y, por tanto, problemáticas. La premisa es única: con independencia de los resultados, todos quieren proclamar victoria.

Veamos la primera lectura. Desde la vereda oficialista, la tentación radica en quedarse en octubre de 2014 como si no hubiese existido el 29 de marzo. El supuesto es que en las elecciones generales se consagró/reafirmó el rumbo y la conducción, con carácter inalterable, y que las elecciones subnacionales, casi como un episodio, solamente definieron liderazgos/administraciones locales. Igual se acentúa como dato cierto que el MAS es hoy la única fuerza política en Bolivia con presencia nacional.

Esta lectura, por supuesto, viene sazonada con justificativo. ¿Por qué el MAS perdió la gobernación de La Paz y no pudo ganar –a reserva de la segunda vuelta– las de Chuquisaca, Tarija y Beni? ¿Por qué perdió alcaldías como El Alto, Cercado en Cochabamba y Cobija? Hay tres respuestas: falta de liderazgos, “factura por la corrupción” y machismo. Y una explicación única con asignación de culpa: el problema fue la mala elección de candidatos por obra de algunas (malas) dirigencias de organizaciones.

La segunda lectura, en tanto, desde la vereda opositora, apunta como tentación a regodearse en marzo de 2105 como si no hubiese existido el 12 de octubre. El supuesto es que en las elecciones subnacionales se inició (una vez más) “la debacle del MAS”, con derrota de Evo (sic), y que las elecciones generales, casi como un mal recuerdo, son cosa superada. Se anuncia entonces como dato cierto que “la” oposición gobernará al 59% de la población, principalmente urbana, en gobernaciones y municipios.

Esta lectura, también, viene cargada con paliativo. Si el MAS fue supuestamente “derrotado” en los recientes comicios, ¿cómo explican que haya ganado en 225 de los 339 municipios del país? Si retrocedió tanto en las gobernaciones, ¿por qué tiene mayoría en ocho de las nueve asambleas departamentales? Hay tres respuestas: ganó en municipios insignificantes (que no cuentan), forzó el voto cruzado e hizo fraude. Y una conclusión insostenible: el MAS perdió su hegemonía y su ciclo culmina el 2019.

Como sea, a reserva de estas lecturas –y las que vendrán tras las inaugurales segundas vueltas del 3 de mayo–, quedan para el análisis/debate algunos desafíos de agenda poselectoral: el rumbo del Estado con autonomías, el pacto fiscal, la recomposición del sistema de organizaciones políticas, la reestructuración de la normativa e institucionalidad electoral, la plurinacionalidad del Estado vía autogobiernos indígenas, la gestión pública intercultural, la salud del proceso de democratización…

Lecturas, retos.

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