diciembre 4, 2020

EE.UU. y Bolivia: Episodios para recordar

por: Rodrigo Cuevas

Es muy posible que el agotamiento de la hegemonía de los EE.UU. en el mundo abra la posibilidad de relaciones diplomáticas con el norte sin rasgos injerencistas.

Cuando EE.UU. muestra interés en establecer (o reestablecer) relaciones diplomáticas con un país, hay que andar con cuidado. Más de 60 años de intervencionismo deberían llamarnos la atención, y mucho más cuando la ruptura de nuestras relaciones con ese país se dio en medio de un intento de golpe de Estado, como ocurrió en 2008.

A principios de este año, la estrella en ascenso del partido republicano, Tom Cotton, exhortó al Congreso de los EE.UU. a aumentar el presupuesto militar de su país y emprender más agresivamente la estrategia del Pentágono de “Full Spectrum Dominance” (FED) o “Dominación de Espectro Completo”.

El acercamiento de la Casa Blanca con Latinoamérica durante los últimos meses, cuyo mayor hito ha sido el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, bien podría ser parte de una nueva era en las relaciones internacionales entre ambas partes del hemisferio, pero no es nueva en cuanto a los objetivos estratégicos del norte respecto al sur, sino nueva en cuanto a su modalidad para perseguir tales objetivos.

Propósitos del “nuevo” imperialismo

Pero, ¿cuáles son aquellos objetivos? De acuerdo con la investigadora Ana Esther Ceceña, la estrategia del FED persigue, a nivel global, dos propósitos: 1) Asegurar el acceso de los EE.UU. a todas las riquezas y recursos ubicados territorialmente en el planeta y 2) controlar movimientos insurgentes o resistencias colectivas al dominio estadounidense.

El objetivo final: asegurar la supremacía de los EE.UU. en el planeta como potencia económica y militar sin rivales.

¿Dónde entra Bolivia en este escenario planificado por los halcones del Pentágono?

Con el desgaste continuo al que se somete a la República Bolivariana de Venezuela y los golpes furtivos contra la República del Ecuador, el único gobierno con estabilidad política y económica suficiente como para presentar resistencia a los planes de dominación de los EE.UU. es Bolivia.

Es nuestro país uno de los pocos sin bases militares de los EE.UU. dentro de su territorio, no forma parte de ningún plan de seguridad para controlar el disciplinamiento de movimientos sociales anti-sistema (con el pretexto de luchar contra el narcotráfico o el terrorismo) y cuenta con un gobierno que se ha resistido desde sus inicios a ser controlado políticamente por Washington.

No hace falta tener una memoria muy larga para recordar la injerencia de los EE.UU. en Bolivia y su animadversión a su actual gobierno.

EE.UU. y Bolivia

En 2001, el entonces embajador norteamericano en Bolivia acusó al entonces líder cocalero Evo Morales, y al dirigente campesino Felipe Quispe, como terroristas dentro de la lista negra de los EE.UU., luego de los sucesos del 11 de septiembre de 2001.

Al año siguiente, en los meses preparativos de unas elecciones generales de emergencia, el mismo representante diplomático “advirtió” (amenazó, sería la palabra correcta) al electorado boliviano sobre las consecuencias que podría tener para nuestro país votar por el partido Movimiento Al Socialismo y su líder, Evo Morales.

Unos años después. En diciembre de 2005, los EE.UU. presionaron al gobierno del entonces presidente Rodríguez Veltzé a emprender la desactivación de los misiles antiaéreos chinos adquiridos durante el gobierno de Jaime Paz Zamora a cambio de una módica compensación económica que se negoció, además, de la forma más irregular posible, al punto que ni el entonces presidente estuvo al tanto de lo que ocurría, tal como él mismo afirmó años después.

Luego de las elecciones generales de ese año, en las cuales se conformó el actual gobierno, una serie de levantamientos regionales pro autonomistas iniciaron una campaña de desestabilización contra el gobierno de Morales, que alcanzó su punto más álgido en septiembre de 2008. En esas delicadas circunstancias, el entonces embajador de los EE.UU., Philip Goldberg, fue grabado sosteniendo reuniones con los principales instigadores de los levantamientos contra el gobierno del MAS. Este hecho motivó al presidente Morales a expulsar al embajador estadounidense inmediatamente, después de lo cual el intento de golpe de Estado contra su gobierno fue exitosamente desactivado.

Desde entonces y durante ocho años consecutivos, el Departamento de Estado descertificó al Estado boliviano en la lucha contra el narcotráfico y cerró sus mercados para productos bolivianos finalizando el tratado del ATPDEA. El gobierno boliviano, por su parte, expulsó a la agencia de cooperación estadounidense USAID y la agencia de lucha contra el narcotráfico DEA, justificando tales decisiones con el historial de espionaje y desestabilización que estas agencias habrían emprendido en suelo boliviano contra sus legítimas autoridades.

La actual bonanza económica que disfruta Bolivia desde mediados de la primera década de este siglo ha permitido prescindir de los mercados estadunidenses sin representar grandes pérdidas para su industria. Al mismo tiempo, esta holgura económica libró a este país de depender de organizaciones internacionales financieras como el Fondo Monetario Internacional, cuyo papel en la pérdida de soberanía de su Estado fue fundamental desde los primeros años de la Revolución Nacional de 1952.

Por supuesto, la injerencia de los EE.UU. en el territorio boliviano data más atrás de lo descrito anteriormente. El papel del Pentágono y el Departamento de Estado en el apoyo, financiamiento y entrenamiento de los gobierno militares que desolaron Bolivia desde 1964 hasta 1981 es conocido por todos y fue justificado, en su momento, por uno de sus geo estrategas más agresivos, Henry Kissinger, quien también jugó un rol fundamental en el golpe de Estado que terminó con la vida del socialista democráticamente electo, Salvador Allende, en 1973.

Por lo tanto, es necesario preguntarse qué tipo de relaciones diplomáticas tiene en mente los EE.UU. con Bolivia. El presidente Morales ya advirtió en una ocasión que su país busca “socios, no patrones”. Es muy posible que el agotamiento de la hegemonía de los EE.UU. en el mundo abra la posibilidad de relaciones diplomáticas con el norte sin rasgos injerencistas.

Después de todo, EE.UU. ya sólo ostenta el título de la mayor potencia militar del mundo, con China a punto de superarlo en logros económicos y Rusia impidiéndole el total control de Eurasia. Los conflictos provocados por los mismos EE.UU. en el Medio Oriente y las resistencias democráticas de Latinoamérica obligan al coloso a bajar el tono soberbio que caracterizó a sus gobernantes hasta hace muy poco.

No obstante, no se debe olvidar.


* Estudiante de la Carrera de Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés.

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