noviembre 25, 2020

Humillados y ofendidos

por: Sergio Zapata

El 24 de mayo de 2008, azuzados por la elite política local, centenares de estudiantes universitarios golpearon, vejaron y humillaron a docenas de personas, deshumanizándose y deshumanizándonos a todos, como ocurre en cada acto de violación a la condición humana.

La cinematografía de Bolivia, ficcional, distante de la humanidad, que privilegia la especificidad concreta, localizable, aprehensible y en último término cosificable, jamás se sensibilizó con la humillación, más aún cuando ésta es ejecutada entre civiles.

Quizás en el cine de Sanjinés hay una aproximación a la representación de la humillación en el estricto sentido de deshumanización. Sin embargo, esta aproximación es de orden político en tanto se revisa las relaciones de poder del Estado con una colectividad. Sólo con Humillados y ofendidos de César Brie (2008) es que la no ficción toma un elemento violento extraído de la realidad en su propia realización, con la documentación visual cronológica, minuto a minuto, varios registros buscan atender violencia desde la masa que la ejecuta.

Con Humillados y ofendidos el documentalismo boliviano se politiza y a la vez se universaliza, puesto que se ampara en la base de los derechos fundamentales. La mirada de Brie se posiciona sobre la vida, sobre la vivencia política de una colectividad amedrentada y secuestrada, acusada de mancillar, solo por su existencia y presencia, el orgullo y la dignidad de otra. Además, la politización, en clave universal, se refiere a que busca esclarecer, identificar y visibilizar un acto que no se presenta aislado, sino que responde a la coordinación, planificación sistemática y racional de un ejercicio de racismo y de odio, vinculado, como siempre, a una elite política cuyo móvil es tan elemental como la acumulación de poder.

Para Brie los hechos acaecidos en Sucre develan mediante la acción colectiva cierta cultura política de una sociedad que ha cosificado ciertas prácticas de relacionamiento social. Para el director ese es el rol político de su obra: la visibilización de la deshumanización de ejecutores de la vergüenza y la deshumanización de las victimas del ejercicio racista.

Esta empresa, deshumanizante porque goza de planificación y responde al principio de eficacia, se desarrolló en el espacio público, lugar por antonomasia de la política, en tanto lugar de acción para perpetuar el gesto simbólico más violento de la primera década del siglo. La acción: desclasar, mediante la negación pública de la adscripción social. Colonizar, mediante la negación pública por el despojo de las vestiduras; y deshumanizar a partir de la negación publica de la adscripción política. En otros términos, arrebatar la identidad, arrebatar la ciudadanía para con ello arrebatar la humanidad (no olvidemos que para arrebatar la humanidad no es necesario arrebatar una condición biológica como la vida).

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