noviembre 27, 2020

La gloria íntima de Fidel

A Fidel le gusta que lo llamen así, por su primer nombre (su segundo es Alejandro), ni apellido, ni cargo oficial, únicamente Fidel. Del charla-río-libro de Ignacio Ramonet “Cien horas con Fidel” quizás lo que más me gustó cuando lo leí hace años fue “enterarme” de aspectos de la vida cotidiana del “Comandante”, esos detalles “insignificantes” que algunos los consideran “inherentes al universo femenino” pero que hacen también a la figura y al genio de todos los grandes hombres que han soñado con un mundo mejor.

Por ejemplo, la descripción del despacho que tenía Fidel en el Consejo de Estado (con vistas a una avenida habanera) es por sí misma una “declaración de principios”.

Una vasta biblioteca ordenada denota la gran pasión por la lectura, por el conocimiento, por la cultura y el saber de Fidel, desde que era un abogado nacido en un bohío llamado Birán, de padre gallego (don Ángel) y madre cubana de Pinar del Río, de ascendencia canaria (doña Lina).

Dos bustos adornan el despacho, uno de José Martí y otro de Abraham Lincoln. Fidel cree firmemente que la Revolución Cubana es una continuación de la lucha de Céspedes, de los Maceo, de Máximo Gómez, de tantos héroes cotidianos y de, por supuesto, Martí, al que cita con asiduidad.

Una estatua de Simón Bolívar y otra de Antonio José de Sucre nos vienen a hablar de los nexos de afecto de las ansias de Martí con las utopías de los próceres de la primera independencia americana.

¿Y qué decir de la escultura en alambre del utópico y loco Quijote a lomos de su flaco y sufrido Rocinante? Fidel, antes de comenzar a leer a Marx, Lenin, Engels y compañía, se reconocía como comunista utópico. Desde Birán, desde Santiago, desde el jailón colegio Belén de La Habana, ya era una especie de Quijote soñador, luchador infatigable contra verídicos y gigantescos molinos de vientos allende las noventa millas.

Un gran retrato al óleo de Camilo Cienfuegos nos recuerda la lucha contra Batista, los años en “la Maestra”, sus hazañas, esa impresionante fe en la victoria, la capacidad organizativa, táctica y estratégica inconmesurable de los “barbudos”, de cómo siete fusiles tras el fracaso del desembarco en un yate viejo con nombre gringo y cursi se transformaron en tres mil combatientes que tumbaron una dictadura, para detener la “fiesta” del oprobio.

Los tres enmarcados en la pared del despacho nos hablan de otras cosas. La carta autógrafa de Bolívar es una joya histórica. La foto dedicada del escritor estadounidense Ernest Hemingway es un guiño a la literatura y a un libro del Nobel de 1954 “For whom the bell tolls” (1940, conocido por su traducción: ¿Por quién doblan las campanas?) con la cual Fidel aprendió mucho pues Hemingway describía la vida en la retaguardia de los frentes militares en la Guerra Civil española.

Y un retrato de su padre, Ángel Castro, hombre representante típico del emigrante gallego, hecho a sí mismo, autoritario (“tenía su genio”, dice el comandante) pero justo, terrateniente con pasado pobre, de una aldea de Lugo llamada Láncara. Por cierto, de sus hermanos (Angelita y Ramón, sus mayores; Raúl, Enma y Juana, sus menores) habla poco, exceptuando al de mayor relevancia pública, su actual sucesor en la presidencia, Raúl.

Fidel, desde niño cuando se alimentaba con cítricos de su jardín de Birán, come sano, quizás por eso (más un vaso de vino tinto español en los almuerzos) ha llegado a casi los noventa con esa salud de hierro.

No existe en Cuba ni estatua ni retrato oficial ni moneda ni calle con su nombre. Deberíamos todos tomar nota (algunos más que otros) y no caer entonces en el pecado de las vanidades y las ambiciones. Recordemos nomás a Martí: “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.


* Ricardo Bajo Herreras es director de la edición boliviana de Le Monde Diplomatique y dirige el programa “Contextos Salvajes” en la red Patria Nueva (de lunes a viernes, de 14 a 15 horas).

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