noviembre 26, 2020

Andrés Ibáñez, en nuestro “calendario inmortal”

Santa Cruz es una ciudad boliviana colonial con plaza principal y ocho cuadras alrededor. Viven unas 15.000 personas, la mitad son españoles o descendientes, el resto son mestizos, criollos, cholos (mestizos urbanos), indios y negros, unos dos centenares. Los cruceños son racialmente homogéneos y los descendientes de los españoles dominan todas las capas sociales desde las pobres hasta las ricas. Incluso en el departamento (las otras dos ciudades son Samaipata y Vallegrande), los indígenas, guaraníes en su mayoría, son tan solo la mitad de la población, a diferencia del resto del país.

Santa Cruz vive en una solidaridad patriarcal donde la propiedad privada de la tierra no existe. Sus hacendados gozan de las tierras sin derecho a compra y venta, siendo sus propietarios mientras pasta su ganado o madura la cosecha.

Los cruceños tienen el índice de alfabetización más grande de Bolivia (uno de cada tres niños iba a la escuela, en La Paz, uno de cada 68) y tienen varios periódicos locales. Gran parte de la población (30 por ciento) está formada por artesanos que se hacen llamar los “sin chaqueta” y ya tienen derechos como votantes. Santa Cruz, alejada del centro político, se dedica a proveer de azúcar, charque y arroz al interior. Los cruceños son, como decía el pensador boliviano cruceño René Moreno, “hermosos como el sol, pobres como la luna”. Corre el año 1876 y todo está a punto de cambiar para siempre.

El incremento de los intercambios comerciales y la victoria del libre mercado (es decir, la llegada del capitalismo librecambista) va a provocar graves cataclismos sociales en la lejana Santa Cruz. El auge económico causa la llegada a la ciudad de habitantes del altiplano y de pueblos guaraníes. La lucha de clases, eliminada la “fraternidad provincial”, estalla entre la elite local (ganaderos y dueños de ingenios azucareros que abren mercados para el comercio exterior y quieren conservar sus privilegios en el cabildo) y la plebe (artesanos y obreros).

Y ahí, en medio de este panorama novedoso, de crisis, de malestar popular, cuando no ha muerto lo viejo (la sociedad tradicional) y no ha nacido lo nuevo, está parado nuestro personaje, nuestro mártir, Andrés Ibáñez. No sabe todavía que sus sueños de igualdad y justicia social lo van a llevar prematuramente a la muerte, a sus 33 años, fusilado cerca de la frontera con Brasil en un pueblito llamado San Diego, junto a tres de sus compañeros: Francisco Javier Tueros, Manuel María Prado y Manuel Valverde.

Ibáñez muere feliz, si cabe semejante dicha, y le dice a un Tueros arrepentido: “sí, coronel Tueros, por cierto que ésta es la mayor felicidad con que la omnipresencia nos va dotando como premio a nuestro iniciado tema, por cuya brillante lumbrera la posteridad nos someterá al calendario inmortal, adiós, adiós”.

Las descargas de los verdugos acallan el más sorprendente experimento social en la historia de Bolivia en el siglo XIX. La desconocida revolución de la igualdad, bajo el grito de “todos somos iguales”, ha fracasado. Ibáñez ha muerto como los primeros cristianos, como un mártir. Tal vez como alguna vez soñó, intuida ya la derrota.

La primera revolución socialista (algunos la denominan protocomunista o anarquista) nació a comienzos de la década de los setenta del siglo XIX, liderada por el “mestizo Ibáñez”. Las “ideas francesas” (justicia, igualdad, fraternidad), el pensamiento socialista utópico europeo, la Comuna de París con su proyecto de federalismo socialista y autonomía municipal, junto a las lecturas de Rousseau, Proudhon, Renan, Darwin, Lamennais marcaron su identidad y su lucha política. Todo esto lo cuenta mucho mejor que yo un poderoso, aleccionador, didáctico y ameno ensayo del historiador ruso Andrey Schelchkov –especializado en temas latinoamericanos en general y bolivianos en particular– llamado “La revolución de la igualdad en Santa Cruz” (Archipiélago ediciones).


* Es director de la edición boliviana de Le Monde Diplomatique y dirige el programa “Contextos Salvajes” en la red Patria Nueva (de lunes a viernes, de 14 a 15 horas).

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