diciembre 5, 2020

Sobre una relación incestuosa

por: Franco Sampietro

El vínculo entre el cine y la literatura está lejos de garantizar un placer suplementario al que ofrece un libro.

Lo normal para el caso de los que amamos la literatura y el cine es comenzar por el cine y terminar por la literatura; es decir, empezar en la adolescencia aficionados a los films y pasarse poco a poco –y definitivamente– a los libros, como si los primeros fueran quedándonos chicos. Son pocos los casos en que ese doble amor dura con pareja intensidad para siempre. Y hasta me atrevo a señalar cuál es el paso que marca esa ruptura: el momento de ver en el cine a un libro que nos ha apasionado.

Y es que a pesar de posturas frickies, como es el caso de Slavoj Zizek, que pretende que para conocer a Lacan basta con ver una película de Hitchcok, la relación cine/literatura está lejos de garantizar un placer suplementario al del libro. Por el contrario, la más de las veces la irritación nos infla, y más aún si la pieza literaria fue de nuestro interés y agrado.

Voy a dar un caso extremo: la película El perfume (2006), de Tom Tykwer de la novela homónima de Patrick Süskind. Se trata a todas luces de una conversión cinematográfica excelente, y sin embargo, algo al final no cuadra. En efecto: el personaje principal (o mejor dicho: su atmósfera) no es como lo vemos en la novela (infinitamente más desastrado y psicópata), y en cuanto al estilo narrativo, el de Süskind es más retorcido, con el tono de una amargura de vuelta de todo, por así decir.

Y es que hacer una película de una creación literaria con las alucinaciones –en apariencia– de baja intensidad de toda lectura muda constituye una aventura de metamorfosis que pasa por el guión y la adaptación. Leer es imaginar de la mano del autor, nuestro Virgilio, que nos guía por nuestras profundidades: lo más íntimo y a la vez más desconocido. El cine, por su lado, es un fenómeno alucinatorio de alta intensidad que carece de virgilios, ya que inhibe hasta cierto punto nuestra capacidad de imaginar. En el cine vemos, en el libro leemos; no sólo varía la energía onírica desplegada (ver al respecto el estudio del semiólogo húngaro Imra Rostas Escribir y mirar) sino que hasta las exigencias sobre nuestros córtex y los hemisferios correspondientes varían de mayor a menor. Mayor es la exigencia en la lectura al ser un fenómeno menos impresionante.

En el cine hay acción visual y en el libro palabras a descifrar. En la ficción novelada por supuesto que también ocurren cosas, pero estas cosas se llaman “hechos”. Por otra parte, ¿cuántos intervienen en la adaptación, el casting, la dirección y la edición del film? El novelista escribió la novela él solo, y esa es una gran diferencia. El cine se dirige a un mercado muchísimo más amplio y masivo, de modo que no puede, por principio, cargar con una profundidad teórica exigente (“la masa, por definición, es mediocre”: Ortega y Gasset). La mejor expresión de esta idea la hallé en una novela de Coetzee: “el cine es un medio que simplifica. Esa es su naturaleza. Es mejor que lo aceptemos. Funciona por pinceladas gruesas” (Diario de un mal año). La conclusión, por absurda que parezca, sería que tal vez con buenos libros se hace mal cine y con mala literatura (novelas comerciales) buenas películas.

Pese a ello, algo en el fondo no encaja. Podríamos analizarlo mediante dos películas que –se me ocurre– si nos dejan por excepción satisfechos, y son dos producciones que trabajan de un modo atípico: con un presupuesto mínimo y desde un contexto independiente. Una: La virgen de los sicarios (1999) de Barbet Schroeder, sobre el relato del desmesurado Fernando Vallejo, rodada en una Medellín por completo real (más bien hiperreal) con niños de la calle y un sólo actor profesional –Germán Jaramillo– que se devora el film. Otra: El cementerio de los elefantes(2008), de Tonchy Antezana, basada en las historias de Víctor Hugo Vizcarra, narrada en primera persona, en los mismos lugares y con su misma fiebre. El motivo de su convicción es parejo: trabajan como desde un ángulo distinto –más under– y como desde afuera de la maquinaria mediática.

Podríamos ilustrarlo, incluso, desde la vereda de enfrente: la de la literatura. Así por ejemplo, aunque existen bichos raros, ¿cómo es, por regla general, un libro comercial que se presenta como gran literatura? En primer término, tiene que ser una novela (formato burgués por excelencia); segundo, tiene que reflejar lo más fielmente posible el mundo del público masivo para el cual se escribe (debe reconfirmar y no problematizar ese mundo); tercero, tiene que estar escrita de la forma más clara y esquemática posible (quedan descartadas, así, toda conexión con la alta poesía y toda transgresión a los códigos de género); finalmente, tiene que ser lo menos literaria y lo más cinematográfica posible (tiene que ser muy visual, contada como si leyéramos a una película). Inútil enumerar los ejemplos de libros para gente que no lee; pero se me viene uno reciente y muy famoso: la novela de Emmanuel Carrere De vidas ajenas, tan de moda y elegida en Francia (con la humildad que caracteriza a ese pueblo) mejor libro del año 2012 (no sólo mejor libro francés). Y sin embargo, es de una mediocridad meridiana y con todos los clichés posibles; pero cuenta con la ventaja de reflejar como espejo el mundo de la clase media alta europea y de ser descaradamente cinematográfica.

Más bien, lo que suele ocurrir es que los buenos escritores no la ven ni cuadrada en Hollywood. El caso más famoso de todos (pero no el único, ya que honran esa lista perversa Scott Fitzgerald, Vladimir Nabokov, Aldous Huxley, Nathaniel West y Raymond Chandler) es el de William Faulkner. Como es fama, este “escritor muy, infinitamente muy por encima del lector medio norteamericano” (según el maestro Onetti) en cierto momento necesitó dinero y tuvo que trabajar allí durante cuatro años, y a pesar de todos sus esfuerzos (y su descomunal talento), no pudo vender más que dos de diecisiete guiones. Según uno de sus biógrafos, Tom Dardis (The double legend), el mismísimo Howard Hawks, al verlo tan impotente, lo consoló diciéndole: “mientras haya mucha acción, no importa demasiado si el público entiende mucho o poco”. En verdad, parece que todos los que pasaron por la meca del oro de los guionistas opinan lo mismo: el cine cultural está muy bien… siempre que no signifique pérdidas para las empresas que lo patrocinan.

Tal vez debieran existir nombres distintos para el cine que se pasa en los cines y el cine independiente. Tal vez el cine contemporáneo responda al dictamen de Cabrera Infante, que en su monumental ensayo sobre el séptimo arte(¿Cine o sardina?) pontifica: “El cine se hizo para masturbarnos”.

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