diciembre 5, 2020

Mujeres en prisión, un doble estigma

La cárcel es una realidad sin perspectiva de género. La vida de las mujeres privadas de libertad está marcada por el abandono familiar y el rechazo de la sociedad.

La semana pasada en la cárcel de mujeres de Obrajes se realizó un inusual encuentro político-cultural. Un grupo de diez jóvenes privadas de libertad culminaron su formación en actuación para teatro popular o “teatro del oprimido” que durante 3 meses con el apoyo del FES-ILDIS, sostuvieron.

En la pequeña cancha del penal se congregaron varias presas que se sintieron convocadas a participar, junto a algunos invitados de instituciones que trabajan en la cárcel, pero además en primera fila se encontraba la gobernadora y las tenientes responsables del penal. La obra inició y mientras se explicaba su propósito, las presas-actrices, se preparaban nerviosamente para su actuación. Se sucedieron las escenas de la realidad penitenciaria de las mujeres, sobre las detenciones, el maltrato, las violaciones y el abandono penal. La actuación era una realidad dolorosa de todos los días, y mientras las señoras actuaban, las lágrimas y el dolor se expresaban en su rostro, no por ser una actuación histriónica impresionante, sino precisamente porque estaban representando sus propias vidas. Llegó el momento de la participación del público y si alguien opinaba sobre una temática, también la podía representar desde su perspectiva, tanto en el planteamiento de la problemática como en la propuesta de solución. La propia gobernadora fue invitada a participar luego de opinar sobre la realidad de las detenidas. Fue un momento importante el que se realizó este cambio de roles donde quienes opinan desde el poder puedan vivir un momento lo que ocurre en la vida de las otras; y las opiniones coinciden, aunque fuera desde perspectivas distintas, pues la cárcel de mujeres es una realidad inhumana desde donde se vea.

En Bolivia, según los últimos datos de Régimen Penitenciario, existe un 12% de presas mujeres del total de la población penal. Aparentemente es una cifra leve, sin embargo cabe destacar que la media en América Latina bordea el 8% de las poblaciones penitenciarias de cada país. Bolivia ocupa el primer lugar en prisionización femenina; además habría que subrayar que dicha penalización está acompañada de varias condiciones inhumanas, entre ellas de que los penales femeninos son los más hacinados del país. Un ejemplo dramático es el de San Sebastián de Cochabamba, donde las presas desde la puerta se encuentran paradas guardando el espacio donde sobrevivirán su encierro, demasiadas veces en compañía de sus pequeños hijos; o el de La Paz, en el penal de Obrajes, donde en espacios comunes de habitación las presas se las deben arreglar para vivir junto a sus hijos en las peores condiciones.

Cabe mencionar otro dato lacerante que es propio de las condiciones penales de las mujeres en América Latina pero que se hace todavía más dramático en el caso boliviano, pues los prejuicios sociales se trasladan también a la forma en que la sociedad y las autoridades ven la condición de la mujer en situación penitenciaria. Ocurre que mientras en un sistema casi abierto –que es destacable en el sistema penal boliviano–, donde los presos logran conservar varias libertades propias del ser humano, como el derecho a la relación afectiva y familiar, en casos logrando incluso convivir de manera cotidiana con su familia en varios centros penitenciarios, en el caso de las mujeres esa situación no se da, por cuanto la primera consecuencia de la prisionización femenina es el abandono de la pareja y demasiadas veces del resto de la familia. No son pocos los casos donde además el cónyuge deja en la cárcel a los hijos mientras busca otras condiciones afectivas y familiares. No es el caso de las cárceles de hombres, donde sin duda existen situaciones de abandono familiar, pero una gran mayoría de los presos más pobres pueden contar con la lealtad y acompañamiento familiar por el tiempo de reclusión. A tal grado llega esta condición afectiva –aunque también de deterioro de las condiciones económicas de la familia– que muchas familias se “encierran” con el preso para acompañarlo y seguir siendo familia.

Relacionado con este tema es el de la sexualidad en los centros penitenciarios, donde implícitamente se reconoce la necesidad afectiva y sexual de los presos hombres, brindando el sistema facilidades no sólo para el ingreso y permanencia familiar sino también de otras personas que brindan apoyo afectivo en la condición penitenciaria masculina. Para este propósito una parte de los presos tienen celdas o espacios para poder encontrarse con sus seres queridos. No es el caso de las mujeres, que además de ni siquiera contar con espacio para vivir adecuadamente, deben asumir que no tienen necesidades afectivas por cuanto la infraestructura no ha sido pensada ni contempla la posibilidad del encuentro íntimo. En el caso del penal de Obrajes, los días de visita, las presas se han dado a la tarea de “lotear” la pequeña cancha con la que cuentan para colocar precarias carpas con las que pretenden dar la apariencia de intimidad pero que –todas saben– es una ilusión en un mundo que niega permanentemente el derecho a ser mujer-persona con derechos.

Aunque no contamos con datos precisos sobre las razones penales de la prisionización femenina en Bolivia, la más alta en el continente; con datos anteriores que provienen desde el 2004 podemos afirmar que gran parte de los delitos de acusación tienen que ver con la sobrevivencia; desde el narcotráfico que en los 2000 ocupaba a más del 50% de las acusadas, pasando por temas relacionados con robo, hurto o violencia ligada con agresión o muerte del cónyuge. Todos los temas que tienen que ver con la sobrevivencia y la acción decidida de mujeres que resolvieron no esperar que el sistema las terminara de aplastar, pero que pagan las consecuencias siendo juzgadas por delitos penales y no razones de vida, para proceder a su encarcelamiento.

También podemos reflexionar sobre que, en Bolivia en particular, estas acciones delictivas de sobrevivencia son temas de responsabilidad familiar donde en muchos casos es la familia completa la involucrada, por ejemplo, el transporte en narcotráfico; las mujeres bolivianas tienen un mayor protagonismo social que en otras partes, no sólo ocupan paulatinamente mayores espacios en la responsabilidad política y familiar, sino también en el conseguir recursos para la su supervivencia. Basta hablar de la cantidad de familias que subsisten y viven tan sólo con la responsabilidad e ingreso de las mujeres que son jefas de familia.

Ante esta situación dramática del sistema penitenciario boliviano, donde en los últimos 10 años casi se ha triplicado la población, existen unas que son más víctimas que otras, tal es el caso de las mujeres que son tan ciudadanas como cualquiera que tiene derechos pero que se les niega cotidianamente cuando el Estado no asume la responsabilidad de garantizar condiciones fundamentales para preservar la vida y hasta ahora tan sólo ha utilizado los recintos penitenciarios para deshacerse y aislar a una porción de personas y no para garantizar sus derechos en condiciones distintas, otorgándoles una nueva oportunidad para sentirse parte de las transformaciones que vive un país que apuesta a que las/os excluidos puedan tener posibilidades de una vida mejor y diferente.


* Sociólogo, especialista en temas penitenciarios y de Derechos Humanos.

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