diciembre 2, 2020

Colquiri o la pervivencia de un modo de ser patológico

por: H. Ernesto Sheriff B. 

La gran minera detuvo sus operaciones en agosto de 1987 y fue considerada marginal pese a que el potencial de su yacimiento seguía siendo altamente prometedor.

Colquiri es noticia y lastimosamente lo seguirá siendo en los siguientes años. No es un conflicto, es la manifestación de un modo de administrar los recursos naturales –tradicionalmente en manos del Estado– que a veces adquiere ribetes de conflicto y otras simplemente una lenta tendencia a la crisis productiva y financiera. No es un problema de propiedad entre la opción cooperativa y la opción estatal, es un problema nacional como lo fue desde la misma nacionalización de 1952.

Mirada histórica

Conocido desde tiempos de la Colonia, el yacimiento de Colquiri, ubicado en el sureste del Departamento de La Paz cerca al límite con Cochabamba, inició operaciones en la explotación de estaño en los últimos años del siglo XIX, específicamente en 1880, pasando posteriormente a ser parte del Grupo Hoschild como una de sus operaciones insignia. Precisamente al sobrevenir la nacionalización del 2 de octubre de 1952, Colquiri se convirtió en la segunda operación más importante en la explotación de estaño, siendo la operación con mejores perspectiva de explotación tomando en cuenta su disponibilidad de reservas que, de acuerdo al famoso informe Ford Bacon & Davis de 1956, alcanzaban para 7 u 8 años de explotación continua. Para ese momento también ya tenía importancia su reserva de zinc.

Cuando sobrevino el desastre macroeconómico de 1956, que obligó al gobierno de ese entonces a renunciar a muchos de sus postulados revolucionarios a cambio del apoyo económico norteamericano, Comibol ya se había convertido en parte central del creciente déficit fiscal (que en última instancia desencadenó la crisis) y por lo tanto como condición del apoyo a ser recibido, se exigía una inmediata reestructuración de Comibol. En ese momento de crisis, Colquiri aún no estaba en el ojo de la tormenta ya que había sido una de las pocas operaciones que había mostrado utilidades en el periodo 1952-1956. Sin embargo, desde 1958 la empresa se tornó en deficitaria obligando a un aumento de la escala de operaciones como medio de compensación. Tal como apunta el informe de CEMYD de 1990, el aumento de la escala de operaciones no garantiza de ninguna manera un aumento de la rentabilidad. La historia de la minería estatal boliviana y particularmente del yacimiento de Colquiri, ha mostrado de manera recurrente ese patrón maximizador de la producción como representación de una mayor utilidad que en realidad no existe.

Tiempo de pérdidas

Con las constantes ampliaciones en la escala de operaciones efectivamente Colquiri aumentó su producción a lo largo de la década de 1960 pero, para la década de 1970, seguía mostrando pérdidas cada vez más cuantiosas (mayores al millón de dólares anuales) financiadas claro está con dineros públicos. La respuesta siempre fue la misma: aumento en la escala de producción tanto en tonelaje tratado como en recuperación. Por lo tanto, a medida que aumentaba la producción aumentaba exponencialmente el tamaño de las pérdidas que superaron el millón y medio de dólares en 1976 hasta alcanzar los 19 millones de pérdidas en un solo año: 1985.

Para entender la magnitud de las pérdidas ocasionadas por Colquiri, baste saber que el gobierno de la UDP esperaba estabilizar la economía con apenas 25 millones de dólares que la Nación entera no disponía. La hiperinflación fue producto en gran parte de los déficits acumulados de las empresas públicas, particularmente Comibol y específicamente Colquiri. Para 1985, Colquiri no podía cubrir sus costos variables, ni siquiera el 50% de su costo labor (CEMYD, 1990:219).

Posterior a la crisis de 1985 y al cierre de operaciones de Comibol, Colquiri, que detuvo operaciones en agosto de 1987, fue considerada una operación marginal y tratada como tal pese a que el potencial de su yacimiento seguía siendo altamente prometedor, he ahí la paradoja. El tratamiento como operación marginal, en la jerga neoliberal de 1987, significaba entregar el yacimiento de Colquiri total o parcialmente a cooperativas mineras pese a que varios estudios mostraban que dicho yacimiento podía ser rentable para las cotizaciones deprimidas de ese entonces y las reservas disponibles (Consultora Stolberg y los propios estudios de la subsidiaria matriz de Colquiri). Otra vez el cortoplacismo (otra manifestación del modo de ser patológico) postergaba esta vez de manera definitiva las posibilidades de un yacimiento potencialmente rentable.

La privatización de lo público

Al momento de la entrega de parajes ya explotados de Colquiri a cooperativistas después de 1987, las reservas probadas superaban las 162.000 toneladas que fueron explotadas de manera selectiva y poco mecanizada, provocando el rápido e irreversible deterioro del yacimiento sin contar el daño ambiental al cual Comibol prestó atención solamente cuando tuvo apoyo de cooperación internacional. En Colquiri el agua de minas se utiliza en la planta de concentración y, las aguas del proceso de concentración generalmente se recirculan, según una investigación de IISEC-UCB.

En medio de una profunda y larga depresión de los precios del estaño, Comibol cede en el año 2000 el resto de parajes a la Compañía Minera del Sur (COMSUR), empresa del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, interesada sobre todo en la explotación de zinc cuyo precio aseguraba una rentabilidad con una explotación de alta tecnología. A partir de ese momento convivían en un mismo yacimiento dos culturas productivas, ambas con orientación cortoplacista, que pronto habrían de entrar en conflicto.

Cuando en 2005 se transfirió la concesión de COMSUR a la suiza GLENCORE, concretamente a su filial Sinchi Wayra, el precio del estaño estaba ya en ascenso y ya se reportaban disputas entre los cooperativistas y dicha empresa. Adicionalmente, los compromisos de inversión eran modestos comparados con el potencial del yacimiento y constantemente Comibol reclamaba el incumplimiento del cronograma de inversiones, aumentando las tensiones que, sin embargo, bajo un contexto de precios en alza, no desembocaban en conflictos ni entre la empresa y los cooperativistas ni entre la empresa y Comibol. La caída de precios en 2008 iba a desembocar en los conflictos que provocarían la re-nacionalización de Colquiri en junio de 2012.

Lo patológico

Un tercer ingrediente del modo de ser patológico en la minería estatal es la dependencia del ciclo de precios internacionales. En presencia de precios altos la disciplina presupuestaria y la administración de conflictos se relaja. Se multiplican los bonos y premios, se conceden mayores plazos en las inversiones o simplemente no se realizan. Sin embargo, cuando sobrevienen caídas en los precios la administración de conflictos colapsa. Sucedió así en 1980-1985 cuando el precio del estaño cayó de manera sostenida y se repitió en la crisis de 2008-2009. El jukeo (robo de mineral) fue la primera salida a las menores cotizaciones por parte de los cooperativistas, incluso dicha actividad podría haber tenido el beneplácito de la empresa para evitar mayores disputas por los yacimientos que de todas maneras vinieron. Para 2012, pese a que el precio del estaño se había vuelto a recuperar, el conflicto mayúsculo era inevitable. En las negociaciones bajo presión entre Comibol, Sinchi Wayra y los cooperativistas se vulneró normativa, se vulneró la nueva constitución, en un afán de encontrar salidas conciliadoras.

La disputa por la veta Rosario, por tanto, sólo fue una extensión de la patología que aqueja a Colquiri. La nacionalización devino en un aumento de la mano de obra para la ahora pequeña operación, obligando al Estado a mostrar cifras de ventas y producción antes que cifras de utilidades reproduciendo el modo de ser ahora con un ingrediente nuevo: el poder político de los cooperativistas, que lograron mediante sucesivos decretos “correctores” ganar mayores espacios en la veta Rosario que a su vez fue desarrollada bajo el incipiente programa de inversiones acordado con Sinchi Wayra antes de su nacionalización. Rosario no es una veta cualquiera, su reciente desarrollo la convirtió en el mejor yacimiento de estaño del país, lo que explica fácilmente la disputa de la cual es objeto, particularmente en una coyuntura de precios bajos como la que se vive en 2015.

Son conocidos los desencuentros entre el Ministerio de Minería y Metalurgia y la Comibol en relación al tema cooperativo. Un conflicto entre lo político y técnico respectivamente pero con manifestaciones seculares. Una Comibol que como otrora empieza a disfrazar sus pérdidas, a justificarlas y finalmente ignorarlas. Se puede presentar un estado financiero de muchas maneras pero el flujo de caja es uno sólo. Sólo el gobierno sabe si Colquiri es rentable o no. Una coyuntura externa negativa que reaviva los conflictos y precisamente se origina en crecientes pedidos de los cooperativistas de relajamiento del tratamiento tributario (que de todas maneras es el más benigno para con ellos que para el resto de los subsectores mineros); solicitudes de condonación de deudas y, obviamente, pedido de parajes más ricos (es decir el lado sur de la veta Rosario).

La solución (cortoplacista, por supuesto) planteada por el gobierno es promover un acercamiento entre cooperativistas y Comibol con directo impacto en sus costos. Mientras que todas las partes acuden a los mitos para justificar las pobres cifras de aporte al desarrollo nacional.

¿Cuáles son esos mitos?

• Mito 1. Un aumento de producción es bueno para el país. Un aumento de la producción es una disminución del stock de capital natural en desmedro de generaciones posteriores. Solamente es válido un aumento de la producción si el mismo genera renta y si esa renta es invertida en capital productivo o capital humano. Esa ecuación jamás fue ejecutada ni en el pasado ni mucho menos en el presente. La renta –si acaso existiese– se disemina actualmente en salarios mayoritariamente, es decir, en última instancia se convierte en consumo, ya que impuestos ni la minería estatal con sus devengamientos, ni la minería cooperativizada con sus múltiples concesiones, son grandes contribuyentes.

• Mito 2. La minería genera divisas. En nombre de la generación de divisas Comibol en el pasado acumuló millonarias pérdidas que fueron cubiertas con endeudamiento público y posteriormente con emisión inorgánica de dinero. La generación de divisas netas en un horizonte de largo plazo debiera ser la medida. Sin embargo, particularmente en periodos de crisis como el presente, parece predominar el criterio de generar un dólar hoy aunque nos cueste dos en el futuro con la esperanza de que tal vez en el futuro podamos contar con tres. La historia nos mostró que con ese razonamiento desembocamos en la hiperinflación.

• Mito 3. Las cooperativas generan empleo. El empleo debe ser digno y sostenible. Digno en el sentido de cumplimiento de derechos laborales, sociales y ambientales. Sostenible en el sentido de que constantes reinversiones por parte de la empresa le aseguren un flujo de ingresos estables en el tiempo. En este momento ni siquiera la minería estatal puede asegurar empleo sostenible entre sus obreros y tal vez sea ese un elemento central por la que se ven afectados por la presencia de cooperativas en parajes en los cuales trabajan casi lado a lado.

A modo de conclusión

Colquiri debe ser objeto de un estudio a profundidad como yacimiento, sin tomar en cuenta la propiedad de un paraje u otro (ya hablamos de propiedad cuando en teoría todo es del Estado). Determinar si desde el punto de vista técnico es aún factible y con qué tecnología dicha factibilidad se hace máxima. También se debe evaluar el estado y calidad de las reservas.

Se debe uniformizar el tratamiento tributario a toda la minería. Si bien, en teoría, todos están obligados a pagar los mismos impuestos, en la realidad unos pagan menos que otros, originando un comportamiento moralmente riesgoso incentivando el traslado a figuras cooperativistas que resulta ser el sector privilegiado en términos de tributación, reglas ambientales y reglas laborales. En tanto existan asimetrías los conflictos serán permanentes.

El gobierno en uso de sus atribuciones debe diseñar un plan de explotación factible y rentable con un solo actor (o Comibol o cooperativistas o empresa concesionaria), partiendo del hecho de que Colquiri no es un yacimiento marginal. En cualquiera de los casos el tratamiento tributario, laboral y ambiental debe ser el mismo. Si bien la factibilidad política de esta sugerencia es muy baja, las soluciones que pasan por compartir el yacimiento serán fuente de conflictos que podrían ser peores a los vividos en 2012 o en 2006 en Huanuni.

El gran reto en la minería es abandonar el cortoplacismo y para ello no existe un recetario.


* Economista y docente de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).

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