noviembre 24, 2020

La luz

por: Nicolás Suescún

La luz Iba siempre en busca de una luz intensa. Viajó por el país, y luego por muchos otros, pero todos los paisajes lo decepcionaban. Siempre, donde le parecía haberla encontrado por fin, se imponía a su voluntad la idea obsesiva de que había una más límpida y penetrante, que revelaba en ciertos cuadros la esencia de los árboles y de las montañas, de las casas y de todas las cosas, y que sin duda hallaría en un lugar que aún no había visitado.

Después de mucho tiempo, cuando casi había agotado ciudades y desiertos, decepcionado, de nuevo en su ciudad de luz impura –al menos eso decía él–, un día como cualquier otro, aunque más apagado que lo usual, conoció a un oscuro colega, un paisajista que vivía sin que él lo supiera, no muy lejos de su casa.

Ese artista era –le había dicho el amigo por quien sabía de su existencia– muy distinto a él. Más que sedentario, era un recluso que se la pasaba encerrado en un cuarto de techos muy altos, en una casona que parecía abandonada, oscura y lóbrega. Rara vez salía a la calle. Jamás, que se supiera, había incursionado en las afueras de la ciudad, con la caja, los lienzos y el caballete, como debían hacer los paisajistas de verdad –como hacía él, lloviera o hiciera sol–, y tampoco había viajado.

«¿Cómo, si no observa la naturaleza puede pintar paisajes?», se preguntó. Era absurdo, imposible, o el hombre debía de ser uno de esos chapuceros con ínfulas de artista, de esos que copian con torpeza las tarjetas postales, como Hitler. Pero estaba aburrido, cansado de viajar y de ver, y sin nada que hacer. Para vencer su depresión, entonces, decidió visitar al extraño personaje. En el cavernoso, gran estudio –si eso se podía llamar «estudio»–, casi en tinieblas –aunque era mediodía– había cuadros apilados por todas partes, decenas, tal vez más de quinientos –hizo la rápida cuenta–, en el piso, contra las paredes, en mesas, al pie y encima de tres grandes armarios, tal vez adentro. Pero todos estaban al revés, y las paredes desnudas. La débil luz de un bombillo que colgaba del centro del techo –muy alto–. Entre guirnaldas de flores de estuco descascaradas, revelaba que también el cuadro en el caballete estaba invertido.

Le pidió que se lo mostrara, o los que quisiera, y que abriera, por favor, una de las dos ventanas. El extraño hombre, menudo y medio jorobado, y hasta ese momento monosilábico, le dijo con hosca suavidad casi inaudible que si él pintaba en la penumbra lo más lógico era que sus cuadros se vieran en la penumbra. Además, añadió, no podía mostrarle su obra inconclusa, sólo la última que acababa de terminar. Muy rápidamente, retiró con delicadeza el cuadro en el que trabajaba –y que sin duda había puesto al revés al oír sus golpes en la puerta– tomó otro de una pila, le dio vuelta al cuadro y lo colocó, cuidando de que estuviera en el centro del caballete.

Fue el éxtasis, pero también la peor humillación de su vida. El paisaje que le mostró el hombre –hierba, árboles, un riachuelo, un pedazo de loma– estaba bañado por la luz que hacía tanto tiempo buscaba en vano.

Unas semanas después, tras el sigiloso trasteo, que no despertó la menor sospecha en el vecindario y que no dejó ni siquiera huella alguna de que el hombre fuera un pintor –tan completa fue la desocupación de la casa–, leyó la noticia en el periódico, muy escueta y en medio de una crónica judicial que cubría varios crímenes y accidentes. «Hombre no identificado, asesinado con arma cortopunzante, fue hallado en casa desierta en avanzado estado de descomposición», era todo lo que decía.

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