noviembre 26, 2020

Recordando “Pan Comido”

El jueves estuvo de cumpleaños Efraín Quicáñez Aguilar (el “Negro José”). Y esta columna es un pequeñísimo homenaje a su vida y ejemplo (desde su lucha guerrillera a nuestros días al lado de los compañeros de Columna Sur, por ejemplo). En realidad esto es un recordatorio de un libro apasionante que el “Negro José” presentara hace unos años en la “Vice”. “Pan Comido: memoria de la operación rescate de los guerrilleros sobrevivientes del Che” es un testimonio revelador y valiente de una de las operaciones más famosas que involucraron a la guerrilla del Che Guevara tras su asesinato cobarde. Es carne viva de la historia. Es una de las “burlas” a la CIA y los “Rangers” más famosas y míticas.

Es todo eso y mucho más. Pasión, militancia, entrega, sacrificio, temor y victoria. “Pan Comido” tiene episodios emocionantes dignos del mejor thriller o película de suspenso, como la trampa en Sabaya, donde los guerrilleros confiados estuvieron a punto de caer en las manos de los militares.

Un compañero anónimo avisó de la encerrona al “Negro José”, que por aquel entonces contaba con 38 años, y su ayudante Estanislao “Tani” Vilca Colque (militante escogido entre la Juventud Comunista de Bolivia y gran conocedor de la ruta y la frontera chilena), ambos encargados de sacar de Bolivia a los tres cubanos guerrilleros sobrevivientes: Harry Tamayo Villegas (“Pombo”), Daniel Alarcón Ramírez (“Benigno”) y Leonardo Tamayo Núñez (“Urbano”), tres de los diez sobrevivientes del ELN junto a Guido “Inti” Peredo Leigue, David Adriázola (“Darío”) y “el Ñato”.

La operación comenzó en Oruro el 8 de febrero de 1968 cuando el “Negro José”, con su alias de “Nicolás” para el plan de rescate recibe a “Pombo”, “Urbano” y “Benigno”, y comienzan a caminar desde el Puente Español debido a una fuerte inundación. El paso del río Desaguadero por la noche en barcazas, el escondite en una humilde casa campesina en Toledo, la burla de los puestos militares en Huachalla y la famosa trampa en Sabaya seis días después de iniciada la marcha marcaron los días bolivianos de la operación. El juramento guerrillero de triunfar o morir, cerca de Pisiga, el paso a Chile donde enterraron las armas, el volcán Isluga con militares chilenos al acecho y la posterior entrega en Camiña el 22 de febrero –catorce días después del inicio– constituyen el núcleo central de la hazaña. ¿Se le ocurrirá a alguien llevar la gesta al cine, tan escasos que andamos en la cinematografía boliviana de buenos guiones?

La operación concluyó con los guerrilleros hambrientos, llagados sus pies y cansados en un inicial traslado por carretera a la base aérea de los Cóndores en Iquique, y de ahí en avión a Antofagasta y Santiago. Los miedos de una traición y un viaje de vuelta a Bolivia agobiaron a los cinco durante esos días. La solidaridad de los presos chilenos de la cárcel de Santiago sacudiendo los barrotes y exigiendo la libertad de los cinco todavía emociona al “Negro José”. Y a todos los que hoy leemos apasionados la historia.

Todavía hoy sorprende por qué los tres guerrilleros cubanos y los dos compañeros bolivianos demoraron tanto en llegar –casi dos semanas– al destino final, donde los esperaba ansioso de noticias Fidel Castro, al pie de la escalerilla del avión, con alfombra roja. Santiago de Chile-Isla de Pascua, Tahití-Sidney (Australia)-Singapur-Atenas-París-Praga-Moscú-La Habana fue el itinerario interminable. En la isla de Tahití, en pleno océano Pacífico y con la presencia del senador Salvador Allende –luego presidente (quien tuvo un papel esencial para evitar la extradición a Bolivia por el gobierno de Frei)– se vivió un momento también para el recuerdo: tras la cena de honor en un hotel, Allende pide la guitarra y canta tonadas chilenas como el más consumado guitarrista en una faceta poco conocida de amor y sentimiento por el arte. El compañero cubano Baudilio Castellanos sigue con canciones de la isla y la inevitable “Guantanamera”. Y llega el turno de los bolivianos. “Tani”, fiel admirador de Los Panchos y de Alfredo Gil, le casca unas cuecas y huayños. El “Negro José” la remata con la muy popular “Naranjita Pinta Pintita”. Las chicas tahitianas con sus famosas flores de adorno sacan a bailar a los bolivianos. Realmente había sido “pan comido”.


* Ricardo Bajo Herreras es director del periódico Le Monde Diplomatique-Bolivia y conduce el programa radial sobre política internacional “Contextos salvajes” en la Red Patria Nueva.

Be the first to comment

Deja un comentario