diciembre 3, 2020

La asamblea en la escuela

por: Javier Paredes Mallea

Si queremos personas justas, creativas, críticas y libres, no podemos moldear sus cuerpos ni sus mentes con hábitos disciplinarios decadentes.

“Quiero que mis hijos sean mejor que yo”. Esa es quizá la respuesta más común que dan los padres cuando se les pide razones que expliquen el por qué envían a sus hijos a la escuela. Resume los deseos contenidos de superación personal y ascenso social; los padres proyectan en los hijos los objetivos que ellos no pudieron alcanzar, y ven en la escuela el mecanismo que les puede ayudar a cumplirlos. La imagen de la escuela se vincula con un mejor futuro.

No comparto con Iván Illich su argumentada convicción de vivir sin escuelas, es sencillo decirlo para alguien que nunca tuvo hijos. Y no se piense que quiero darle a la escuela el rol de la televisión, que cuando la wawa llora no hay mejor niñera para disipar cualquier aflicción que la televisión. Eso sería el acabose. Que la TV también educa, es otra cuestión. Considero que dos son las previsiones que hay que tomar en estos casos: la primera, tomar con firmeza el control, y la segunda, desarrollar un buen criterio de elección. 

La televisión como las escuelas forman parte, en nuestra era, del paisaje familiar, están ahí, como las montañas y esos árboles que nos dan sombra sin que lo notemos. Hemos asumido un estilo de vivir que incorpora en nuestras vidas estos dos objetos casi de forma ineluctable. Pero, más allá de asumir partido por su desaparición, pienso que debemos actuar como con los canales de televisión, pero con un pequeño matiz, tú puedes elegir la escuela, pero no tener el control de ella.

Estas dos últimas acciones, por cierto, me recuerdan a la lógica perversa de causa-consecuencia que, la vieja democracia representativa y partidaria, naturalizó como forma exclusiva de la democracia: elegir mediante el voto y delegar a través de este el poder de tomar las decisiones que le venga en gana y hacer otro tanto sin consultar nada a nadie.

Los mitos vigentes al momento de elegir una escuela

Al comenzar la escolaridad de los hijos, o cuando queremos cambiarlos de colegio, padres y madres padecemos cierta angustia previa a la inscripción, ya sea porque existen muchas posibilidades de elección de escuelas o porque tan sólo haya una y nada más. En uno u otro caso, son varios los mitos a los que tenemos que enfrentarnos para tomar la decisión más adecuada que vaya en consonancia con nuestras aspiraciones.

Veamos algunos de estos mitos, descritos en función de una clasificación dispuesta para este fin. El primer grupo de mitos son los que tienen que ver con el prestigio. No hay nada más subjetivo que el prestigio, la fama de una escuela es producto del reconocimiento que un grupo de personas realiza en función de: a) conclusiones cuya argumentación ha sido olvidada en el tiempo; b) explicaciones que no guardan relación directa con la conclusión, es decir con la supuesta fama; y c) argumentación que simplemente jamás ha existido.

Por ejemplo, en el primer y último caso, si se le pregunta a un padre de familia por qué su hijo está en tal escuela, simplemente responderá sin más argumentación y de manera terminante: “porque es una escuela de prestigio”.

En el segundo caso, se dan argumentos cuyas fuentes de validez están tan alejadas de lo que se sustenta, que resulta nada creíble lo que se sostiene: “en esta escuela estudió el presidente de la república” o “de este colegio salieron varios alcaldes de la ciudad”. No dudamos de que tal presidente o cual alcalde estudió en la escuela que años después le daría como herencia el mentado prestigio, de lo que se duda es que pueda haber una relación causa-efecto entre la formación escolar recibida en un establecimiento y la posibilidad de ser presidente o alcalde. Lo contrario implica aceptar el terrible reduccionismo de las causas que convergen para que alguien sea presidente o autoridad, a una sola causa, la formación escolar.

Otra creencia infundada que forma parte de los mitos de prestigio es la que sostiene que: “las escuelas privadas son mejores que las públicas”. Esta idea forma parte de un discurso más amplio según el cual, el Estado, que representa lo público, siempre fue, a lo largo de la historia, un mal administrador de la cuestión pública, es decir: la salud, la educación, la economía, la producción, la vivienda, en fin, todo lo atingente a la vida de las personas.

Si el Estado, símbolo de lo público, es malo: ¿qué otra alternativa le queda a la gente? La única respuesta es lo privado, las empresas privadas, las grandes corporaciones internacionales, donde lo último que interesa es la salud, la educación, la economía…; priorizando el interés individual al colectivo, la acumulación de riqueza a costa de la sociedad, la explotación de la madre tierra a expensas del equilibrio climático, el desarrollo desenfrenado del consumismo, en síntesis, todo lo concerniente a la destrucción de la humanidad y el planeta donde vive. Este discurso es generado por los representantes del capital y reproducido consciente o inconscientemente por varios sectores, entre otros, medios de comunicación, la propia escuela y la familia. La oposición escuela particular/escuela pública no resuelve ningún problema en el corto plazo, esta oposición tendría que desaparecer progresivamente a favor de lo público en el largo plazo.

Otro grupo de mitos está basado en la ubicación geográfica de las escuelas, existe todavía la creencia que: “las escuelas del centro son las mejores”. Esta idea tal vez tenga su origen en el siglo XVI pues el afincamiento de la idea de centro y periferia se consolidó con la fundación de ciudades para blancos, españoles y ciudades para indios. En la organización arquitectónica de las ciudades coloniales para blancos era norma habitual edificar alrededor de una plaza principal, que se constituía en el centro y núcleo de las actividades cotidianas y administrativas, una iglesia y la casa del gobierno civil, los dos símbolos del poder.

La ciudad de indios era sinónimo de servidumbre, pago de tributos, condiciones mínimas de sobrevivencia, es decir, una ciudad cuya vivencia derivaba en trauma social. Estas condiciones confluían en un desapego a lo propio y simultáneamente a una oculta aspiración por poseer y estar en el centro de la ciudad de blancos.

Esta creencia, ya en el presente, provocaba cada periodo de inscripciones en las escuelas, infinitas filas de padres buscando una plaza en la escuela del codiciado centro, llegando incluso a dormir a la intemperie en las puertas de estas unidades educativas semanas antes del día de la inscripción. Esto felizmente ya no se observa desde que el Ministerio de Educación prohibió, mediante una resolución, el hacer filas; sin embargo, como los mitos no pueden desaparecer por decretos o normas, los progenitores se las ingeniaron para garantizar su plaza, realizando turnos de vigilancia en grupos de dos o tres, para que continúen su vigilia día y noche, anotando en un cuaderno a quienes se incorporan en la fila imaginaria, invisible a los ojos de la autoridad.

Finalmente, otro grupo de creencias está dado por la asignación de algún tipo de cualidad, privativa de la escuela a que se haga referencia, que se expresan mediante frases como las que siguen: “el colegio de curas o monjas es más estricto y disciplinado”, “en este colegio no paran cuando hay huelga”, “hay docentes universitarios”, “aquí enseñan inglés”, “tiene laboratorios”, “en este dan tareas”, “este es técnico”, todo esto tiene en común la idea de que la escuela pueda proporcionar a los estudiantes cualidades inherentes al mundo laboral del futuro: disciplina, aptitud para el trabajo y conocimientos técnicos y especializados. Estas creencias al menos no se fundan en argumentos pueriles como: “mi hijo está en este colegio porque tiene banda de guerra”, o tan conservadores como: “tu padre estudió ahí, por lo tanto tú también tienes que hacerlo”.

Todos estos mitos tienen en común el creer que el mundo del trabajo está definido por la educación que se imparte al interior de las unidades educativas, lo cual no es evidente. El mundo del trabajo lo determina el mercado capitalista, la satisfacción de necesidades reales o creadas artificiosamente por éste generan una demanda específica de productos, bienes o servicios, que es tan dinámica que en pocos años cambia. Por ello, la oferta académico-técnica de la formación escolar y universitaria queda siempre rezagada.

Las promesas de una escuela libertaria

Fue realmente un descubrimiento encontrar una escuela basada en valores libertarios que satisfacían nuestras expectativas, son varias las cualidades que diferenciaban a esta escuela de otras [1]. En relación a la cantidad de estudiantes, la nueva escuela tenía un promedio de diez a doce estudiantes por grado. Los cursos si bien no eran multigrado, dos grados diferentes se juntaban y pasaban clases durante un año, por ejemplo, segundo de secundaria con tercero, el siguiente año rotaban, estando juntos segundo con primero. Esto permitía desde luego que el maestro conozca en el pleno sentido de la palabra a los estudiantes.

Los niños más pequeños tienen como padrinos a los jóvenes de secundaria, el padrinazgo dura un año, e implica el cuidado y la atención del apadrinado. Dos o tres veces al año la familia íntegra participa con docentes, administrativos y, obviamente, estudiantes, en un trabajo comunitario con el objetivo de construir o mejorar algo (construir cercos o pahuichis, desyerbar, etc.). Este tipo de trabajo incluye cosechar o sembrar tubérculos o cualquier otro producto, resultado del taller de agroecología. Los más pequeños cuidan gallinas y conejos, los más grandes, ovejas y llamas, cada quien aprende a usar herramientas de trabajo. Y más allá de lograr un trabajo productivo, el valor de toda esta actividad es que se forma la conciencia y el sentido de pertenencia a una comunidad. Todos trabajamos con una finalidad y objetivos comunes, uno gana y recupera su sensibilidad como humano cuando trabaja para los hijos de otros, y esos otros trabajan para los hijos de uno.

Cada inicio de año hay un taller para padres donde tenemos la oportunidad de escuchar y ser escuchados. Aprendemos entre nosotros, enfrentamos nuestros miedos y encaramos retos colectivos. Analizamos problemas, planteamos propuestas de solución. Es obligatoria la participación de todos y lo más importante, logramos alcanzar la conciencia de participar.

La evaluación no es sólo cuantitativa, cada maestro, bimestralmente, escribe una carta personal a los alumnos, con un tono muy sincero, amistoso y de respeto les señalan sus cualidades y los vacíos que debe llenar en la clase. No se mezquinan las felicitaciones cuando estas son merecidas ni se guardan las críticas cuando son necesarias. Las cartas son compartidas con los progenitores, dándonos una idea clara de qué cualidades van formándose en nuestros hijos. Las cartas no se refieren a los contenidos de las materias necesariamente sino enfatizan en las actitudes, los valores, la voluntad de trabajo, el compañerismo, las consecuencias de las acciones buenas o malas. Cada entrega de notas los padres tenemos la posibilidad de conversar con las y los maestros sobre la situación de nuestros hijos.

Los estudiantes llaman a sus maestros y director por sus nombres, no por sus grados académicos. Esto genera un ambiente de cercanía entre ellos sin perder el respeto. No hay nada más colonial en las instituciones que ufanarse de los títulos académicos que llevan encima, esto provoca jerarquizaciones innecesarias. Hay que decir que los grados académicos no garantizan la calidad de la persona y, lo que es peor, no reflejan objetivamente tampoco los conocimientos obtenidos, que supuestamente acreditan la gama de títulos que pululan en nuestro medio. Los títulos y grados de cualquier índole además, fueron inventos de las clases altas y las antiguas monarquías para ser utilizados como mecanismos de sumisión que garanticen sus privilegios.

Otra característica es que los estudiantes no forman al ingresar a clases, si bien fue una disposición hecha por el Ministerio de Educación hace años, ésta no se cumple en varias escuelas. Las filas son un resabio de la era industrial en las que los obreros formaban para que controlen su asistencia a las fábricas. Las escuelas no son fábricas ni cuarteles, no deben formar obreros ni soldados. Si queremos personas justas, creativas, críticas, libres, no podemos moldear sus cuerpos ni sus mentes con hábitos disciplinarios decadentes.

Una práctica que es digna de felicitar es que no existe festejo por el día de la madre o del padre, porque sencillamente hay niños que no tienen madre o padre. Esto evita que muchos de ellos sientan el trauma de recordar las causas por las cuales uno o ambos padres se encuentren ausentes de sus vidas. Además, resulta indigno para un padre o madre que exista una sola fecha específica para que se le recuerde lo buen padre o madre que es. El más beneficiado con estos festejos es el mercado consumista.

Los lunes y viernes en cada curso hay apthapi (merienda comunitaria), asisten niñas y niños que provienen de diferentes estratos sociales, hay familias cuyos padres son agricultores, otros funcionarios públicos, desempleados, artistas, en fin, todos comparten el mismo alimento. Si bien es una escuela privada, las pensiones mensuales se pagan de forma diferenciada de acuerdo a los ingresos de la familia del estudiante, esto más de una vez le ha traído déficit económico a la escuela, los padres que no pueden pagar lo hacen en especie, con trabajo o productos para las meriendas colectivas.

Podríamos hablar mucho más, quede, sin embargo, como simple enumeración. Las clases no están determinadas por los horarios “cuadrícula”, los períodos los define el trabajo por temas y áreas articuladas. Parte del currículo es negociado con los estudiantes. Los baños son ecológicos. Se prohíbe el consumo de comida chatarra, se recicla la basura y los residuos de los alimentos sirven como abono para los cultivos de la escuela. No existe cuadro de honor de los “mejores estudiantes”. No usan uniforme. En las aulas puedes usar sandalias o simplemente no usar zapatos. Las clases pueden darse en el aula o fuera de ella, sobre pupitres o en el suelo.

La asamblea y la voz de los estudiantes

De todas estas cualidades, quizá la que mayor peso tuvo en el momento de tomar la decisión de quedarnos con esta escuela, fue el hecho de que los estudiantes tenían la posibilidad de hacer oír su voz. No podía ser de otra manera, en esta escuela, como en cualquier otra, no podrían faltar los problemas. El mecanismo pensado para resolver problemas al interior de las aulas es la asamblea, y enfrenta temas de diferente índole, por ejemplo, los problemas de riñas entre niños pequeños y los que son un poco más grandes y que pertenecen a un mismo grado son discutidos en una asamblea general de curso, todos absolutamente tienen voz y, si se diera el caso, voto para tomar decisiones. Quien hace de moderador puede ser profesor o estudiante. Se escuchan todas las opiniones y argumentos, de forma alternada, y por turno, se exponen las posiciones, llegan a un acuerdo “óptimo”, pero si no hay consenso el voto de la mayoría resuelve las medidas que se tomen en relación a un tema.

Estas problemáticas son planteadas en el libro “La asamblea en la escuela” (IIICAB, 2015), realizado por un colectivo de autores que no se cierran a un trabajo de reflexión e investigación académica, sino que se constituye en un proyecto político por radicalizar la democracia y la formación ciudadana en contextos escolares y educativos. Los cinco capítulos que componen el libro retoman la vertiente crítica de la democracia y la asumen desde la potencia de la acción y las prácticas de sujetos políticos históricos. El libro cuestiona algunos planteamientos que se han popularizado bajo la noción de escuelas democráticas y retoma una práctica que, desde sus tensiones y contradicciones, permite a los actores educativos identificar y resolver problemáticas que emergen en su cotidianidad.

Lejos de una idealización, la asamblea no permite erradicar el conflicto y las tensiones al interior de la escuela –un grupo o colectivo–, pero sí que los participantes expongan sus puntos de vista y puedan escuchar las de otros, lo que implica una apropiación de la palabra y la capacidad de “hacer oír su voz”; si bien esto puede parecer un hecho simple, en contextos donde la palabra de algunos es silenciada por las decisiones de otros, resulta de vital importancia promover espacios de diálogo y donde las decisiones puedan ser producto de la voz colectiva.


* Investigador del Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello (IIICAB).

1 La escuela a que se hace mención es Kurmi Wasi, ubicada en el municipio de Achocalla. Es un proyecto educativo que se define como “Comunidad de aprendizajes” y empezó sus actividades el año 2005. Kurmi Wasi significa “Casa del Arco Iris” y simboliza la diversidad existente entre los niños, niñas y jóvenes, que forman parte de esta experiencia y que provienen de diferentes realidades culturales, sociales, económicas e intelectuales.

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