noviembre 25, 2020

Tristeza del Neanderthal

por: Rosalba Campra

A los cazadores de Mario Goloboff en El ciervo.

Es el último de su estirpe. Lo siente. Más: lo sabe. Ha visto la soledad ir creciéndole alrededor. Aunque una esperanza lo sostiene –mínima, inconstante–: seguramente hay otros como él. Quizá haya todavía otros como él.

¿Pero dónde? ¿Cómo encontrar a sus semejantes, hacer saber que existe? ¿Compartir la tristeza del final sería un consuelo? ¿Sería un consuelo ser capaz de imaginar alguna clase de supervivencia a través de otras razas del futuro?

No encuentra una manera de formular esa congoja. Pero no cree que sea eso lo que importa. Saberse solo, lo que importa es eso. Perdido, no previsto en un mundo que para él ha dejado de abrirse.

Ráfagas de memoria le traen el fuego, el olor de las hojas de otoño, una familia, el roce perturbador de una piel muy suave, trinos dispersos.

Tal vez la paleoantropología un día se interese en los símbolos que fue capaz de elaborar, en sus dioses, en las pinturas con que adornó los espacios que para él tuvieron un sentido.

Los otros, los nuevos, desdeñan esas preocupaciones y extienden sin pausa su supremacía, remplazando a los que como él no se adaptaron.

Le pasan al lado, pero no lo perciben.

Ellos ven solo lo que sus antiparras inteligentes confeccionan prescindiendo del entorno; oyen solo lo que susurran los microprocesores insertados en los oídos; absorben las sustancias que un chip les suministra según las necesidades detectadas por los relevadores que les constelan el cuerpo; a través de delicadas conexiones eluden el tacto, el olfato, el uso de la voz.

Él sabe que es el último, pero como ha decidido creer por lo menos en la magia, pronuncia quedo un “Te amo”, y se sienta a esperar.

O bien: se pone en marcha.

(Elija el lector).

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