noviembre 24, 2020

Sin libertad de expresión

por: Andrés Sal.lari

El gobierno boliviano no sólo tiene el derecho sino que tiene la obligación de estimular una construcción cultural contrahegemónica.

La diputada Norma Piérola lo dejó bien claro durante su alocución en la interpelación a la ministra Marianela Paco. La Época es un “pasquín” cuyo único fin es reproducir las mentiras del gobierno (la foto ilustra la nota).

Si el partido de derecha al que pertenece Piérola fuera gobierno, La Época no tendría ningún apoyo estatal ya que es un “pasquín” y seguramente desaparecería, pero en ese caso la población no conocería de ninguna asfixia ni violación a la libertad de expresión.

El pasado domingo, en la noche, me encontraba viendo un programa político de la tv argentina. El periodista Luis Majul pregunta al candidato neoliberal Mauricio Macri:

-¿Si Ud. llegara a ser presidente, qué pasaría con el programa 678?

Macri responde que en ese caso el programa dejaría de existir.

Majul sentencia: “¡Qué bueno!”

678 es un programa de la televisora estatal que analiza principalmente el papel de los medios de comunicación opositores en la política argentina. Que Macri lo quite del aire tampoco aparecerá como un ataque contra la libertad de expresión. De hecho el periodista que formula la pregunta se da el gusto de festejar la posible censura.

Estas declaraciones (las de Piérola, Macri y Majul) no han durado más de 10 segundos cada una, pero explican 200 años de hegemonía cultural.

La libertad de expresión que hoy discutimos en todos los países gobernados por el progresismo es en realidad la pérdida del monopolio del mensaje por nuestras oligarquías y su representación mediática; quienes siempre violaron la libertad de expresión al impedir la aparición de voces que pudieran poner en entredicho su relato.

Orígenes del relato oligárquico

A los suramericanos nos burlaron la historia. Tras la independencia de España, se desataron una serie de sangrientos conflictos internos que duraron décadas y culminaron con la victoria de las oligarquías locales. No casualmente Bolívar, San Martín, O’Higgins, Sucre y Artigas fueron perseguidos, asesinados o exiliados.

El triunfo oligárquico maquilló la historia de la emancipación y plagó nuestras plazas y avenidas con las figuras y los nombres de los colonizadores, principalmente Cristóbal Colón. Nuestras capitales suramericanas son una muestra de ello.

¿Cómo imagina Ud. que se hubiera sentido el Mariscal Sucre (quien perdió a 14 familiares directos en la lucha contra los españoles) al ver esa edificación cultural?

Los mismos que rindieron culto a los colonizadores inoculándonos una ideología anti emancipadora (si vale el término) también fundaron medios de comunicación con la misma impronta.

Hasta la aparición de la actual realidad suramericana, plagada de procesos de cambio (aunque con las pausas correspondientes por el surgimiento de procesos nacionalistas a mitades del siglo XX), el relato oligárquico no sufrió contradicciones a nivel masivo.

Acuérdese Ud. nada más de los últimos 25 años. ¿En algún momento se puso en entredicho la libertad de expresión mientras no existió ningún medio de comunicación que cuestionara las privatizaciones?

Eso no se discute, y de ahí subyace la gran hipocresía en torno al debate que vivimos actualmente a nivel regional. Quienes nos impusieron a Cristóbal Colón, a Isabel la Católica, quienes en las últimas décadas hicieron lo imposible por negarnos como latinoamericanos porque debíamos ser como Estados Unidos, ahora descubren que hay un ataque contra la libertad de expresión, cuando ellos mismos negaron esa libertad durante casi 200 años.

En realidad, actualmente siguen siendo ellos quienes niegan la libertad de expresión a nuestros pueblos, cuando ocultan las tendencias mayoritarias de las sociedades y se dedican a llevar adelante campañas sistemáticas de descredito en contra de los gobiernos electos. No son críticos, son conspiradores disfrazados de independencia y objetividad.

Los procesos de cambio

A mí me suena lógico que a nivel regional, tras haber logrado romper con la bicentenaria hegemonía oligárquica, nuestros presidentes y presidentas estén ocupados en estimular una estructura cultural y comunicacional acorde a los nuevos tiempos.

Por eso el gobierno de Evo Morales financió una estatua de Juana Azurduy que descubrió junto a Cristina Kirchner recientemente en Buenos Aires.

Cuando el Estado Plurinacional de Bolivia financie una estatua de Sánchez de Lozada en El Alto estaremos en problemas; puede sonarle absurdo, pero ya vimos que eso es lo que hicieron nuestras oligarquías.

El gobierno boliviano no sólo tiene el derecho, sino que tiene la obligación de estimular una construcción cultural contrahegemónica, para eso fue elegido y ratificado por una amplia mayoría de su pueblo hastiado del neoliberalismo y de su relato.

En la misma interpelación parlamentaria citada al inicio de esta columna, la diputada Jimena Costa aceptó la legitimidad del gobierno para construir una hegemonía política y cultural, ya que esto lo hacen todos los gobiernos del mundo; sin embargo cuestionó que se haga con fondos públicos y no con fondos propios del MAS.

Resulta evidente que el reto que conlleva construir una identidad cultural no puede llevarse adelante con el aporte de algunos miles de afiliados. La legitimidad que tiene el gobierno de Evo Morales para emprender este desafío con los fondos públicos fue otorgada por el pueblo boliviano mediante los votos.

Asimismo se entiende en todos los países del mundo, especialmente en Estados Unidos, donde sus gobiernos utilizaron siempre los fondos públicos para estimular y consolidar su sistema político, cultural y comunicacional, no sólo dentro de sus fronteras, sino también a lo largo y ancho del planeta.

En los hechos, lo que estamos viviendo en la región es un inédito proceso de democratización de la información y la cultura –o sea una ampliación de la libertad de expresión–. La llegada al poder de nuestros presidentes ha permitido la aparición de miles de voces antes censuradas.

Sin estos presidentes no habría Telesur ni Abya Yala, no habría medios estatales fortalecidos ni publicaciones contrahegemónicas como La Época.

El debate que impulsan los sectores de derecha continentales en torno a la libertad de expresión es en realidad una campaña de desprestigio que apunta a deslegitimar los procesos de cambio con el fin último de recuperar su privilegio del monopolio de la cultura y la comunicación.

Si eso sucediera, Ud. perdería su derecho a leer esta columna en un medio masivo de comunicación y tampoco podría ver nuestro programa Ojo con los Medios –eso sería una injusticia–.

Esta batalla cultural da sus primeros pasos, habrá que hacer un mucho mayor esfuerzo por debatir nuestra estrategia, ya que el camino no está exento de contradicciones y errores propios; muchas veces perdemos valiosas oportunidades de influir en la opinión pública y nos enviciamos al ser demasiado propagandistas.

Pero creo que pese a todo vale la apuesta, nuestro Mariscal Sucre, el libertador San Martín, y la Generala Juana Azurduy, tal vez sigan revolcándose en sus tumbas, pero seguro que un tantito menos que antes.


* Periodista, conductor del programa de televisión, trasmitido por Abya Yala, Ojo con los medios.

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