diciembre 5, 2020

La nobleza del capitalismo verde

Una de las aristas más notables del colonialismo se encuentra en la circulación de las investigaciones sociales; en nuestro país el llamado darwinismo social ha sido el paradigma para explicar las culturas y manifestaciones subalternas y su eterno camino hacia la “civilización”.

Basados en esa línea de representación de la realidad, se desarrollaron una serie de instituciones de “ayuda” copiando el modelo de los Cuerpos de Paz de EE.UU. o de lo que se llamó la Alianza para el Progreso. La Iglesia Católica, y también la Evangélica, fundaron muchas instituciones, que con el tiempo se denominaron ONG.

Las tareas desarrolladas por las ONG reemplazaron el papel del Estado, especialmente en las zonas rurales y en los barrios periféricos de las grandes ciudades de nuestro país, creando en muchos casos una conciencia de las relaciones con ese Estado ausente.

El proceso socio-político iniciado en el año 2000, tiene las características de un hecho revolucionario, donde la realidad cotidiana presenta nuevas formas de presencia estatal, nuevos sujetos que señalan el rumbo de la historia y nuevas matrices de conocimiento.

En este punto es que muchas de estas organizaciones se han mantenido en los viejos esquemas de cuestionamiento al Estado, no han acompañado el proceso generando las ideas y propuestas de consolidación de una sociedad y Estado superadores del neoliberalismo.

Muchas de estas organizaciones, por el carácter de su financiamiento que condiciona su orientación, se han convertido en defensores de corrientes conservadoras disfrazadas de “ecologistas”.

La política verde es la nueva y agresiva ideología del capitalismo, para evitar que las naciones emergentes puedan utilizar sus recursos para satisfacer las necesidades de las personas y no del mercado, esto sólo es posible con un modelo de redistribución de la riqueza, con una intervención estatal en la economía y con el dominio territorial.

Nuestro conocimiento de los procesos revolucionarios nos lleva al convencimiento de que no existen las verdades absolutas, peor aún las que vienen del mundo académico basado exclusivamente en el limitado saber occidental; por eso el pronunciamiento de algunos cientistas sociales se nos presenta extraño y absurdo en tanto se ponen en el papel de jueces de la historia y de los procesos, justificados solamente por sus propias ideas, lo que es una clara muestra de soberbia, aquella actitud odiosa y perversa denunciada por grandes humanistas y filósofos que creían que a mayor conocimiento mayor prudencia y modestia.

Estamos en un mundo de capitalismos y, como decía un sociólogo francés, existe una nueva “nobleza” que no son otros que los que se mueven en el mundillo llamado académico.

No entendemos cómo personas que se dicen intelectuales no pueden entender que un cambio paradigmático tiene que ver con cuestionar todo: democracia, valores, significados y significantes, cuya premisa es que no hay verdades. En el caso boliviano estamos en pleno proceso de construcción basados en el conocimiento y saberes de nuestras culturas andinas y amazónicas.

Sentimos mucho perder “amigos” del proceso, como ocurrió con muchos extraviados en el camino por conductas muy personales, pero la revolución es así, va demostrando los límites de los valores y la emergencia de las miserias humanas.


* Escritor e historiador potosino.

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