noviembre 24, 2020

El liberalismo y la comunidad urbana

Antes de hablar de impactos, considero necesario ponernos de acuerdo sobre lo que entendemos por comunidad. Este concepto en su etimología y traducción al español, tiene origen en el latín communitas que hace referencia a un estado o carácter social en la vida material y espiritual de un grupo.

En lenguas europeas como el inglés y el francés, encontramos el concepto referido etimológicamente al latín: community communaté, que representa el mismo carácter social de los bienes.

En el alemán su acepción es más precisa y se refiere al modo de unión que brota a partir del querer esencial y orgánico del ser fundamentado en el instinto y el sentimiento que produce acción recíproca y es definida como: gemeinschaft.

Este mismo concepto tiene en lenguas nativas como el aymara y el quechua sus respectivas conceptualizaciones: jayma saphsi, que siempre hacen referencia a una pertenencia de carácter material o espiritual referidas a un bien de carácter colectivo.

Solo estos ejemplos nos sirven para darnos cuenta que el concepto comunidad en diferentes culturas ha sido motivo de reflexión para comprender el sentido de lo colectivo frente a lo individual.

Ahora bien, y sin ser demasiado atrevidos, podemos pensar que este concepto tiene su origen y desarrollo en condiciones históricas de la pre-modernidad, pues expresa una necesidad de cooperación y colaboración material, además de solidaridad y respeto frente a creencias y espiritualidad colectivas; en resumen, expresa un modo de actuación intersubjetiva colectiva que muchas veces linda en la supervivencia como grupo.

La modernidad, que no es otra cosa que el apellido elegante que se le puso al advenimiento del capitalismo como modelo civilizatorio a escala mundial, encuentra en la comunidad uno de sus principales enemigos y escollos para su implantación como sistema.

Es que para el liberalismo es condición sine qua non la liberación de los lazos de comunidad de las gentes, para constituirlas en individuos libres de ataduras de toda índole frente a la ley y al mercado. Es en ese ámbito de “libertad” donde los ex comunitarios se convierten en ciudadanos poseedores de bienes y decisiones individuales enmarcadas en una legislación libre, e individualmente aprobada, y que supuestamente hace “iguales” a todos quienes la reconocen como expresión de su constitución como asociación política y jurídica.

Dicho de otra manera, para el dominio del capitalismo, es indispensable la “negación y superación” de esa herencia de la antigüedad verbalizada en diferentes acepciones idiomáticas y que representan prácticas económica-sociales y espirituales concebidas como comunidad.

Es decir, de acuerdo a los modelos clásicos de desarrollo capitalista, la destrucción de las prácticas comunitarias fue una necesidad, que en muchos casos llevó a la separación de los sujetos de sus formas, medios y relaciones sociales de producción, junto a la destrucción de sus raíces culturales para modernizar su pensamiento, a lo que sumaron en muchos casos la destrucción de pueblos y culturas que se resistieron a la imposición de nuevas formas de vida y pensamiento.

En la formación económica social boliviana, caracterizada por tener como modo de producción dominante un capitalismo deformado que funciona paralela y sincrónicamente junto a otros modos y formas productivas, las prácticas comunitarias fueron afectadas, especialmente en lo referido a la comunidad de bienes materiales.

Desde las políticas de ex vinculación de Melgarejo hasta la Reforma Agraria del 52 y las prácticas de apropiación de la tierra vía mercado post 52, se ha afectado progresivamente la propiedad comunal.

Sería un profundo error pensar que se han destruido todos los lazos y prácticas comunitarias pues si bien se ha afectado la propiedad material comunal, los lazos y prácticas comunitarias se siguen produciendo en el ámbito de la mentalidad y subjetividad comunitaria que se expresa en del querer ser y hacer juntos una misma tarea, acción o proyecto, donde es más importante el nosotros frente al yo, lo mío o lo propio.

Esto también se expresa en la realidad urbana donde las juntas de vecinos, juntas escolares, sindicatos, organismos barriales y todas las formas organizativas se activan a partir de los conflictos demandas y reivindicaciones colectivas, que son justamente la expresión del sentido de vida y acción comunitaria.

Por tanto la comunidad urbana es una realidad y su potencial político constituye un factor potencial indiscutible en la construcción del socialismo comunitario.


* Fernando Rodríguez Ureña es zoociologo, con maestría en quimeras. Hizo su doctorado en la pluriversidad de Los Sauces en Lian Ma He Nan Lu. Alguna vez fingió como diplomático. / frodriguezu@yahoo.com

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